Óvalo de Cassini
May 10th, 2012De vez en cuando se me repite el sueño: vamos de la mano, pero usted me dice que está enamorado de otra.
De vez en cuando se me repite el sueño: vamos de la mano, pero usted me dice que está enamorado de otra.
Doctor: no puede ser.
Furia: pero es, doctor. A quince mil, ¿se acuerda?
Doctor: le diría que se largue, pero tal vez tenga algo interesante para contarme. Se le ve buena cara.
Furia: es que tengo un pastelote en el horno, doctor.
Doctor: ¿a qué se refiere, señorita?
Furia: bueno, podemos comenzar por el principio. Usted sabe, soy una mujer difícil…
Doctor: lo he aprendido de la manera dolorosa…
Furia: sea más caballeroso, doctor. Con esa actitud nunca va a conseguir esposa.
Doctor: no se meta en lo que no le importa, señorita.
Furia: no me meto, doctor. Vea: he estado pensando en algo.
Doctor: ¿por qué no me extraña?
Furia: no me interrumpa. He pensado que quiero ser mamá, doctor.
Doctor: ¡enhorabuena! Si dios así lo quiere, por ahí se le acomodan las hormonas y deja de ser una vieja loca. La histeria se cura pariendo…
Furia: doctor, ¿a su mamá se le curó la histeria pariendo?
Doctor: largo de aquí.
Furia: ¡olvídelo! Me quedo. Quiero ser mamá. Y encontré un buen prospecto de padre, ¿ve?
Doctor: la felicito, señorita. Y debo decir, de antemano, que siento pena por sus futuros hijos.
Furia: ¡lo mismo debe haber dicho, alguna vez, el analista de su mamá! Pero no se preocupe, doctor: con lo poquito que lo conozco, puedo decir que el experimento de ella no salió tan mal…
Doctor: ¡largo!
Furia: ¡que tenga un buen día, doctor!
También hay días en los que el sol no se pone: respire profundo. Usted traza un movimiento rápido con la mano. La mano, extensión del cuerpo, dibuja una línea. La línea se extiende como si su cuerpo fuera infinito. El infinito se concentra en la punta de sus dedos. Sus dedos se insinúan, infinitos, hasta la punta de otros dedos que se extienden infinitos en una línea trazada con un movimiento rápido. Así es como dos líneas se juntan. Conjeture: hay días en los que el sol no se pone.
Por encima de todo, desconfíe siempre de los artistas. Esas son palabras de mi madre. A ella, igual que a mí, los hombres sensibles nos generan suspicacia. Los artistas, como hombres sensibles, son dignos de desconfianza. ¿Qué es un artista? ¿Son sensibles todos los artistas? A mí lo que me generaba confianza eran las manos de dedos largos. Por alguna extraña razón, mientras más lo pienso, menos existe: el hombre delgado, de dedos largos, que sin ser sensible es artista y sin ser artista es sensible. Y cuyo mayor talento era el de los playlist. Yo corro. El último regalo que me dio, viéndolo bien, fue un playlist para correr. Tenía muchas canciones, pero a mí se me grabaron unas cuántas, in the evening, feeling so tired in my shirt, in the morning walking the hallways at work. Una de ellas, la más bonita -puro pop- me sacaba las lágrimas mientras corría: you got my name, you got my number, so come on, darling, let´s be lovers. A ese muchacho, para terminar de sacármelo de adentro tuve que llorarlo. Imagine una tarde de verano en el campo: hay aceras interminables a orillas de la carretera. El sol ya golpea en perpendicular contra los ojos, pero tiñe de miel todo lo que toca. Yo siento, en cada partícula del cuerpo la memoria histórica de los dedos. Los dedos largos. Now see the dying summer moon, is shining just for me and you… Imagínese llorar con partes de su cuerpo que no son los ojos. Yo corro. Voy dejando detrás un rastro de lágrimas que es casi como el mar. Sí, sí: tal vez usted piense que estoy exagerando, pero ¿cómo explicarle lo que se siente cuando -sí, así de cursi- cuando le arrancan a una el corazón, sin ninguna misericordia? Comin´ home baby now, I want to feel you hold me tight: déjeme decirle que no existe en el mundo nada peor, nada tan triste, como arrancarse la esperanza de las células. La esperanza se rehúsa. Quiere quedarse y se adhiere con fuerza contra las paredes de la boca del estómago. Desconfíe de los artistas por sobre todas las cosas: anoche soñé con peces. Los peces son resbalosos. Por lo general, para poder sostenerlos hay que acabar con ellos. Yo les daba de comer como en la canción sobresaltos de plata son mis quereres, agonía y asombro como los peces. El muchacho de dedos largos ya no existe. Lo cuento como se cuenta un accidente: cuando estaba pequeña, nos chocó por detrás un autobús. Salimos volando. Mi hermana estuvo en coma tres meses. Yo lloré. Lloré por partes del cuerpo que no son los ojos. Y ahí quedó el agua. Yo pensé, por un momento, que me había secado por dentro. They say it´s over, but baby it ain´t. Ya no tengo el playlist. Ya no tengo ese iPod. Corro todo el tiempo y a veces, solo a veces, lloro. Lo que me mata es el miedo. Y que desconfío, para siempre, de los hombres sensibles. De las manos blancas de dedos largos. De los dedos cortos. De la gente alta. De la gente baja. De la gente que parece artista. De la gente que lo es. Y sobre todo, de la gente que dice que me quiere.
