Conversaciones con el sicoanalista. Parte III

March 5th, 2010

Doctor: Dígame, señorita ¿qué la trae por aquí? Supongo que la crisis de los  treinta…

Furia: Néh, doctor. La verdad me hacía falta verlo. Usted sabe, la dependencia, y esas cosas.

Doctor: Sí, claro: la dependencia, la crisis de los treinta… Esas cosas.

Furia: En realidad, venía a contarle un sueño que tuve anoche. Soñé que estaba embarazada, doctor. Muy embarazada. Tenía una panza gigante, que me pesaba al caminar…

Doctor: prueba irrefutable de la crisis de los teintra.

Furia: ¿Cómo sigue de la andropausia, doctor?

Doctor: Le advierto, señorita, que no voy a tolerar…

Furia: Bueno, en fin. Estaba embarazada. Y andaba de compras en una tienda de departamentos. Me encontré con un chico, usted sabe, una de esas historias universitarias. Cuando me preguntó que como estaba, le respondí alteradísima Pues embarazada. ¿No me ves?

Doctor: Crisis de los treinta, señorita. Eso se le va a pasar cuando tenga un hijo. Un hijo vendría a representar la  ruptura de todos los mitos, la reafirmación de su yo femenino…

Furia: Por favor, doctor… parece un ginecólogo. ¿De cuándo acá todos los males se curan con el embarazo? Qué ignorancia freudiana la suya…

Doctor: ¿Quién es el especialista? ¿Usted o yo?

Furia: No sabe/ No responde.

Doctor: Se lo digo en serio, señorita: siente cabeza. A todas luces, sus anhelos la persiguen en sueños. Busque a un hombre tranquilo, tenga un hijo. O dos. Deje de negar su naturaleza. Usted, en el fondo, sabe lo que quiere.

Furia: Se lo digo en serio, doctor: pensiónese. A todas luces, sus anhelos lo persiguen en consulta. Deje de  proyectarse en los pacientes. Tómese una valium. O dos. Deje de ne…

Doctor: Váyase a  la mierda, señorita.

Furia: Me voy, doctor. Pero eso no le va a curar la andropausia.

A un lagarto triste*

March 3rd, 2010

Usted no me gusta.
Eso no significa que me gustan las mujeres.
No tendría nada de malo que me gusten –de todas formas-
Pero la verdad es que me gustan más los hombres.
La cosa es que no me gustan todos los hombres,
Me gustan solo algunos.
Y usted no está en la lista.
De los que me gustan.

El problema, si lo hay, no me lo achaque a mí:
El feo, estúpido y aburrido es usted.
Que yo fuera lesbiana
Serían otros cien pesos.

* Poema terrorista en dos estrofas, rescatado del baúl de los recuerdos y publicado por primera vez en Afinidades Electivas

El otro lado del espejo

February 22nd, 2010

Anoche volví a soñarme con vos, Popepa. La última vez no había sido tan real, yo más bien me asomaba de lejos, no te veía, no nos tocábamos… En el sueño de anoche me diste un beso. Salimos juntos de un estacionamiento en la costa, yo cargando al pequeño en brazos, tu mujer manejando el carro rojo que te compraste hace unos meses y yo nunca vi. Meses y meses de terapia, Popepa. Y nada puede hacer que tu casa no quede tan lejos, que no huela a nancite en la tarde, que no juguemos con un gato que todavía se me cruza ante los ojos de vez en cuando.

Yo prefiero los otros sueños en los que llego a oscuras y me salto el portoncito bajo de tu casa para asomarme por la ventana del patio, esos sueños en los que, contra todos mis pronósticos, parecés feliz. Prefiero esos que me dejan como una sensación de fatiga dulce, que van evolucionando con la edad del pequeño, en los que vos y yo no nos hacemos viejos, y ella nunca está. Ayer te vi, Popepa. La mancha oscura que se te fue haciendo en la sien izquierda, las bolsas debajo de los ojos, la piel cansada, el daño. No me gusta verte: cuando se me sube el corazón a la boca y sudo frío por las ganas de abrazarte, recuerdo de repente cuánto te detesto. Lo cansada que me dejaste. El alivio que sentí la última vez que hablamos, esa vez que te dije que nunca más y para siempre.

