Apuntes sobre la restricción

June 16th, 2009

ºA mí, lo que me provoca angustia, es el deshaucio: quedarme cada vez más afuera de las cosas, poco a poco y sin enterarme, hasta que no hay nadie cerca y me doy cuenta de que si gritara pidiendo ayuda - y por más que gritara- nadie escucharía mi voz y seguiría igual de sola. En ese sueño la inmensidad del mundo me aplasta la cabeza con su gran pata hedionda.

ºA veces me ataca a patadas la certeza de  que es mejor estar adentro que estar afuera. Cuando yo tenía 15 años, las ganas de irme para siempre hacia un lugar indefinido y abierto, muy abierto, me inflaban el pecho con el mismo desconsuelo con el que ahora me enfrento a la infinitud de las calles, los parques y las plazas, las aceras desiertas. No, ahora soy una suerte de vieja loca, en introspección permanente, como vuelta alrevés. Como si cerrando los ojos lograra desaparecer el mundo entero.

Binomios

June 2nd, 2009

Junto con Itz y Jen, en un trabajo de la maravillosa Laura Pardo.

Letanías

La náusea

May 26th, 2009

Siempre tuve la certeza de que usted era un imbécil sin posibilidad de recuperación. De que iba a llamarme en la primera oportunidad, cuando su vida “cambiara para siempre”, eso sí, después de haberse cagado en la mía. Era obvio. Era lo que tenía que pasar. Digamos que nunca me abandonó la certeza, usted al teléfono, de nuevo, con esa misma voz de hace tantos años, contándome otra vez que todo ha cambiado para siempre, que ya las cosas no son como antes, y creyendo, por alguna extraña, estúpida e inexplicable razón, que yo iba a estar, aguja en mano, tejiendo, destejiendo, esperando.

Los males postmodernos II.

May 14th, 2009

Hace años, antes de la pérdida total de valores y cuando la gente no podía esconderse detrás de las tecnologías para resolver sus cuestiones de interacción, era mucho más fácil para quien pagaba demandar un buen servicio de quien proveía. La debacle de las relaciones cliente-proveedor llegó, sin duda alguna, con la brillante idea del servicio al cliente. Una señorita burra, un muchacho necio, que no entienden que una quiere hablar con el jefe.

El jefe, nada tonto, colocó ese muro entre su proveeduría de servicios y los pobres mortales que los contratamos para poder, en caso de haber dado un servicio de mierda, huir por la lateral cuando el cliente enojado llama a reclamar sus derechos de consumidor. El señor no está, reza, digamos, Karen, del otro lado de la línea. Déjeme su número y con gusto le devuelvo la llamada en cuanto le resuelva, dice Karen con apatía, y luego cuelga impasible para seguir limándose las uñas sin ningún remordimiento de conciencia.

Por supuesto que ninguna Karen devuelve la llamada. El cliente, carente de agresividad ante el mundo, tal vez comience a pensar que no vale la pena seguir gastando teléfono para estrellarse contra la voz de Karen, quien en algunos momentos de descaro total se atreverá a balbucear ¿usted llamó esta mañana? Seguro que habló con mi compañera, porque yo no estoy procesando esta queja. Por supuesto que Karen no tiene ninguna compañera que esté procesando la queja…

El objetivo central de la presencia de Karen al lado del teléfono es, digamos, deshacerse del cliente. El señor jefe lo sabe muy bien: pasa por alto la lima de uñas encima del escritorio. La lima debe estar encima del escritorio para garantizar un cumplimiento eficiente de deberes. Karen gana, pongamos, 300 mil pesos al mes. Pero eso no es nada comparado con el montón de plata que don jefe le roba a sus clientes mediante la mala praxis en la proveeduría de sus servicios. En otras palabras: el jefe se ahorra un montón de plata al mes.

Karen es insistente, nunca, por ningún motivo, puede permitir que haya contacto alguno entre el cliente y el proveedor. El señor no está, ella es la encargada de servicio al cliente, cualquier queja debe ser tramitada por la ¿oficina? de servicio al cliente, y así hasta que el cliente se harta y hace una de dos cosas: 1) se caga en Karen, que soporta estoica y recepcionistamente los gritos de frustración con la indiferencia de una puerta, o 2) cuelga impotente y la deja a ella deshaciéndose en excusas tontas que no van a solucionar el problema.En resumen: el jefe siempre tiene la razón.

