23

May 29th, 2013

A mí me recibió el año 80 en una casa manuda, con la Liga campeón. No se podía hablar de otro que no fuera Alajuela, equipo de los amores de mi señor padre, quien hasta el día de hoy se enferma cuando la Liga pierde. Yo había descubierto la pasión en el 86, de la mano de ese señor envenenado, apasionado y chichoso que no va al estadio para cuidarse el corazón, así que se imaginarán lo difícil que fue mi vida como herediana enclosetada en esa casa en la que se venera, hasta el día de hoy, a la santísima trinidad: Alejandro Morera Soto (el padre), Alejandro González (el cancerbero) y Vílmer López (el arquitecto).

Mi primer campeonato nacional lo celebré a escondidas, en la casa de mis padrinos y en diferido, cuando el tín le ganó a Cartago en la final del campeonato 92-93. Tenía 12 años y, como toda chiquita preadolescente, me parecía maravilloso meterle el puñal por la espalda a mi papá (sin que él se diera cuenta, obviamente) yendo con el equipo de padrino León Víctor. O sea, que comencé a ir con Heredia, de manera consciente, justo cuando Heredia decidió dejar de ganar. Desde entonces, desarrollé un talento manifiesto para la resignación, y me dediqué a ser fan silenciosa de ese equipo rojiamarillo de la que, antes de que un mall quemara el nombre, llamaban “Ciudad de las Flores”. Así me imaginaba a Heredia: una ciudad un poco más grande que el centro de Pérez Zeledón en la que todo el mundo tenía miles de flores sembradas en el patio y los parques parecían un capítulo de Ángel.

Fue hasta el año 2007 que me atreví a encarar a mi papá. Después de muchas vueltas, y como quien anuncia su orientación sexual en un almuerzo de familia católica tradicional, le dije: “papi, yo soy herediana”. No hubo silencios incómodos ni miedo a represalias posteriores. La reacción de él fue bastante predecible: “yo no sé de dónde salió usted con esa vocación de perdedora”. Las represalias se siguieron por los siglos de los siglos: en el torneo invierno de ese mismo año, en el que Saprissa se quedó con la copa, mi papá se mató de risa en mi cara. En invierno 2010, que nos ganó la Liga, mi papá se mató de risa en mi cara. En invierno 2011, que nos volvió a ganar la Liga, mi papá se mató de risa en mi cara. En verano 2012, volvimos a ganar una final después de la eternidad completa. Yo lloraba de la felicidad y pegaba brincos y gritos que me dejaron ronca. Mi papá llamó. Recuerdo su voz del otro lado de la línea, interrumpida por los latidos a mil de mi propio corazón. Yo le decía “¡ganamos, ganamos!” como una loca. Mi papá se mató de risa en mi cara. Me dijo “nos vemos en invierno”. Efectivamente, en invierno 2012, la Liga nos volvió a ganar el campeonato.

Este año ha sido un año un poco distinto. Yo saboreaba la reciente victoria metida en mi casa, porque para mí esa payasada de los torneos de verano/invierno, es puro cuento. Había fingido por meses que no existió la fatídica final de invierno 2012. Ustedes me entenderán: yo no tengo muchas glorias pasadas de las cuales vivir, como los saprissistas, que últimamente solo de eso viven… Nunca veo el inicio del campeonato nacional porque me duele ver a Pérez Zeledón pediendo gas y cagándose a la salida, como una vaca. Ignoré, pues, partidos de toda índole, comentarios hirientes de mis amigos, y cualquier conversación con mi papá que pudiera terminar en carcajada suya en cara mía. Cartago nos ganó el partido de ida. Mi papá se volvió a reír en mi cara. El corazón se me hizo un puño por unos minutos, porque en el fondo yo quería celebrar un campeonato en la casa. Ganar en el Rosabal. Celebrar en grande. Pero Cartago nos aplicó lo que la prensa dio en llamar una  ”hombrada”. Nos hicieron mierda. Acabaron con nosotros. Tenían de su lado un ejército de ángeles y querubines rosados, comandados por la sacrosanta negrita.

