Las palabras I

January 26th, 2012

“Nosotros” siempre nos quedó muy grande.

there is a light that never goes out

December 9th, 2011

La ciudad me abofetea más fuerte que el viento. Miles de luces me aturden los ojos cansados. La ciudad es pequeña e infame. Me duele, hasta el fondo de la boca del estómago, un silencio que no es el mío. Es un silencio inmenso, en el que rebotan todas las cosas. Las luces me aturden los ojos. La cola de carros es interminable, absurda para una noche de semana. Desde la ventana que está al lado de la mía, una niña me mira curiosa. Entonces me doy cuenta de que he estado llorando sin parar mientras avanzo. 

No es un sueño: la ciudad es pequeña e infame, y está poblada con las historias pequeñas e infames de todas las personas que la atravesamos. Arriba brillan las luces de una navidad que cada vez merma más mi paciencia. Odio estas luces que interfieren con las señales luminosas, pero igual, cada año, a finales de noviembre, aparecen como si no pasara nada, como si fuera normal transitar a ciegas por una calle superpoblada. No es un sueño: hay presa, las luces me iluminan las lágrimas en la cara y una niña me contempla con cara de idiota desde la ventana de un audi del año. 

Las luces me persiguen durante todo el trayecto. Me persiguen como me persiguen las culpas. Los nopuedos. Los malos entendidos. Estallan en mi cara como los fuegos artificiales que salen disparados desde el parqueo de la Iglesia de Zapote. Odio la navidad. Odio que se me pegue el pelo en las mejillas mojadas. Odio, sobre todas las cosas, las palabras incomprendidas. Odio que todo pueda ser tan bueno y tan malo al mismo tiempo. La ciudad, pequeña e inmunda, me abraza por la espalda. Querer no es poder. Querer no es. Querer no.

Conversaciones con el sicoanalista. Parte VIII

December 5th, 2011

Doctor: ¿en serio usted de nuevo por aquí? ¿No hay un festival de la luz, unos festejos populares de San José, algo en lo que pueda ocuparse en vez de venir a hacerme perder el tiempo?

Furia: doctor, vayamos al grano. Eso sí, bordearé el asunto de mi plata y lo que usted hace con ella, para evitarnos la fatiga.

Doctor: malamansada.

Furia: amargo.

Doctor: ¿qué quiere ahora?

Furia: es, digamos, un asunto de estilos de vida, doctor. Salgo con alguien, por si no le había comentado. 

Doctor: ¡sale con alguien! ¿y qué carajos está haciendo aquí, si ya encontró a alguien más que la aguante?

Furia: néh. Usted sabe, doctor. Yo soy una mujer difícil.

Doctor: usted es una loca. Déjeme en paz. Ya tiene un hombre en sus manos: engánchelo. Pórtese bien. Disimule. Engáñelo para que se case con usted. Deje de agotar mis energías.

Furia: lo que pasa, doctor, es que tenemos estilos de vida muy diferentes. Usted me entiende. O no. En fin. A mí me gusta correr.

Doctor: corra detrás de él. No deje que se le escape.

Furia: usted no me entiende.

Doctor: usted es una mujer difícil.

Furia: noto que ese es un tema sensible, doctor. Cuénteme: cuando usted se quiso ir de la casa, su mamá corrió detrás suyo, lo enganchó, disimuladamente, lo engañó y luego un día usted abrió los ojos, habían pasado 10 años y…

Doctor: usted sabe en donde está la puerta.

Furia: usted también doctor. Lo que me extraña es que no la haya usado… Linda corbata, por cierto.

Doctor: váyase al carajo. 

the fun of watching fireworks

November 29th, 2011

El muchacho me mira serio: no puedo aceptar su recibo de la luz, señora. Está a nombre de alguien más. ¿Quién me garantiza que usted vive en esa casa? Mañana me viene la regla, hoy soy un monstruo insufrible. Quiero matar a alguien, pero no a Luis, que me mira resguardado por el cristal de la ventanilla de servicio al cliente. No quiero matarlo a él, que solo se levantó para venir a trabajar hoy como lo hace todos los días. El problema del recibo trasciende el asunto de traer una copia del contrato. Todos los recibos están a nombre de la persona que vivió en esa casa hace mil años. Esa persona, que por cierto no parece tener parentesco con la actual dueña de la casa, tal vez ya no esté viva.

