Luna Lunera

November 18th, 2008

La primera vez que canté una canción delante de más de 10 pesonas, tenía 4 años y mi tío me había inscrito en un festival de la canción en el que participaban personas de mi edad y otras un poco mayores, de, digamos, 20 años para arriba. Gané la medalla de bronce: mi tierna interpretación a capella del éxito infantil lunaluneracascabeleracincotorirosyunaternera logró derretir al público espectador e inflar de orgullo el pecho de mi mamá, que desde entonces decidió imaginarme artista e intérprete de música popular, y  me obligó a cantar en fiestas de familia, rezos del niño, rondallas y coros escolares hasta que logré escaparme de su casa.

Cantar. Me gusta mucho, es cierto. Pero tengo una relación de amor-odio con el talento inculcado por el inconsciente colectivo de 75 personas que un domingo de 1984 aplaudieron con histérica furia a mi vocecita de bebé y al talento espontáneo que mi mamá me descubrió ese día. Porque me da vergüenza estar yo en este lado de la sala y que todos los demás estén del otro. Entonces cierro los ojos, y cuando los abro, me encuentro con muchos otros ojos contemplando mi ausencia total de presencia escénica, y me dan ganas de salir corriendo.


Visión Armónica del Caos - Haja o que houver from cristian ca on Vimeo.

Y para hacerle honor a la verdad, solo no salgo corriendo porque eso me da un poco más de vergüenza. Gracias a Sergio, Poro y Xtian, por andar detrás de mí con sus baldazos de sentido común, y por tomarme fotos lindas y hacer videos en los que los efectos disimulan mi tiesura habitual y la ausencia total de sabor y espontaneidad en mis movimientos.

Filosofía cuántica

November 7th, 2008

El microblogging y la verborrea no son compatibles.

Brevemente

October 27th, 2008

* Se me comenzó a cerrar la  mandíbula dolorosamente: hay noches en que sueño que no puedo abrir la boca, que las encías se me contraen -aunque no es posible-, que trato de gritar de dolor y no puedo. Los desinflamatorios no bastan y los he tenido que combinar con jarabe para la tos.

* No tengo tiempo para escribir cosas que realmente me gusten, ni para ver videos, ni para escuchar canciones, ni para leer libros ni para acariciar rostros. A ratos caigo en cuenta y me siento a perder el tiempo un rato llorando de pena.

* Como no tengo tiempo para nada, el miércoles voy a ver a los Skatalites.

* Tengo tres sobres con cartas para amigos listas sobre la mesa esperando ser llevadas al correo. Una perra que necesita ir a cortarse las uñas. Una canción a medio escribir y tres recetas listas para colgar en mm. Seguro que lo hago todo a finales de noviembre, antes de irme a Holanda.

* En honor a la verdad, estoy un poco cansada. También de trabajar, pero sobre todo de un regalo poco creativo que estorba y muere en la mesa de la oficina.

Males postmodernos. Parte I

September 24th, 2008

Hay gente que le teme a los lugares abiertos, a las cucarachas, a las alturas… Gente que le tiene miedo a las altas velocidades, al agua, a los sapos… Gente que se aterroriza ante la vista de una culebra, de un ratón, de un ejecutivo de cuentas del HSBC. Yo, en particular, le tengo horror a las demostradoras. Las demostradoras vienen siendo algo así como el polaco 2.0 en versión claramente desmejorada y con los ojos muy delineados.

Yo, que carezco de agresividad ante el mundo, me aterrorizo ante la perspectiva de una demostradora en el pasillo de la pasta de dientes. ¿Tiene realmente que ser tan difícil hacer una simple compra en el supermercado? ¿Es que no puede una acercarse al estante del café y escoger la marca de siempre sin que una banda de demostradoras pintarrejeadas y sonrientes se le abalancen encima con productos de oferta, saborcitos nuevos y cajas de bombón relleno de granito? La función de la demostradora es, para mí, molestar a la gente que compra. No encuentro otra manera de explicar el hecho de que una chica parlanchina y de sonrisa falsa está apostada en pie de guerra al lado de un letrero que dice “lleve 4 y pague 3″, diciéndote justamente ¡mire, señora, lleve cuatro y pague tres!!!. Aunque si me detengo a analizarlo con más detenimiento, en realidad el asunto es bastante más perverso de lo que cualquiera pueda pensar: el letrerito es un incitador pasivo que nada más está allí, indicándote que por el precio de tres, te podes llevar cuatro. En cambio la demostradora es ser animado y malvado, que en lo que volteas a mirar para otra parte es capaz de llenarte el carrito de compra con cajitas de gelatina Royal de naranja, sin que te des cuenta hasta que llegas a la caja.