Yo odio a todas las Karen que me han tocado en la vida. Soy incapaz de creer que me están mintiendo cuando dicen que me van a devolver la llamada en cinco minutitos. Y además, tengo paciencia de santa. Puedo pasar meses sosteniendo conversaciones telefónicas inútiles con Karen, porque en el fondo sé que tengo derecho de reclamar por algo que pagué y no sirvió. Ella nunca logra entender que ambas somos igual de estoicas, que esperaré diez años a que me devuelvan la plata o me resuelvan (odio cómo utilizan las Karen el plural del verbo resolver: le estamos resolviendo, estamos tratando de resolverle, pronto le resolveremos… lo dicen todo como si realmente se creyeran que ellas están siendo partícipes de la solución de algo).

En esos casos tengo que recurrir a alguna persona que, de forma correcta y maleducada le diga a Karen necesito hablar con alguien que no sea usted. Esas palabras mágicas parecen ser las únicas que funcionan, y me declaro inoperante a la hora de hacerlas salir de mi boca…

Materialismo histórico.

May 11th, 2009

Cuando tenía 20 años me gustaban las tardes lluviosas

y los hombres que nunca se iban a enamorar de mí…

En la vida,

todo es cuestión de tiempo.

Nota estúpida #1

April 30th, 2009

De todos, el peor día fue el sábado por la mañana: no había podido dormir desde el miércoles, y ese sábado atroz en que la venció el sueño por la madrugada, a su vecina se le ocurrió encender el karaoke y cantar canciones de José Alfredo, de esas que duelen solas y duelen más cuando las asesina a gritos una vecina madrugadora y karaokera.
Todos los días habían sido tristes, había logrado dormir a ratos en la madrugada, pero el miedo de despertarse y recordar que no se lo había soñado… Todos los días le costó comer: una, dos, tres cucharadas de sopa y la boca del estómago cerrada; sentarse frente al menú y pensar en algo rico que se le antojara… Ahora le dolía todo y tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para no ponerse a llorar delante de toda esa gente que sí estaba acompañada a la hora de almuerzo. Y el mozo que se acerca a ofrecer una bebida y ella preguntando si puede ordenar ahora mismo “¿va a comer sola, señora?” preguntó el estúpido y ella dijo “sí, hoy es mi cumpleaños”.
No había vuelto a sentir esa angustia absoluta que provocan los lugares inmensamente solos, como cuando el desierto de Atacama se le engrudó en los pies y no quería soltarla, y se sentó bajo un sol ardiente a llorar por horas y horas hasta que cayó la noche. “Hoy es mi cumpleaños”, pensó apurando la primera copa de vino. Luego apuró la segunda, a vista del mozo estúpido que no se atrevió a decirle que la paella para dos era muy grande cuando ella le dijo “entonces traigame una paella para dos…” José Alfredo zumbando en su cabeza junto al vino, y la paella muy grande que al final se llevó a casa para compartir con un perro de la calle. “Si alguien me viera” pensaba mientras servía en dos platos dudando un poco si al perro le haría daño comer mariscos…
Después… después a seguir llorando, y el perro feliz, con la panza llena lamiéndole las piernas.
No había vuelto a sentir esa angustia absoluta que provoca la inmensidad del mar cuando no se ve más que agua y cielo. Así se despertó a la noche, con un perro pulguiento y feliz durmiendo a sus pies, la espalda adolorida, la cabeza pesada y una mosca revolviendo entre las sobras del almuerzo.
Entonces solo tenía 25 -bueno, 26, ya era el día de su cumpleaños-
.

Apuntes de jaleo.

April 3rd, 2009

* Me emputa la gente impertinente. La que abre la boca sin que se lo pidan, hace comentarios fuera de lugar a cada dos minutos y no se detiene a pensar que al resto de la gente *tal vez* la pueda afectar esa impertinencia: me emputa que no se hagan a la idea de que ya no estamos en la escuela. Pero me emputa aún más que por condecendencia y pena, dos miserables condiciones humanas de las más tontas y menos sanas, tengamos que soportar que la gente impertinente sea parte de  nuestras vidas porque si no somos malas, brujas y feas.