Yo quería actualizar los datos, pero Luis no tiene la culpa de que un imbécil se haya sentado a pensar en posibles maneras de dificultarle la vida a la gente. Ahora resulta, le digo, que ustedes me echan la culpa por no tener casa propia. El pobre Luis tendrá que escucharme durante los próximos diez minutos, mientras le cuento cómo un compañero suyo, de otra sucursal, me negó un crédito para compra de vivienda. ¿Sabés qué me dijo, Luis? Me dijo que me casara. Que me casara para que me dieran el préstamo. El apartamento divino a cinco minutos del centro se me escapó de las manos porque un imbécil agente crediticio me dijo que una mujer soltera de treinta años era una inversión de alto riesgo. A estas alturas los ojos de Luis son dos platos grandes y vidriosos. Pero no puede hacer nada, solo disculparse por las molestias y sugerirme que trate de conseguir pruebas tangibles de mi residencia. 

A la mierda, Luis. Eso voy pensando camino a mi casa. Tengo un poco de ganas de llorar, pero sé que mi cuerpo es un cóctel de hormonas. Trato de no hacer mucho drama. Mi casa no es mía, pienso. Ahora más que nunca esa perspectiva me alegra más de lo que habría pensado hace un año. Hace un año lloraba todos los días. Sos muy negativa, fueron las últimas palabras que le recuerdo. Luego se fue. Todavía sigo pensando en lo que le diría si el tiempo retrocediera a esa tarde de domingo. Le preguntaría ¿y vos por qué sos tan feliz? ¿Cuáles son las razones de tu positivismo? Pero el tiempo siempre camina hacia adelante. Y de todas formas tenía razón: soy la persona más negativa del mundo. Una hubiera querido que las cosas fueran diferentes. Pero eso tiene que ver sobre todo con el color del tiempo, no con las ganas de cambiar el pasado para matar el presente. Los bancos, las colas, los horarios. Todo me molesta cada vez más. Me gustan las ganas de irme, los viajes largos en bus, los perros de la calle, mis propios perros, cómo cambia la textura del cielo al acercarse diciembre, los lugares en los que hace calor y la gente que sonríe sin razón aparente. Ya no lloro todos los días. El tiempo, por más que pase, tiene el mismo color siempre: café, o azulito.

 

d for drama

November 17th, 2011

Todos los aviones tienen en común este huequito en la alfombra del piso. Siempre me toca sentirlo con la punta del pie cuando empujo la maleta debajo del asiento de adelante. También otra cosa: en el preciso instante en que sirven las bebidas comienza una leve turbulencia orientada a empaparle los aparatos electrónicos y las revistas a la gente que lee sobre mesas plegables incómodas e inclinadas hacia abajo.

Me arranco un pelito del brazo mientras la sobrecargo informa: todos los aterrizajes han sido suspendidos porque el aeropuerto está cubierto de neblina. De nuevo, el miedo a morirme cayendo desde lo alto golpea la ventana y cuando miro hacia afuera hay rayos y tormenta. El pelito es claro. No sé por qué me lo he arrancado. 

Me entristece cuando dicen que sí vamos a aterrizar en Costa Rica. Yo habría preferido ir a cualquier otra parte. Aunque también sé que si realmente tuviera ganas de irme, fácilmente habría perdido mi vuelo temerario en ATR con orquesta de truenos. Tener ganas de hacer algo no es lo mismo que hacerlo. Eso lo tengo claro desde hace muchos años.

Abro la laptop y comienzo a escribir un cuento. En él, una muchacha trata de tranquilizar a la señora sentada a su lado en el avión pequeño que reventará en pedazos cuando toque tierra. La mira a los ojos y sostiene sus manos. Nos vamos a morir, señora. ¿Cómo se llama su gato?  La señora, Virginie, es de Nantes. Vino a Nicaragua para visitar a su hijo, quien se metió en Bosawás hace 4 años y se niega a regresar a casa con una terquedad inexplicable. Cada año es lo mismo: ella lo visita, le trae medicina para los parásitos, vitaminas que él le regala a algún chiquillo mocoso y panzón, y el llanto: que tu papá está enfermo, Sergei. Que nos haces falta. Que se casa tu hermana. Que soy tu madre. Pero a Sergei, de Bosawas, no lo saca nadie.