Vos vas haciendo la ronda por el súper tranquilamente, comprando las cosas de la lista y alguna que otra golosina que se te atraviesa en el camino, y de repente, a la vuelta del estante, está la demostradora, firme al lado del producto chafa que nunca se vende: pollo adobado listo para freir, mezcla para panqueque con sabor a linaza, flancitos de vainilla que no necesitan refrigeración, gelatina de naranja, pan de fruta o galletas Canastita. Y en el peor de los casos, te la encontrarás detrás de una sartén eléctrica repartiendo trocitos de salchichón frito del que trae tabasco y no le gusta a nadie. El polaco, primera versión de demostradora puerta a puerta, tenía a su favor un asunto de cancha marcada: llevaba pantalones Pierre Balmain ácido wash, cómodas con espejo de cuerpo entero, aplanchadores plegables, paquetes de chocolate Los Tres Mosqueteros y tarros de frutas en almíbar traficados de la frontera con Panamá. Y eso era todo lo que podías ver. Punto. En cambio la demostradora presenta el más malo de 15 productos iguales, e intenta manipular al comprador utilizando todos los ardides posibles y los impensables. “Una probadita, señora”, “este pollito ya viene listo para cocer, es solo ponerlo en la sartén”, “pruebe la nueva pasta de dientes clousap con sabor a chicle”, ante la mirada atónita de personas como yo, que aparte de tener muy clara nuestra intención de compras, veríamos mejorada nuestra calidad de vida en un mundo sin pollo pre-adobado, puré de papas de cajita, toallas sanitarias con sábila y 540 tipos de champú.

El asunto más terrible es, como mencionaba al principio,  el de la falta de agresividad. Yo me considero una persona completamente carente de habilidades sociales para comunicarse con gente que se le atraviesa en el camino para venderle cosas. Mi primera reacción es salir corriendo, que lo hago cuando puedo. La segunda es esperar a que la demostradora esté acosando a algún otro comprador para acercarme sigilosa y rápidamente a su estante, tomar mi paquete de té y huir hacia el siguiente pasillo. Sin embargo, algunas veces no corro con tanta suerte: la demostradora me pilla en el último minuto, se abalanza sobre mí con su paquete de rasuradoras chafa de a seis por mil o sus tampones mini con paquete de cartón que no contamina el ambiente, señora. En esos casos, quedo indefensa y a merced. Primero, porque me horrorizan los ojos de espanto de la demostradora cuando le digo que gracias, que yo no uso tampón ni toalla. Segundo porque de repente han pasado 10 minutos y yo ya entablé una conversación amable con la chica intentando explicarle que un divacup se puede usar durante meses y meses y tampoco contamina el ambiente. Tercero porque tengo que mirarla directamente a la cara y no puedo vigilar que no me esté llenando el carrito con champú de manzanilla para la caída mientras yo trato de ser amable con ella.

A veces acabo llevándome alguna de las porquerías que ofrecen tratando de mostrar algún tipo de interés que no se vea fingido, y es así como después al acomodador le aparece un jabón de baño contra la celulitis en medio de los cereales de granola. Me termino de sentir indefensa porque, ya derivada del miedo, me entra una trabazón de lengua muy incómoda, y se me van de la mente todas las palabras clave que podría utilizar en ese caso: no gracias, yo el que uso es este otro; no estoy interesada; gracias o lo que sea. Siento que cuando intente utilizar alguno estos códigos clave, la demostradora va a aplicar la estrategia correspondiente para hacerme caminar hasta la caja con una botella de champú para cabellos teñidos: ¿y por qué usa ese otro, señora? ¡Este está más bueno! Tiene que probarlo y luego me cuenta; señora, yo le garantizo que después de los primeros resultados, usted se va a interesar mucho en este producto; y que cuando diga “gracias” me van a poner el kilo de mortadelas con jalapeño en la mano asumiendo que acepto la oferta. En general, todo termina en que la demostradora gana, yo pierdo, y entre las dos dejamos el súper lleno de jabones en la barra de quesos, merendina entre los desinfectantes y gelatinas de naranja ocultas detrás de las aceitunas. Y esto debe influir en que la gente como yo sea generadora de una fobia tremenda entre los acomodadores de súpermercado: mierda, ahí viene la vieja loca que se pasa horas espiando por los pasillos y deja las chocolatinas olvidadas en el estante del papel higiénico…