Terminarte a vos, Popepa, ha sido la decisión más dolorosa que he tomado. Ni siquiera aquella tarde a mediados de enero, allá en la casa de mamá, cuando te conté que me iba con mi novio, que te moriste un poquito conmigo, que maté un poquito a la vieja y otro tanto al viejo. Esa vez que dolió tanto… Nunca nada dolió lo que me ha dolido saber que es tu cumpleaños y ni siquiera tengo un número para llamarte, sabiendo que ni aún teniendo un número te llamaría, que no querés hablarme, que para vos soy un muerto enterrado vivo, si es que se puede, allá, en el fondo de tu armario.

No me gusta verte porque todo el dolor acumulado de repente se me espanta. Sonrío y te pregunto que cómo va todo, trato de cargar al pequeño al que nadie carga hace tiempo porque ya es muy grande. Como si no pasara nada. Porque a fin de cuentas así sería como me encontraría con vos de nuevo si alguna vez nos cruzáramos. Te daría un abrazo jugando de que no ha pasado nada. Aunque haya pasado tanto, Popepa. Aunque para verte tenga que soñármelo.

Funciones y derivadas

February 16th, 2010

De vez en cuando voy a utilizar este espacio para ensayar escritura poneca. Siempre me ha llamado la atención eso de hacer referencia al color del encaje de la tanga, o las ganas de que me pasen la lengua por la oreja, o los zapatos de tacón y la minifalda. Pero más que eso, me genera curiosidad morbosa la reacción que la escritura poneca genera en ciertos lectores. Tal vez a los treinta una comience a mirar al otro de manera más reflexiva, o tal vez una se cansa de lo prosaico y se enamora de lo poético (o al revés. Ayer, por ejemplo, cuando el idiota de la mesa de al lado se auto calificaba como escritor y hablaba de la problemática de no tener editoriales que apoyen al escritor nacional, yo pensaba que lo más conveniente era levantarme para ir al baño, sacarme los calzones y regresar a la mesa con un puñito de encaje entre los dedos,  y dárselo a él discretamente, para que entendiera que me quería ir de ese lugar aburrido y emergente ya pero ya).

Una puede ponequear o coquetear con el ponequeo. Lo que me angustia de todo esto es que cuando lo pongo en perspectiva me parece que alguna gente podría no entender la broma, como en casi todos los contextos virtuales (por ejemplo una vez que escribí la historia de la chica que le termina al novio imaginando que cae por un precipicio, y varia gente me mandó correos de pésame, consolación, apoyo moral, empatía y demás babosadas que una no se espera cuando hace una declaración impertinente, mordaz y falaz de lo que puede haber sido y no fue). La verdad que me molesta mucho la incapacidad declarada de alguna gente para la metaficción y el flirteo con la verdad a medias.

Pongamos que digo tengo calor, qué ganas de sentir un cubito de hielo deslizarse por mi espalda hasta los muslos y algún imbécil piense que la estoy pidiendo. Yo esto no lo entiendo en dos vías: 1) la necesidad de pedirla a través de un blog (¿cuando no había web 2.0 una la pedía así, a lo loco, en la calle, a vista y paciencia, por mensaje de texto?) y 2) la necesidad de no entender que ese calor y ese hielo son pizquitas de histeria calientapichas y la necedad de ofrecerse a enfriarle o calentarle la vida a una como pidiéndola de vuelta (quién fuera cubito de hielo o alguna zonchada por el estilo).

En algún momento pensé que todo este asunto se derivaba a gritos de un choque cultural (área de cobertura, color de zapatos, país de origen, pelos y señas)… Pero tal vez todos los hombres son unos chanchos, y todas las mujeres somos unas locas, y todas, de cierto modo, la pasamos pidiendo pero no dejamos que nos la den cuando nos la ofrecen. ¿Qué otra explicación tiene me gusta estar sola en la casa, para pasearme desnuda por la cocina con una taza de té? Supongo que no escribir poneca implicaría negarse a una misma, y desaprender -anormal en todo- algo que nos enseñaron desde chiquiticas: usté para vender enseña, pero solo la puntita.