A Sergei lo entiendo. Hace algunos años me metí en este hueco. En las mañanas, mientras hablo sola tomando el café, me repito que estoy en donde quiero estar. Pero en el fondo sé que es un consuelo: quiero creer que estoy en donde quiero estar porque no puedo salirme. Suena el teléfono, pero no lo contesto. 

La señora Virginie tiene dos hijos más. La chica, Chloé, se acaba de casar. Michael, el mayor, es médico. No tiene gato. Su marido se murió hace dos años: Sergei no fue al funeral. Hablamos en español pausado, mientras todo es caos alrededor nuestro. Sé que voy a morirme, y lo único que me angustia es no haber hecho nada para cambiar todo lo que pude haber cambiado. Morirme, si se quiere, vacía de perspectivas. Cuando me pregunta por mí, solo le hablo de los perros. Seis perros. Siempre quise que fueran siete, pero una vacuna anual más me dejaría en la quiebra. No, señora Virginie. Novio no tengo. Ni marido. Ella me mira con un gesto confuso: no se quiere morir pero se alegra por mí: nadie quiere vivir con seis perros, y no tener un marido que la recoja en el aeropuerto.

La sobrecargo tiene voz aterciopelada. Aún así, habla como la gente que ensaya discursos para pedir plata en el bus. Su cadencia es muy estudiada, no le sobran palabras, pero parece declamar endecasílabos como un niño que está aprendiendo a leer. Vamos a comenzar el descenso. Mal por mí: yo no quería volver a San José nunca más.

Gracias por su visita.

October 28th, 2011

No me importa,

repetido mil veces al día,

durante trescientos sesenta y cinco días,

dio resultado.

El problema es la tarde,

el viento que golpea las hojas,

un perro que ladra

y mis manos frías.

Y que 

de no importarme

ya no me importa nada.

Pulling our weight

October 6th, 2011

Tres horas. Una calle larga, polvorienta. Calor, sueño. Las ganas de tomarte la mano. Siempre la prisa por llegar a un lugar que es bueno mientras no estás en él. Las ganas de tomarte la mano cada vez más grandes. Cuando tragué grueso al vernos, quise pensar que era por el polvo, por el calor. Siempre viendo hacia otra parte. Decir lo que se pensó siempre, qué bueno habría sido que todos asumiéramos nuestra cuota de culpa. Bueno y triste. Pero menos triste de lo que fue. Que fuera de noche y lloráramos juntos. Tres horas son como un año. Casi como un año. A mí me siguieron moviendo las ganas de llegar a un lugar que es mucho mejor durante el trayecto. Llegué mil veces, a irme. Siempre cargar los fantasmas. Siempre poner los pies en tierra y que todo pierda el color del deseo. Tu mano, tan cerca que la tuve, y no pude ni quise tocarla. 

Conversaciones con el sicoanalista. Parte VII

September 28th, 2011

Doctor: le diría que me alegro de verla, señorita, pero usted sabe que no me gusta mentir.

Furia: tranquilo, doctor. Ya hemos hablado de su felicidad y mi plata. Empresa aparte, he estado teniendo un desconsuelo…

Doctor: señorita, su capacidad para ser infeliz no deja de sorprenderme.

Furia: contrólese, doctor. Déjeme terminar. No sea grosero, parece que no tuvo mamá…

Doctor: a ver. Ya le he dicho…

Furia: me ha dicho, doctor. Concentrémonos. Este país, doctor. Este país me tiene harta.

Doctor: váyase a otro. No se complique. ¿Por qué se lo tiene que complicar todo?

Furia: le juro que me iría, doctor. Pero usted sabe. El arraigo, la familia, la miel de marañón.

Doctor: concéntrese, señorita. En la vida hay dos tipos de cosas: las que se pueden cambiar y las que no.