After action review

September 13th, 2008

*Esta semana la lucha más intensa ha sido la interior, y la cereza del pastel fue el choque cultural con los machistas-leninistas de la zona. Avistar en la esquina de un restaurante a un excompañero de oficina gringa-inversionista extranjera-explotadora de las clases acomodadas (acomodadas en la silla de la oficina, que quede claro) ha sido como una gota de agua en el desierto. No recuerdo su nombre  ni el año en que trabajamos juntos, ni quienes eran sus amigos en el call center, pero está ahí, improbablemente: me recuerda y me sonríe, de manera improbable, y es como la bocanada de aire que me ayuda a sumergirme en la noche de la Revolución, que cada vez se me parece más a dios: aunque todo el mundo habla de ella, no se la ve por ninguna parte…

* No más llegando he recordado que el concepto de “comida rápida” se estrella brutalmente contra una pared de sonrisas, amabilidad, a “ahoritas“, que irremediablemente me hacen sentir como en casa (mientras me almuerzo dos pedazos de una pizza nada buena en el asiento de un bus, con Antonio Banderas desperado de fondo).

* Yo podría vivir aquí: hay río, camino de tierra, abuelitas gordas y buenas que se sonríen con una al pasar, niños simpáticos y hablantinos… Carne asada todas las noches, buen café recién tostado, cerveza y pulperías en las que me siento nostálgica de  los estancos del CNP. Lo peor que le puede pasar a una en este lugar es que le toque ser perro callejero: estará condenada a la exposición de las costillas bajo la piel seca, la basura paupérrima de la gente pobre, la sarna y la miseria, el calor, y los carros inmisericordes que atraviesan a velocidades inhumanas una carretera que divide en dos a un pequeño pueblo alejadísimo de la bondad del señor.

* Anoche, ya con solo una tarde por delante, me arriesgué a salir a reconocer una ciudad que es como una palangana, cuyos barrios elegantes están románticamente colocados como con cola en las partes altas, con mejor vista de “lo que no nos toca sufrir desde aquí” . Recorro calles que me traen recuerdos bastante malos en general, y después de un tour que inicia con música de la que ya en casa nadie canta porque pasó de moda y termina en la puerta cerrada con candado del hotel al que necesito entrar a dormir, decido que sí, que la dimensión desconocida comienza donde se acaba Nicaragua.


Slow down

September 8th, 2008

*Tengo un terror atravesado en la frente. La imagen de un niño al que logro sacar de un búnker, esquelético y desmadejado, con la ropa sangrante, violado sistemáticamente por un puñado de hombres grandes, desgraciados y perversos. Intento recoger todas las conversaciones, lecturas, comerciales, todas las imágenes absorbidas durante el día, para intentar comprender de cuál pudo haber salido un sueño malévolo que me ha tenido con náusea y dolor de cuello toda la mañana.

* El aeropuerto de Tegucigalpa acaba de ser reabierto, pero eso no garantiza que esté de vuelta a tiempo para tomar un avión a Turquía justo el día de la independencia. Nunca he estado en Turquía, y no creo que esta vez sea diferente: los hoteles Sheraton de todo el mundo tienen los mismos lobbies y las mismas habitaciones impersonales decoradas con muebles incoloros y cuadros genéricos de paisajes que no existen en ningún lugar del mundo. Mientras mido las probabilidades de quedar atrapada en la dimensión desconocida que me parece Honduras, el hecho irremediable de que Willie Colón viene por última vez a Costa Rica y me lo voy a perder, me genera toda clase de tristezas y odios desmedidos por la vida misma.

* Cuando me bajé del taxi en la entrada de la escuela, mi retorno a segundo grado fue interrumpido por la presencia cansada, gordita y con calvicie incipiente de mi primer beso. En estos días el pasado se me devuelve de la forma más huracanada, además y para siempre. Me ataca un poco el primer beso escondido en el gimnasio después del entrenamiento. Yo llamada al equipo solamente porque medía 1.70 a los 14 años, y el aprovechado ese robándome un beso que se convirtió en dos meses de alegría disimulada porque en el colegio no nos hablábamos y ninguno de sus amigotes podía saber que él andaba conmigo. Después sufrir como solo se sufre un primer beso, que luego, naturalmente, desaparece en una nebulosa bajo la etiqueta todo lo que no  debí haber hecho. Y otra vez esa como cosquilleante sensación de felicidad por lo que pudo haber sido y no fue.