Los 30 son los nuevos 15

February 8th, 2010

Y supongo que  le seguiré votando a la izquierda, aunque las galletas estén a la derecha.

Feliz cumpleaños a mí.

Conversaciones con el sicoanalista. Parte II

February 2nd, 2010

Doctor: Entonces, señorita, los treinta años. Es normal, a todas les pasa. Es una patología con nombre: crisis de los treinta. Repita, sonoramente.

Furia: No sé, doctor. No sé.

Doctor: ¿Cómo que no sabe? ¿Cómo que…?

Furia: a ver, doctor… piénselo…

Doctor: ¿Qué voy a pensar yo, ah? Usted es quien tiene que pensar. Los treinta. La crisis. Además, a todas luces, se siente gorda.

Furia: ¿Que yo me siento gorda? Nunca, doctor.

Doctor: Se siente gorda, señorita. Vea esos pantalones que se puso, esa camiseta holgada que le cuelga de los hombros. Un hombre sabe que cuando una mujer se pone ropa que le viene grande es porque se siente gorda.

Furia: Ya veo…

Doctor: ¿Qué ve? ¿Por qué me habla con ese tonito mordaz? Usted, evidentemente, tiene un problema de egomanía severa: solo piensa en sí misma. Como si el mundo girara a su alrededor.

Furia: ¿Y no gira?

Doctor: ¿Ve lo que le digo? Crisis de los treinta. ¿Ya decidió cuántos hijos quiere tener? ¿Con quién va a tenerlos? ¿Cuándo va a tenerlos? CRISIS DE LOS TREINTA.

Furia: ¿Y usted en qué crisis está, doctor? ¿En la de los 60?

Doctor: Váyase a la mierda, señorita.

Furia: Páguese a ver, doctor.

***

January 26th, 2010

En el bar, un muchacho se me acerca a las piernas con cara de ebrio. Se comporta como si debiera conocerlo, pero como no lo conozco se hace el interesante y levanta su botella saludando. Lo miro intercambiar con otro tipo palabras que el ruido del altoparlante no me permite escuchar. Luego se vuelve hacia mí y dice y, son las mujeres las que me tienen así. Ante la mirada inquisidora que le devuelvo explica: nada, que me acaba de decir mi amigo que me veo muy bien, y yo le he dicho que son las mujeres…  las mujeres, que me tienen así… En fracciones de segundo pienso mil cosas que van desde boludo hasta cómo se le ocurre a este zonchazo que lo primero que me va a  decir en la vida, la frase con la que va a romper el hielo es “que las mujeres lo tienen así”… La mierda entera. Silencio. Sonrisa maliciosa. Y la respuesta A mí también, le digo mirando hacia otra parte. Cuando me vuelvo no está. Y el resto de la noche me mira las piernas con una mezcla de odio, envidia, asco e incomprensión.

***

Tengo una larguísima lista de proyectos maravillosos engavetados en un mueble de mi cabeza. Peluches de monstruo, libros maravillosos, jaleas de especias, vestidos de seda, restaurantes gourmet, blogs de opinión, investigaciones en línea, carreras de cintas, maestrías, viajes al más allá, visitas a las islas griegas… En el mueble se cubren de polvo y yo me repito que un día, sí, un día, va a salir todo. Que voy a sacarme las telarañas de una vez por todas y que cuando aprenda a ser feliz sin postergar podré comprometerme conmigo misma y recuperar todo el tiempo perdido. Pero de momento lo único que puedo hacer sin caer en el vacío de la desesperación es hacer planes, mantener con vida a dos perros y una violeta y levantarme todos los días sabiendo que tengo que entrenar para una media maratón que se acerca.

***

Cuando comencé este blog tenía muchas cosas qué decirle a un muchacho que me había atropellado con su estupidez crónica. Ahora nunca lo actualizo porque hay un muchacho al que le digo todo lo que me gustaría escribir. C´est la vie.