Por un momento, a todos se nos olvidó el muñeco. Me enfermé de la presión al mejor estilo de mi señor padre. Tuve que coger cama y no fui al estadio el sábado. ¿Cómo ir? ¿Cómo sentir la cartagada traspasarse por ósmosis al Rosabal Cordero, y sufrir la condena de pasar los próximos 72 años sin ver a Heredia campeón? Me quedé en la casa. Encendí la tele vieja de mis papás, que parece un tostador de pan y tiene perilla para pasar los canales. Me senté sin ganas a ver el partido en el que cual nos íbamos a convertir en solemnes perdedores para siempre jamás. Antitos de las 7, recibí el mensaje de Chaves: “En el Rosabal Cordero”. Lo envidié vilmente y supe, en ese preciso instante, que pasara lo que pasara, íbamos a ganar. Cartago lo dejó ver desde el minuto uno: la negrita y los querubines habían celebrado el campeonato por adelantado, toda la semana, y no fueron a entrenar. Hubo que dejarlos en banca. Nunca hubo una afición con tanto corazón como la cartaga, ni un equipo tan descorazonado como el dirigido por Javier Delgado. Era predecible: contra toda la lógica, Cartago se la aplicó a sí mismo. Contra todos los pronósticos, Heredia fue campeón.

Costa Rica hizo un silencio sepulcral el sábado. No sé si era tristeza, sorpresa o resignación. Pero fue la clase de silencio reverencial que se hace ante lo sagrado. No me malinterpreten: sé que lo sagrado no es Heredia. Lo “sagrado” de este cuento es la vocación de Cartago para no poder. Afuera de mi casa, toda Costa Rica nos odiaba y lloraba con ese llanto insufrible y típico de los ticos cuando “es que pobrecito”. “Pobrecito Chema Figueres, que no come tamal en navidad”. “Pobrecito el Padre Mainor metido en la cárcel, si él es un santo”. Pobrecito el diablo, Costa Rica: pobrecitos todos los que fueron con Cartago por lástima.

Y he ahí mi persona, sin poder creerlo, metida en la casa, una vez más. Sin estar en el Rosabal Cordero. Dos campeonatos de verano seguidos después de más de veinte años, sin saber cuándo se volverá a repetir el milagro, y yo metida en mi casa. Recitándole al pobre adriancoto los nombres que recordaba de la alineación del 87, nuestro campeonato #20: Carlos Camacho, Alexis Rojas, Roberto Carmona, Marvin Obando, Norberto Huezo, Javier Wanchope, Claudio Jara, Sivianny Rodríguez…

Ayer me enteré de que este viernes se celebra el 23 en el Rosabal Cordero. Habrá música, fotos, autógrafos, presentación del fichaje para el torneo de invierno. Mi primer campeonato del Club Sport Herediano lo celebré en diferido. También le habíamos quitado la copa de las manos a Cartago. Lo mío es llegar tarde a la fiesta. Pero esa foto con el Mambo Núñez, me la tomo aunque llueva.

Viva Heredia, malparidos.

 

 

Absolutos

May 23rd, 2013

Me gusta la gente transparente.

Conversaciones con el sicoanalista. Parte XIII

March 25th, 2013

Doctor: ay no. No, no, no.

Furia: cállese, doctor. Aquí la que paga para hablar soy yo. Y pago bastante, por cierto, sin que usted facture: así cualquiera.

Doctor: mala actitud. Pésima actitud.

Furia: no joda. Escuche. Ustedes, los hombres, son todos iguales. Lo que buscan es un oído para descargarse. Todos quieren un oído para descargarse, pero están sordos.

Doctor: anda muy preciada, señorita.

Furia: y usted muy idiota, doctor. Ahora déjeme hablar, que aquí mi tiempo vale oro, literalmente.

Doctor: de acuerdo, de acuerdo. Cuénteme, señorita, ¿qué pitos toca?

Furia: I see what you did there. De momento, ninguno. Estuve tocando un pito recientemente, doctor. Pero el muchacho salió pendejo.