Doctor: veo que no siguió mi consejo de la última vez, señorita.
Furia: ¿de qué habla, doctor?
Doctor: usted sabe, dedicarle más tiempo a aquel muchacho con el que salía en vez de venir aquí a seguir siendo una loca…
Furia: báh. No me joda tanto, doctor. A fin de cuentas, ¿quién si no yo, paga todas sus corbatas de rayas?
Doctor: déjese de cuentos, señorita. ¿Qué la aqueja esta vez? Digo, nunca ha venido usted aquí con actitud positiva, así que me parece una pregunta válida.
Furia: doctor, yo a usted lo sufro. Pero déjeme decirle una cosa: la gente me tiene harta.
Doctor: ¿por qué siempre esa necesidad de llevar la contraria, de ser “diferente”? En su caso, más que “diferente” parece una inadaptada.
Furia: cállese un rato doctor. ¿No está escuchando las estupideces que dice? Déjeme que le cuente. Esta tarde he visitado 8 tiendas en busca de unas series de lucecitas blancas.
Doctor: ¿pero cuál es su problema, señorita? ¿Acaso no se ha dado cuenta de que hace más de un mes se acabó la navidad?
Furia: otro igual de imbécil. ¿En la cabeza de quién, doctor, unas series de luces de mierda se venden en “temporada”? ¿Qué le pasa a la gente? ¿Por qué tengo que comprar las luces de mierda en diciembre, cuando todo el mundo lo hace, y para colmo aguantar que una dependienta idiota me ofrezca bolas de colores y trate de explicarme que ahora los árboles se decoran según “tendencias”?
Doctor: ¿se está escuchando? Sociópata. Ese es mi diagnóstico. Requiere usted de medicación urgente.
Furia: por favor, doctor. Por favor. No me venga a decir que le parece raro esto. Tengo una parrillada el fin de semana. Quiero, necesito, poner series de luces en el patio, decorar de forma “casual” mi casa… ¿Le parecería normal que en las librerías solo vendan cuadernos a principio de año?
Doctor: esa comparación es estúpida: cualquier persona, en cualquier momento del año, podría necesitar un cuaderno.
Furia: ¡y unas putas series de luces de mierda!
Doctor: percibo cierto enojo, señorita. Cierta frustración.
Furia: ¡la gente quiere acabar conmigo, doctor! Usted no me entiende: el cajero del banco quiere que le lleve un recibo con mi nombre para la actualización de datos. El agente crediticio quiere que me case para darme un préstamo. Y si quiero poner unas putas luces de mierda en el patio de mi casa en febrero, tengo que comprarlas en diciembre. ¿Qué clase de mundo es este?
Doctor: uno en el que usted toma clonazepán y trata de comportarse como una persona normal.
Furia: doctor, esto de la normalidad, en su caso, me parece que tiene sus raíces en una infancia reprimida y sedentaria.
Doctor: le advierto que si toca el tema de mi mamá una sola vez más, voy a recomendar su encierro.
Furia: doctor, páguese a ver. Es lo que hacemos las personas normales…
Doctor: ¡váyase al carajo, señorita!
“Nosotros” siempre nos quedó muy grande.
La ciudad me abofetea más fuerte que el viento. Miles de luces me aturden los ojos cansados. La ciudad es pequeña e infame. Me duele, hasta el fondo de la boca del estómago, un silencio que no es el mío. Es un silencio inmenso, en el que rebotan todas las cosas. Las luces me aturden los ojos. La cola de carros es interminable, absurda para una noche de semana. Desde la ventana que está al lado de la mía, una niña me mira curiosa. Entonces me doy cuenta de que he estado llorando sin parar mientras avanzo.