* Desde hace muchos meses, sistemáticamente, escucho los ladridos de Pope que suenan con la pena de un alma que no pudo terminar con su trabajo en la tierra. Me estuve volviendo loca desde que el vecino me contó que al Pope le había dado un taxi en mi ausencia, y una gente buena lo había llevado a dormir a alguna veterinaria de los alrededores. Siempre agradecí a ese anónimo que, en la historia del vecino, había levantado el cuerpo medio muerto de Pope y había gastado su plata para ayudarle a descansar. Y no había regresado a pedir nada a cambio. Enterré al zagüate en mi cabeza, y seguí llorándolo de vez en cuando, recordando sus ojos llovidos, su pata tiesa y su ladrido idiota de perro que nunca tuvo amigos -y a todo esto, escuchando siempre su voz en las noches oscuras-. Esta semana me llevé la grata sorpresa de que no está muerto: la vecina que lo recogió para  llevarlo al veterinario, no dejó que lo durmieran y se hizo cargo de él. La próxima semana lo llevo a conocer el mar junto con Lola, que ya cumplió un año.

* Hoy hace exactamente 2 años que un pelirrojo ahí me dijo que sí quería ser meu namorado.

Estigma*

March 27th, 2009

Esta minifalda que me pongo hoy, Juan, es para sacarte los ojos. Mi histeria y yo, Juan-nunca-más, hemos decidido sacarte los ojos con esta minifalda y unas dos piernas que, según recuerdo, siempre te gustaron, tanto te gustaron. Nosotras, Juan –la minifalda y yo- haremos el recorrido interminable por el pasillo de ese bar en el que nunca estoy porque siempre estás: llegaremos naturalmente hasta la barra, pediremos un whisky y acabaremos de una vez por todas contigo. Cuando te sorprendamos mirándonos fijamente, Juan, una ola de satisfacción llenará por completo el vacío de tu ausencia. No te engañes, Juan, no es que nos importe… Cuando tú te fuiste te llevaste algo así como una canasta de pic nic con toda nuestra honestidad adentro. Te llevaste honestidad, dulzura, un poco de ignorancia sobre el camino natural de las cosas y hasta algo de estúpida fe en el mundo. Te llevaste, Juan, todo lo malo que nos enviciaba a mis piernas y a mí. Dejaste solo la malicia y la gracia, y dos piernas largas, que llegan casi hasta el cuello, y que hoy te sacarán los ojos asomando impúdicas por fuera de la minifalda. Entonces Juan, no recordarás que en tu casa hay una canasta de pic nic con mi dejadez adentro. Te odiarás porque ahora soy menos buena y más interesante, y porque la chica que dejaste hace años para buscar a otra que se pareciera más a la que ahora soy, ya no existe. Entonces valdrá la pena el frío de la calle, Juan. El whisky barato de tu bar de moda. Los botines negros apretándome los dedos. El silencio con el que me quedé mirándote partir. Y tus dos ojos negros rodando por el piso, tan inteligente tú siempre, Juan. Tan un paso adelante tú siempre, Juan. Tan mejor-que-yo, Juan. Tan tanto-para-mí, Juan. Valdrá la pena haber tenido que recuperar fuerzas para esta pasarela en la que leve, alta, delgada, cubierta apenas por una minifalda, observaré de reojo tus movimientos torpes y tu cara de perdedor eximio, que se equivocó solo una vez y para siempre.

* Publicado bajo en título Ensayo sobre la Histeria en Afinidades Electivas.

Yo mi nada*

March 10th, 2009

* El viernes me asomé por el huequito del calabozo en la Isla de San Lucas. Se me paraban un poco los pelitos de la nuca cuando medio soplaba el viento. Todo parecía morbosamente tranquilo y eso, para la gente loca como yo, no es más que el presagio de la tormenta después de la calma.

* Después de gritar y bajar defensas escuchando a Café Tacuba regresé a la casa medio muerta, con la camiseta embarrada de sudor ajeno y el cuello invadido por una alergia incomprensible que me mantuvo por varias horas en la sala de emergencias de un hospital del centro. A mí, que la sola vista de una aguja me hace caer desmayada, me dieron tanda de cuatro en un día, con vía intravenosa incluida. Dosis peligrosas de antialérgicos no lograron dominar a la bestia, que al grito de “no me moverán” se me alojó con mucha gracia en todo el pecho. La única aguja que valió la pena fue la del shot de adrenalina: eso sí que es bueno.

* Todo es un estado mental: para ser una viejita chocha de 95 años, ahorita solo me falta el olor a cofal.

* Como siempre que se va Itz, me queda una sensación de vacío irreconciliable. Desde que se sube al avión empiezo a planear mi próxima visita a la embajada para salir corriendo detrás de ella a decirle que es en serio que la quiero y la espero y me muero por ella.

* El poema de Mochis.

Hit the ground.

February 27th, 2009

Todo el mundo está en un constante ir y venir entre su lado explotable y su lado reciclable.