Doctor: ¿ah sí? ¿Y con qué pendejada le salió?

Furia: una de las típicas, doctor. Típica de mocoso majadero. De los que prometen hasta que meten y una vez metido, olvidan lo prometido.

Doctor: se le sale el ramonense por todas partes, señorita…

Furia: ¡Silencio! Véame, doctor. Soy una mujer interesante, madura, profesional. ¿Por qué tengo que sacrificar mi inteligencia en aras de la felicidad?

Doctor: ¿a usted le parece que las mujeres tontas son felices?

Furia: ¿Y qué otra cosa podría estar pasando, doctor? Yo lo que necesito es una sicóloga. Usted es una bestia.

Doctor: la percibo premenstrual, señorita.

Furia: y yo a usted lo percibo impotente, doctor. Pero no es de eso de lo que venimos a hablar, ¿o sí? Le pongo este caso: ayer justamente iba yo por la calle, un poco acongojada porque todos los hombres son unos animales, y me topo con esta chica que fue mi compañera en el secundario. ¿Qué cree? Se casó con un médico pro-vida. Tiene tres hijos. Se aguanta todo el día la cantaleta de un zafado que reniega contra los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. ¿Y qué le parece? Se ve contenta. Se siente contenta. Se le sale la contentera por los poros. Si yo fuera así de idiota sería muy feliz.

Doctor: y no tendría que venir aquí, señorita. Siempre se lo he dicho: busque la felicidad. No la rechace, no reniegue de ella.

Furia: doctor, usted es una completa bestia. Pobrecita su mamá.

Doctor: otra vez con mi mamá. ¿Qué es lo que tiene con mi mamá?

Furia: sin duda alguna, mucho menos de lo que usted tiene con ella, doctor.

Doctor: déjeme en paz. Usted es así, una solterona amarga. Una frustrada. Una histérica que se hace la interesante. Pero en el fondo, los dos lo sabemos: ¡usted no quiere coger con nadie!

Furia: veo que se proyecta, doctor. Lo veo y entiendo que usted no toca pitos ni pitos le tocan.

Doctor: váyase al carajo, señorita.

Furia: depende, doctor. ¿En el carajo habrá hombres que una se pueda tomar en serio?

noche tibia

March 20th, 2013

Mi pasado fue

tan poco prometedor

como tu futuro.

Amigas

March 12th, 2013

Todas queríamos ser la misma persona

Para gustarnos entre nosotras.

El tiempo era una carrera en la que

competíamos por ser la más parecida a las demás

y un día, cansadas, mirando hacia atrás

descubrimos

lo diferentes que éramos por dentro

y lo iguales que nos veíamos.

En el fondo,

luchábamos por preservar

entre todas

un solo rostro, uno solo

que no se nos fuera de las manos.

Sin saberlo nos preparábamos para hacernos grandes.

Sin saberlo nos preparábamos para hacernos únicas.

 

Palabras mayores

February 25th, 2013

Sueño todas las noches que nos vamos. Estamos todos, hacemos maletas, vos del otro lado del cuarto, en medio todos los olores viejos, sin verse nadie la cara, como en la noche cuando nos besábamos a oscuras y el cielo tenía un hueco en el centro.

Lo siento. Se me duerme la lengua y me rasco por fuera, el cuello, la papada, ni siquiera es como que duele: solo incomoda. Los ojos muy abiertos, recoger las cortinas. Me fui dos veces, la segunda para siempre y aquí, en medio de la noche serena, me parece que todo se agrieta y que vos tenés lo que te merecés y yo no extraño el olor a humedad de las paredes.

El tiempo de los vencidos

February 20th, 2013

Cuando por fin la calma destierra todos los miedos, el cuerpo adopta una postura que cansa: la postura holgada de quien no está siempre alerta. Años de hombros tensos, de manos crispadas, de dientes apretados.El cuerpo duele con la ausencia de preocupaciones, con la falta de otros dolores -de corazón, pongamos-. No tener de qué preocuparse es preocupante. Se sospecha de ausencias inminentes, el cuerpo se niega a la postura reposada, se mira con desconfianza la tranquilidad del otro, las voces lentamente van poblando de nuevo la casa. Los vencidos comparten tiempos y espacios muertos. Se van pero quedan, dejan al menos un rastro. Está el olor inmundo de los amaneceres tristes, la mancha en el cristal de la esperanza, el charco de lo que nunca se dijo, las palabras que quedaron guardadas. Entonces, para vencer el silencio del sosiego, los vencidos inventan nuevos fantasmas que les hablen al oído. Ganar, perder: todo igual, todo inútil.