Los márgenes

December 14th, 2009

El pasado I.

Detrás de la puerta de la cocina golpea la brisa de la tarde. Yo estoy sentada en sus regazos, él está sentado en la esquina, con la espalda contra la pared. Sopeso el calor de su mano sobre mi pierna de 16 años, mientras finjo que sí quiero que sea él quien me  coma el virgo. Ese muchacho, un poco mayor que yo y siempre muy dado al amor dramático, ahora tiene un hijo de 13 años que bien pudo haber sido mío. Nos topamos poco, y él me parece un poco triste. Y yo no tengo un hijo de 13 años, no puedo explicarle bien qué hago de mi vida y en medio de nosotros, como siempre, se abre un abismo de profundidad increíble, igual que el día en el que nos chocaron las palabras contra vidrios y me fui sin mirar ni una vez atrás pero con la seguridad absoluta de que él estaba llorando. Como esta tarde.

El pasado II.

Yo nunca quise, ni por un acaso, que las cosas terminaran de esa forma. He construido innumerables estructuras de papel sobre pisos falsos, a la intemperie, y todas terminan irremediablemente rotas a manos de algún malentendido, de algún inepto, de algún fracaso. No ha habido excepción para confirmar la regla: siempre entré al partido con dos jugadores menos, con las piernas cansadas, en cancha ajena, con la afición y el árbitro en contra. Pero hubo una sola vez en la que iba ganando a cinco minutos del pitazo final, y estuve, cual cartaga, a punto de creérmelo. Esa vez bastó un descuido para  volver a casa y encontrar mi estructura regada por el piso, 2 a 1 en tiempos extra, mi tristeza a cuestas, un poco de frío, volver a fumar y el sueño recurrente en el que él me decía que todo había sido un malentendido, que regresara, que me quería mucho… Nunca más y todavía.

El pasado III.

Esta soy más bien yo que acecho. Ella me mide y remide mientras lo sujeta con fuerza del brazo. Y no puedo disimular la sonrisa maléfica. Me mide. La analizo desde diversas perspectivas en las que ella está más flaca, pero yo más rica. Ella está más joven, pero yo no tengo acné. Ella está más morena, pero yo tengo la piel de un solo color, de arriba a abajo, comenzando por la cara. Me odia. La odio. No la odio: me da lástima. Y supongo que es igual para ella: que para ser pasado, ojalá haber sido peor.

Los márgenes.

En la noche me entra el frío de la cama sola. Nunca más mía (la cama) que hoy.

El futuro.

Nunca sale bien lo que se planea, que en este caso es igual que no llegar a ser. O a estar, que no es lo mismo. Pongamos que un muchacho me sopla levemente el cuello en la cola del banco. Me volteo y lo miro. Él sonríe. Yo sonrío. Afuera hace sol. Después uno está viendo llover en la cama del otro. Y al día siguiente hace irrupción en nuestras vidas la certeza de los márgenes. Y del otro lado de la línea nadie contesta. Y nadie quiso hacerle daño a nadie pero al final nos hicimos mierda los dos. Y antes de que todo eso pase, mejor hacerse a un ladito y en el camino decir algunas cosas que duelan, como idiota, la próxima clase te la cobro, o yo no estoy enamorado de vos. Y antes de que todo eso pase, decir que soy fría. Para después no darme golpecitos furiosos en la sien repitiendo que todos hacemos aquello que nos prometimos no hacer más, nunca más en nuestra vida. Todo por planear, como si no se supiera que así las cosas siempre salen peor que mal.

Ser y/o estar

December 9th, 2009

Yo a la histeria la conozco de primera mano. La conozco hasta en primera persona, si se quiere. Decir amigas ya sería estar exagerando, pero al menos hemos estado en la misma habitación, a la misma hora, frente a frente, sacándonos la lengua, mirándonos de arriba a abajo, cuchicheando sobre la otra al oído de una amiga, pavonéandole al mismo chico, mintiéndole al hombre que amamos.