Furia: doctor, sufro mucho. Todo va de mal en peor. ¡La clase política no tiene clase!

Doctor: báh. Déjese de joder, señorita. A su edad, ya una mujer no está para pensar tanto. El momento para militar y ser rebelde es a los veinte. Ahí, aunque usted sea una muchacha necia, despeinada y bloqueacalles, siempre va a encontrar con quien coger. Por eso se milita a los veinte. Usted está guapa, a los muchachos hasta les hace gracia que sea feminista… Los treinta son otra cosa. En los treinta usted asegura su futuro, señorita. Siente cabeza. Confórmese. Busque marido.

Furia: usted a los veinte, doctor ¿qué hacía?

Doctor: ¿cómo que qué hacía? ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Acaso aquí venimos a hablar sobre mis problemas?

Furia: tenga paz, doctor. Piense menos. Usted, claramente, sublima la sexualidad con tanta pensadera. No lo estoy juzgando: si usted siempre ha vivido con su mamá, es normal que tenga resentimientos, que le cueste hablar de ciertas cosas…

Doctor: váyase a la mierda, señorita.

Furia: ¿por qué todas nuestras conversaciones tienen que terminar así, doctor, con usted mandándome a la mierda? Piénselo bien: salga más. Piense menos. A su edad, uno no está para tanta negatividad. Para eso son los veintes…

Doctor: ¡fuera!

Furia: saludos por su casa, doctor.

Today is the day

September 6th, 2011

Siempre anduve detrás de algo: tanto aeropuerto, tanto esconderse, tanto dejar que un perro blanco se suba en una cama cubierta con sábanas negras. Lo que no supe nunca fue qué era lo que perseguía. A ratos pensé que era este chico alto, delgado, con manos de dedos largos. Pensé que era este chico y entonces lo perseguía. Le sostuve las manos por años, las manos frías. Supe al momento que no era él, tampoco, que yo estaba sosteniendo sus manos pero seguía buscando, que los aeropuertos continuaban apareciendo en sueños, como de nebulosa y miedo y fotos a blanco y negro. Tanto andar para no llegar a ninguna parte. Correr con los ojos cerrados y abrirlos en la misma casa, mirando en dirección al mismo techo y sin manos frías de dedos largos.

Anoche soñé de nuevo con la casa del árbol. Esta vez estaba llena de hippies, había ruido de tambores y caderas que se columpiaban en movimientos imposibles bajo vestidos holgadísimos. Era la misma casa con la que sueño siempre, en la que toda la gente que ya no me quiere se sienta a tomar el té en sillones cubiertos de tela de flores. Caminé de nuevo por cada uno de los salones y vi una a una las caras de todas las amigas que ahora me odian, de todos los muchachos que alguna vez me dejaron. Todas y cada una de las manos que alguna vez sujetaron las mías, sosteniendo una taza de porcelana blanca. Ni una sonrisa. Yo pasando en medio de escenas cogeladas como fotos antiguas. Buscando un aeropuerto, otro.

La misma calle me recibe cada mañana sin prisa. Ves este montón de gente? le pregunto pensativa a la sombra en la pared. Me desmotiva. En la cabeza me da vueltas una canción de los Beach Boys, pero odio a los Beach Boys. Recuerdo que sonaba en el iPod la última vez que me senté en el aeropuerto La Aurora. Desde la silla miraba despegar aviones que iban hacia cualquier parte. Yo me arrancaba a los poquitos el barniz de las uñas. Te seguí debajo de la lluvia, pensaba. Te seguí como una idiota. Me asomó una última lágrima. Después me hice la loca: seguir soñando con la misma casa, en la que cualquier día de estos apareces sosteniendo una taza de porcelana blanca, mirando hacia otra parte. Otra mano que ya no sostiene la mía, que nunca me siguió hasta el fin del mundo.

Cónica

August 22nd, 2011

Estuve, hace pocos años, en este mismo plano.

Cuando un muchacho alto de piernas largas dijo amor y quise creerle.

Luego un piano de mil cabezas y después la misma sensación

de no estar siendo atravesada por el vértice.