* El soundtrack de la semana me aleja sospechosamente de la orilla en la que me extendés la mano. Yo te veo a lo lejos, como en sueños, y cada vez más la certeza de que ahora tampoco y de que nunca más o todavía talvez. En secreto sé que se reventó el hilo que jalas con insistencia, y que no me arrastrarás hasta la arena. No hoy, al menos.

Siendo mala

August 27th, 2008

Yo no fui, ni por acaso, una de las chiquillas lindas de mi escuela. Era más bien patilarga y seca, y hasta me llamaban “verano” y “aplanchador” y otros nombres que bueno, que aún duelen cuando los recuerdo. Mi novio de la escuela tenía en común conmigo el nombre, la estatura y la sección: por eso éramos novios, más por el decir del resto que por decisión nuestra.

Cuando Sussy Vélez entró a la escuela, desde el primer día, desde que la vi a lo lejos, desde que le noté los pezones en flor debajo de la blusa muy apretada para ella, supe que habría un problema. Evidentemente, el problema iba a ser mío y no de ella: ella era muy bonita, regordeta, blanca. Tenía el pelo castaño y larguísimo, y una meta clara y definida: ser la primera en todo lo que no fuera sacar buenas notas. Tenía la falda más corta, la blusa más apretada, los zapatillos más altos. Era como una colegiala atrapada en el cuerpo de una chiquilla, o más bien como una colegiala atrapada en sexto de primaria. En fin, que con una semana en la escuela, ya Sussy Vélez era la perdición del Colegio Técnico que quedaba a la vuelta, ya se había robado el corazón de la 6-1 y la 6-2, y me había quitado el novio. Así como lo oyen: Sussy Vélez  me robó el novio. No se fijó en Alonso Elizondo, 3 años mayor que ella y uno de los mátalas callando del CT… se fijó en mi novio, que era mi novio por default y que en la primera esquina me soltó la mano y se fue con la tetona, con la odiosa, con la bruja de Sussy Vélez.

Ese año Sussy Vélez reventó en glebas, la blusa se le hizo más pequeña, la enagua se le hizo más corta, el pelo le creció otro tanto… Ese fue el año de Sussy Vélez. Evidentemente, yo la odiaba, con el odio creciente y envidioso de las chiquitas feas. Le deseaba trenes pasándole por encima y la rondaba nerviosita y poquita cosa porque, evidentemente, Sussy Vélez sabía verse más bonita rodeándose de los patitos feos de la escuela. Ella era la de las pijamadas, la que tenía línea fija en casa, la de la piscina, la que ya se sacaba las cejas y se pintaba las uñas los fines de semana. Yo había sido feliz hasta el día en el que ella despertó mi conciencia de mocosa flaquenca y destetada, de cejas gruesas y pelo pasuso, más carajillo que mujercita, menos femenina que una lata de betún en pasta. Hasta ese momento yo había sido feliz, niñatita, pecosa y patilarga. Mi vida escolar se dividió en antes de Sussy Vélez y después de Sussy Vélez.

Por dicha nunca se me ocurrió imitarla, ni tratar de ser como ella: yo tenía claro que nunca iba a parecerme ni un poquito a Sussy. Lo tuve que afrontar a golpes: yo era la que era, y eso no iba a cambiar nunca, por más que deseara parecerme a la otra, por más que quisiera ser como ella, bailar como ella, ser extrovertida, conversadora y TAN ASÍ como ella. Tan ella-quita novios de chiquilla polla que nunca ha dado un beso y además es larga y seca, como un verano…

Sussy Vélez salió de mi vida en el 92, cuando sus padres la cambiaron de colegio y no volví a verla. En su paso por la escuela desfloró varias bocas de chiquillos mayores y menores y durmió en sendas camas a la vez en los sueños de los muchachos del colegio. Y yo seguí flaquenca, introvertida, callada, tristilla…  La semana pasada, después de 16 años, me topé a Sussy Vélez. Ya había oído de ella por mi mamá, a quien se lo contó la vecina de al lado, que es como el correo del barrio: Sussy se hizo amante del dueño de las tiendas tal, y a ese hombre le parió dos hijos. El primero de los chiquitos nació antitos de que ella presentara bachillerato, entonces tuvo que esperar al año siguiente para ganar el quinto. Luego vino el otro crío y la separación y Sussy Vélez trabajando en una tienda de cosméticos en el centro del pueblito en el que alguna vez le arrancó suspiros a todos los chiquillos. La vi. Me vio. Me reconoció. Vino a saludarme con cara resignada, de muchacha de campo que piensa que todo lo que le ha pasado en la vida es designio de dios. Se me acercó sigilosamente, midiéndome la cintura, las piernas… como con la misma envidia que alguna vez le tuve yo.