No es un sueño: la ciudad es pequeña e infame, y está poblada con las historias pequeñas e infames de todas las personas que la atravesamos. Arriba brillan las luces de una navidad que cada vez merma más mi paciencia. Odio estas luces que interfieren con las señales luminosas, pero igual, cada año, a finales de noviembre, aparecen como si no pasara nada, como si fuera normal transitar a ciegas por una calle superpoblada. No es un sueño: hay presa, las luces me iluminan las lágrimas en la cara y una niña me contempla con cara de idiota desde la ventana de un audi del año.
Las luces me persiguen durante todo el trayecto. Me persiguen como me persiguen las culpas. Los nopuedos. Los malos entendidos. Estallan en mi cara como los fuegos artificiales que salen disparados desde el parqueo de la Iglesia de Zapote. Odio la navidad. Odio que se me pegue el pelo en las mejillas mojadas. Odio, sobre todas las cosas, las palabras incomprendidas. Odio que todo pueda ser tan bueno y tan malo al mismo tiempo. La ciudad, pequeña e inmunda, me abraza por la espalda. Querer no es poder. Querer no es. Querer no.
Doctor: ¿en serio usted de nuevo por aquí? ¿No hay un festival de la luz, unos festejos populares de San José, algo en lo que pueda ocuparse en vez de venir a hacerme perder el tiempo?
Furia: doctor, vayamos al grano. Eso sí, bordearé el asunto de mi plata y lo que usted hace con ella, para evitarnos la fatiga.
Doctor: malamansada.
Furia: amargo.
Doctor: ¿qué quiere ahora?
Furia: es, digamos, un asunto de estilos de vida, doctor. Salgo con alguien, por si no le había comentado.
Doctor: ¡sale con alguien! ¿y qué carajos está haciendo aquí, si ya encontró a alguien más que la aguante?
Furia: néh. Usted sabe, doctor. Yo soy una mujer difícil.
Doctor: usted es una loca. Déjeme en paz. Ya tiene un hombre en sus manos: engánchelo. Pórtese bien. Disimule. Engáñelo para que se case con usted. Deje de agotar mis energías.
Furia: lo que pasa, doctor, es que tenemos estilos de vida muy diferentes. Usted me entiende. O no. En fin. A mí me gusta correr.
Doctor: corra detrás de él. No deje que se le escape.
Furia: usted no me entiende.
Doctor: usted es una mujer difícil.
Furia: noto que ese es un tema sensible, doctor. Cuénteme: cuando usted se quiso ir de la casa, su mamá corrió detrás suyo, lo enganchó, disimuladamente, lo engañó y luego un día usted abrió los ojos, habían pasado 10 años y…
Doctor: usted sabe en donde está la puerta.
Furia: usted también doctor. Lo que me extraña es que no la haya usado… Linda corbata, por cierto.
Doctor: váyase al carajo.
El muchacho me mira serio: no puedo aceptar su recibo de la luz, señora. Está a nombre de alguien más. ¿Quién me garantiza que usted vive en esa casa? Mañana me viene la regla, hoy soy un monstruo insufrible. Quiero matar a alguien, pero no a Luis, que me mira resguardado por el cristal de la ventanilla de servicio al cliente. No quiero matarlo a él, que solo se levantó para venir a trabajar hoy como lo hace todos los días. El problema del recibo trasciende el asunto de traer una copia del contrato. Todos los recibos están a nombre de la persona que vivió en esa casa hace mil años. Esa persona, que por cierto no parece tener parentesco con la actual dueña de la casa, tal vez ya no esté viva.
Yo quería actualizar los datos, pero Luis no tiene la culpa de que un imbécil se haya sentado a pensar en posibles maneras de dificultarle la vida a la gente. Ahora resulta, le digo, que ustedes me echan la culpa por no tener casa propia. El pobre Luis tendrá que escucharme durante los próximos diez minutos, mientras le cuento cómo un compañero suyo, de otra sucursal, me negó un crédito para compra de vivienda. ¿Sabés qué me dijo, Luis? Me dijo que me casara. Que me casara para que me dieran el préstamo. El apartamento divino a cinco minutos del centro se me escapó de las manos porque un imbécil agente crediticio me dijo que una mujer soltera de treinta años era una inversión de alto riesgo. A estas alturas los ojos de Luis son dos platos grandes y vidriosos. Pero no puede hacer nada, solo disculparse por las molestias y sugerirme que trate de conseguir pruebas tangibles de mi residencia.