Mudanza

February 2nd, 2013

Lo más difícil de empacar es el corazón. A ratos se resiste, se sale de la caja, busca una hendija debajo del piso de madera y se esconde. Ya se sabe: el corazón está habituado. Hay que convencerlo como a un niño, hablarle de las bondades de los aires nuevos, recordarle que esa casa, ese cuarto, esa sala… Decirle que no es necesario hacerlo todo mal todas las veces, que las ventanas amplias son difíciles de limpiar pero dejan entrar más luz. Que el pasado acaba de ser y será para siempre. Que ser feliz es hoy y no otro día. El corazón cede: nadie lo conoce mejor que su propio dueño. Y una vez que ha superado la prueba, sin morir en el intento, es más fácil poner todo en una caja, gatos, perros, libros, platos. Galopar hacia los anhelos que estuvieron suspendidos por eternidades. Abrirse con llaves nuevas para que entren, de golpe, otros corazones desbocados. 

I felt your shape

January 12th, 2013

Nosotros es aquella historia que solo puede contarse en primera persona: las gotas cayendo sobre las cuerdas, veintitantos años a cuestas, el corazón en una bolsa de papel. No hay mucho más, solo una calle larga, que se acaba después de varios años de espera. Lo que sigue es previsible: saludarse como gente que nunca se tocó por dentro. 

Algunas veces la historia la cuenta alguien más y yo solo observo de lejos: lo que no fue no será. Whisky, alegrarse porque el dolor no fue mortal, esperar lo peor y hacerse a la idea. Durante algunos años, la idea se me hizo eterna. Cómo dos extraños nunca dejan de serlo, y solo necesitan tiempo para volver al mismo lugar en el que comenzaron. 

Nosotros es una categoría etérea, en la que cabemos usted, yo, toda la gente que estaba en el mismo salón esa misma noche. En nosotros cabe lo desconocido e irónicamente no hay cabida para su mano tomando la mía nunca más, porque tiempo es lo único que se necesita para que dos extraños nunca dejen de serlo. Sentarse a sentir formas raras, una mano entre las manos por ejemplo, es saberse perdiendo e insistir en el juego, como solo hacen los obstinados, los idiotas y los enfermos.  

Town called Malice

December 2nd, 2012

De lejos, los pájaros que te vuelan alrededor de los brazos me llaman con un silbidito apenas perceptible. Hace mucho que no escribo, que no te escribo: te imagino muy en la otra vida, aquella que teníamos juntas. Te fuiste con los pájaros volando y todo fue silencio por un rato. Me cansé de imaginarme cómo sería tu vida, esa otra vida que llevás. Nunca fui a verte porque me aterraba -me aterra- descubrir que efectivamente era mejor irse, aprovechar uno de esos viajes de trabajo para conocer a un chico, salir a beber martinis secos en otra parte, abrazarse con las manos heladas y dejar atrás todo lo que no nos gustaba, lo que sigue sin gustarnos.

Ya nunca escribo. Se me enredan las manos encima de las teclas, me duelen las yemas de los dedos después de un día entero de amasar galletas. La vida que yo quería era esta: una ciudad no muy pequeña, perros, gatos, un patio, cocinar cantando y poder usar vestido todo el año. El tren en que te fuiste lo perdí hace mucho tiempo, hoy hace frío y no puedo ni hacerme una idea de cómo tenés el pelo. De si me seguís queriendo. De si alguna vez volveremos a vernos.

Te extraño como extrañamos el mar: con ese miedo frenético al calor, el sudor y la arena mezclados sobre la piel de la frente.