Y, siendo mala, sentí como una pequeña alegría atrasada, de venganza que es un plato que se come frío, solo por un momento, una pequeña alegría sucia y básica. Lo que hablamos no viene al caso, va de cómo a los 28 no me he casado y no tengo hijos, y que trabajo en esto y lo otro y que vos sí que te has conservado en cambio yo… Sí Sussy, en cambio vos…

Carta al hombre muerto

July 28th, 2008

Se preguntará por qué le escribo después de tanto tiempo. No es nada, solo que hoy pasé frente a su casa, la casa en la que tantas tardes como esta vimos la lluvia caer por la ventana y lavar el cielo gris de la ciudad aburrida y triste. Recuerdo un beat beat incesante en su pequeña radio, la batería de cocina con una sartén de tallarines encima, el basurero siempre lleno de papeles, el piso cubierto siempre de papeles y aquella necedad suya de traer a sus amigos artistas a interrumpir nuestras tardes de sexo con sus tontos dibujos en las paredes desnudas.

En fin, le decía que, como ahora que llueve a torrentes y el tráfico me atrapa en la oficina, pasé por su casa, que casi era mía: de repente me sorprendí masticando uno que otro recuerdo tonto y echando en falta la cortina aquella que usted había colgado con clavos en la ventana, y de ahí me fui andando en puntillas hasta su insistente terquedad por no tener cama y mi decisión -tomada a las carreras, con mucha filosofía y dolor de ojos- de nunca más juntarme con un hombre sin cama. Recordé mi taza favorita encima de su mesa, mis medias en la esquina, sobre una pila de libros, mis ojos dibujando rostros y animales con las manchas de humedad del techo, sus manos torpes de burro joven que nunca supieron tocarme… Tantas cosas se me vinieron a la cabeza, hombre muerto, que mientras escribo me río un poco y lloro otro tanto. De alegría por nunca más tener que hacer el amor escuchando a Silvio Rodríguez y recitando el abecedario. De tristeza porque usted fue el primer hombre de mi vida y me dijo tantas mentiras como estrellas hay en el cielo. De pena porque el día que me fui usted me dijo que nunca nadie te hará sentir lo que yo te he hecho sentir. De lástima porque una vez más, como todo lo que alguna vez me dijo (del amor al odio, pasando por el olvido) eso tampoco era cierto.


El pequeño demonio de ojos encendidos II

July 21st, 2008

Ella me dice que mejor me aleje de vos. El cuartito de piedra apesta a sahumerio y la silla me empieza a quedar incómoda como un chaleco grande y arrugado. Las cartas están regadas sobre la mesa de madera, y aunque no entiendo nada, quiero decirle que se equivoca, que evidentemente vos sos bueno, y que me querés, y que jamás me dejarías por aquella pelafustana. Pero una ataraxia extraña me paraliza la lengua y me traba las palabras en la boca. Por la ventana veo una nube de cuervos que no se acaba, que vuela haciendo espirales mientras su graznido ensordecedor me atonta hasta el miedo. La mujer tiene una suerte de poder que no comprendo, que hace aún más ridícula la situación en la que me encuentro. Como si leyera mi pensamiento, me dice que vos sí sos capaz de dejarme por aquella. Que ya lo estás haciendo. Yo tengo un nudo en la garganta. Me maldigo en silencio por haber venido, por haber querido escarbar en ese pozo de silencio que son tus ojos. Evidentemente, comienzo a pensar que el solo hecho de estar aquí desconfiando de vos hace que me merezca lo que esta mujer seria y parsimoniosa, con pose de bruja profesional, me dice. El sahumerio apesta cada vez más y mis dos billetes de 10 se posan tranquilamente sobre la mesa. Me levanto para irme, pero ella dice con voz retumbante que aún no ha terminado. Así que me siento de nuevo a esperar la estocada final en la que llego a casa y estás con aquella, acostado en nuestra cama, mientras la mujer parsimoniosa me regresa a una tarde de hace 5 años en la que me pareció estúpido meterme en tus asuntos y nada más dije “Nada, no hagas nada. Ya se me pasará, vos, tranquilo”.

Bienvenids

July 3rd, 2008

Página en construcción.