Nos llevamos más bien que mal casi siempre, a veces hasta pasa por casa temprano, en sábado, y me deja una caja de chocolates rellenos de frambuesa, y no se cuida de cerrar la puerta cuando se va. Una vez llegó a buscarme un chico que no debía dejar entrar a mi casa. Era guapo y tímido (de los peores) y yo había decidido ni siquiera contestarle las llamadas, hacer caso omiso de sus correos, darle la espalda en las fiestas… Ese día ella justo había venido a traerme una caja de helados de cereza -le encanta la idea de verme gorda y triste, lloriqueando frente al espejo porque no me cierra mi falda favorita. Vino, dejó el helado, me dio un pellizco en el brazo y se fue muerta de risa. Y en el preciso instante en el que yo le hacía señas para que le dijera al muchacho que yo no estaba en casa, miró hacia otra parte, haciéndose la tonta, y le dijo que obvio, que claro, que pasara, que yo estaba adentro. Yo estaba adentro, con mi caja de helados. Y lo que pasó después era previsible: primero me comí al chico, luego me comí el helado, y ella terminó saliendo con él a las dos semanas, mientras yo en casa trataba de hacerme entrar en la falta favorita y lloraba un poco borracha pensando que a esas amigas es mejor tenerlas un poquito de lejos siempre que se pueda.

Hace un par de años, por ejemplo, me presentó al hombre más inteligente del mundo, a sabiendas de que yo estaba con otro. Hacía días que me venía sospechando su siguiente movida, porque como ella es volátil siempre me envidia un poco la capacidad para las relaciones largas y estables. Me presentó a este tipo que inmediatamente se convirtió en la persona más inteligente que conozco. Nos invitó una cerveza y se fue con un fotógrafo que  había conocido esa tarde en un bar y que según me dijo, le iba a hacer unos desnudos artísticos. Yo me quedé con el inteligente, abriendo mucho los ojos cada vez que él abría la boca para decir algo. Me emocioné tanto que olvidé hablarle de mi novio. Me invitó a salir de nuevo y le dije que sí sin pensarlo, y al día siguiente estaba inventando una mentira sí, otra no, para poder verlo de vez en cuando tratando de no contarle a uno que estaba emparejada y al otro que tenía un amante. Estuve así, por culpa de la histeria, como diez meses enteros, hasta que un día mi amante se quiso convertir en novio y tuve que decirle la verdad. Ella se moría de risa del otro lado de la línea, mientras yo le contaba en secreto, no le digás a nadie que me moría por estar acá y allá al mismo tiempo, y que me parecía muy injusto haberme tenido que conformar con una cosa cuando habría querido otra, y que una vez que uno ha estado allá, la certeza de  no poder estar en paz acá se convierte en latencia, y… Calláte, que me volvés loca dijo la hijadeputa. Estar, evidentemente, no es tu problema más grave.

Desde entonces no la llamo, ni le contesto los mensajes, y cuando alguien me pregunta, cuento una historia de estas para hacer énfasis en por qué hablo de ella con conocimiento de causa. No hay como saber a qué atenerse.

* De la serie “anotaciones para extensión posterior“.

Anotaciones para extensión posterior

December 3rd, 2009

* No me sienta bien decir mentiras: se me quedan pegadas en los párpados y luego, en la noche, me pesan los ojos.

* No poder estar en dos lugares o más a la vez me atormenta al borde del colapso mental.

* Ninguna palabra que le diga a Popepa podría cambiar el curso de las cosas: estamos en medio de una tormenta, en el agua, sujeto su brazo con fuerza para no perderlo, y luego me doy cuenta de que si lo suelto, tal vez me salve. Lo suelto, me salvo, y hoy no puedo caminar con la cabeza en alto.

* La sensación de que algo malo debo estar haciendo para que me duela la cabeza de no pensar…

* Estoy resentida con el paso del tiempo, que no me ha perdonado ni un solo minuto perdido en los últimos 5 años.

* No me sienta bien decir mentiras: pero las digo cuando me las piden unos ojos tristes.