A la mierda, Luis. Eso voy pensando camino a mi casa. Tengo un poco de ganas de llorar, pero sé que mi cuerpo es un cóctel de hormonas. Trato de no hacer mucho drama. Mi casa no es mía, pienso. Ahora más que nunca esa perspectiva me alegra más de lo que habría pensado hace un año. Hace un año lloraba todos los días. Sos muy negativa, fueron las últimas palabras que le recuerdo. Luego se fue. Todavía sigo pensando en lo que le diría si el tiempo retrocediera a esa tarde de domingo. Le preguntaría ¿y vos por qué sos tan feliz? ¿Cuáles son las razones de tu positivismo? Pero el tiempo siempre camina hacia adelante. Y de todas formas tenía razón: soy la persona más negativa del mundo. Una hubiera querido que las cosas fueran diferentes. Pero eso tiene que ver sobre todo con el color del tiempo, no con las ganas de cambiar el pasado para matar el presente. Los bancos, las colas, los horarios. Todo me molesta cada vez más. Me gustan las ganas de irme, los viajes largos en bus, los perros de la calle, mis propios perros, cómo cambia la textura del cielo al acercarse diciembre, los lugares en los que hace calor y la gente que sonríe sin razón aparente. Ya no lloro todos los días. El tiempo, por más que pase, tiene el mismo color siempre: café, o azulito.
Todos los aviones tienen en común este huequito en la alfombra del piso. Siempre me toca sentirlo con la punta del pie cuando empujo la maleta debajo del asiento de adelante. También otra cosa: en el preciso instante en que sirven las bebidas comienza una leve turbulencia orientada a empaparle los aparatos electrónicos y las revistas a la gente que lee sobre mesas plegables incómodas e inclinadas hacia abajo.
Me arranco un pelito del brazo mientras la sobrecargo informa: todos los aterrizajes han sido suspendidos porque el aeropuerto está cubierto de neblina. De nuevo, el miedo a morirme cayendo desde lo alto golpea la ventana y cuando miro hacia afuera hay rayos y tormenta. El pelito es claro. No sé por qué me lo he arrancado.
Me entristece cuando dicen que sí vamos a aterrizar en Costa Rica. Yo habría preferido ir a cualquier otra parte. Aunque también sé que si realmente tuviera ganas de irme, fácilmente habría perdido mi vuelo temerario en ATR con orquesta de truenos. Tener ganas de hacer algo no es lo mismo que hacerlo. Eso lo tengo claro desde hace muchos años.
Abro la laptop y comienzo a escribir un cuento. En él, una muchacha trata de tranquilizar a la señora sentada a su lado en el avión pequeño que reventará en pedazos cuando toque tierra. La mira a los ojos y sostiene sus manos. Nos vamos a morir, señora. ¿Cómo se llama su gato? La señora, Virginie, es de Nantes. Vino a Nicaragua para visitar a su hijo, quien se metió en Bosawás hace 4 años y se niega a regresar a casa con una terquedad inexplicable. Cada año es lo mismo: ella lo visita, le trae medicina para los parásitos, vitaminas que él le regala a algún chiquillo mocoso y panzón, y el llanto: que tu papá está enfermo, Sergei. Que nos haces falta. Que se casa tu hermana. Que soy tu madre. Pero a Sergei, de Bosawas, no lo saca nadie.
…
A Sergei lo entiendo. Hace algunos años me metí en este hueco. En las mañanas, mientras hablo sola tomando el café, me repito que estoy en donde quiero estar. Pero en el fondo sé que es un consuelo: quiero creer que estoy en donde quiero estar porque no puedo salirme. Suena el teléfono, pero no lo contesto.
…
La señora Virginie tiene dos hijos más. La chica, Chloé, se acaba de casar. Michael, el mayor, es médico. No tiene gato. Su marido se murió hace dos años: Sergei no fue al funeral. Hablamos en español pausado, mientras todo es caos alrededor nuestro. Sé que voy a morirme, y lo único que me angustia es no haber hecho nada para cambiar todo lo que pude haber cambiado. Morirme, si se quiere, vacía de perspectivas. Cuando me pregunta por mí, solo le hablo de los perros. Seis perros. Siempre quise que fueran siete, pero una vacuna anual más me dejaría en la quiebra. No, señora Virginie. Novio no tengo. Ni marido. Ella me mira con un gesto confuso: no se quiere morir pero se alegra por mí: nadie quiere vivir con seis perros, y no tener un marido que la recoja en el aeropuerto.
…
La sobrecargo tiene voz aterciopelada. Aún así, habla como la gente que ensaya discursos para pedir plata en el bus. Su cadencia es muy estudiada, no le sobran palabras, pero parece declamar endecasílabos como un niño que está aprendiendo a leer. Vamos a comenzar el descenso. Mal por mí: yo no quería volver a San José nunca más.