Yo no fui, ni por acaso, una de las chiquillas lindas de mi escuela. Era más bien patilarga y seca, y hasta me llamaban “verano” y “aplanchador” y otros nombres que bueno, que aún duelen cuando los recuerdo. Mi novio de la escuela tenía en común conmigo el nombre, la estatura y la sección: por eso éramos novios, más por el decir del resto que por decisión nuestra.
Cuando Sussy Vélez entró a la escuela, desde el primer día, desde que la vi a lo lejos, desde que le noté los pezones en flor debajo de la blusa muy apretada para ella, supe que habría un problema. Evidentemente, el problema iba a ser mío y no de ella: ella era muy bonita, regordeta, blanca. Tenía el pelo castaño y larguísimo, y una meta clara y definida: ser la primera en todo lo que no fuera sacar buenas notas. Tenía la falda más corta, la blusa más apretada, los zapatillos más altos. Era como una colegiala atrapada en el cuerpo de una chiquilla, o más bien como una colegiala atrapada en sexto de primaria. En fin, que con una semana en la escuela, ya Sussy Vélez era la perdición del Colegio Técnico que quedaba a la vuelta, ya se había robado el corazón de la 6-1 y la 6-2, y me había quitado el novio. Así como lo oyen: Sussy Vélez me robó el novio. No se fijó en Alonso Elizondo, 3 años mayor que ella y uno de los mátalas callando del CT… se fijó en mi novio, que era mi novio por default y que en la primera esquina me soltó la mano y se fue con la tetona, con la odiosa, con la bruja de Sussy Vélez.
Ese año Sussy Vélez reventó en glebas, la blusa se le hizo más pequeña, la enagua se le hizo más corta, el pelo le creció otro tanto… Ese fue el año de Sussy Vélez. Evidentemente, yo la odiaba, con el odio creciente y envidioso de las chiquitas feas. Le deseaba trenes pasándole por encima y la rondaba nerviosita y poquita cosa porque, evidentemente, Sussy Vélez sabía verse más bonita rodeándose de los patitos feos de la escuela. Ella era la de las pijamadas, la que tenía línea fija en casa, la de la piscina, la que ya se sacaba las cejas y se pintaba las uñas los fines de semana. Yo había sido feliz hasta el día en el que ella despertó mi conciencia de mocosa flaquenca y destetada, de cejas gruesas y pelo pasuso, más carajillo que mujercita, menos femenina que una lata de betún en pasta. Hasta ese momento yo había sido feliz, niñatita, pecosa y patilarga. Mi vida escolar se dividió en antes de Sussy Vélez y después de Sussy Vélez.
Por dicha nunca se me ocurrió imitarla, ni tratar de ser como ella: yo tenía claro que nunca iba a parecerme ni un poquito a Sussy. Lo tuve que afrontar a golpes: yo era la que era, y eso no iba a cambiar nunca, por más que deseara parecerme a la otra, por más que quisiera ser como ella, bailar como ella, ser extrovertida, conversadora y TAN ASÍ como ella. Tan ella-quita novios de chiquilla polla que nunca ha dado un beso y además es larga y seca, como un verano…
Sussy Vélez salió de mi vida en el 92, cuando sus padres la cambiaron de colegio y no volví a verla. En su paso por la escuela desfloró varias bocas de chiquillos mayores y menores y durmió en sendas camas a la vez en los sueños de los muchachos del colegio. Y yo seguí flaquenca, introvertida, callada, tristilla… La semana pasada, después de 16 años, me topé a Sussy Vélez. Ya había oído de ella por mi mamá, a quien se lo contó la vecina de al lado, que es como el correo del barrio: Sussy se hizo amante del dueño de las tiendas tal, y a ese hombre le parió dos hijos. El primero de los chiquitos nació antitos de que ella presentara bachillerato, entonces tuvo que esperar al año siguiente para ganar el quinto. Luego vino el otro crío y la separación y Sussy Vélez trabajando en una tienda de cosméticos en el centro del pueblito en el que alguna vez le arrancó suspiros a todos los chiquillos. La vi. Me vio. Me reconoció. Vino a saludarme con cara resignada, de muchacha de campo que piensa que todo lo que le ha pasado en la vida es designio de dios. Se me acercó sigilosamente, midiéndome la cintura, las piernas… como con la misma envidia que alguna vez le tuve yo.
Y, siendo mala, sentí como una pequeña alegría atrasada, de venganza que es un plato que se come frío, solo por un momento, una pequeña alegría sucia y básica. Lo que hablamos no viene al caso, va de cómo a los 28 no me he casado y no tengo hijos, y que trabajo en esto y lo otro y que vos sí que te has conservado en cambio yo… Sí Sussy, en cambio vos…