Hace años, antes de la pérdida total de valores y cuando la gente no podía esconderse detrás de las tecnologías para resolver sus cuestiones de interacción, era mucho más fácil para quien pagaba demandar un buen servicio de quien proveía. La debacle de las relaciones cliente-proveedor llegó, sin duda alguna, con la brillante idea del servicio al cliente. Una señorita burra, un muchacho necio, que no entienden que una quiere hablar con el jefe.
El jefe, nada tonto, colocó ese muro entre su proveeduría de servicios y los pobres mortales que los contratamos para poder, en caso de haber dado un servicio de mierda, huir por la lateral cuando el cliente enojado llama a reclamar sus derechos de consumidor. El señor no está, reza, digamos, Karen, del otro lado de la línea. Déjeme su número y con gusto le devuelvo la llamada en cuanto le resuelva, dice Karen con apatía, y luego cuelga impasible para seguir limándose las uñas sin ningún remordimiento de conciencia.
Por supuesto que ninguna Karen devuelve la llamada. El cliente, carente de agresividad ante el mundo, tal vez comience a pensar que no vale la pena seguir gastando teléfono para estrellarse contra la voz de Karen, quien en algunos momentos de descaro total se atreverá a balbucear ¿usted llamó esta mañana? Seguro que habló con mi compañera, porque yo no estoy procesando esta queja. Por supuesto que Karen no tiene ninguna compañera que sí esté procesando la queja…
El objetivo central de la presencia de Karen al lado del teléfono es, digamos, deshacerse del cliente. El señor jefe lo sabe muy bien: pasa por alto la lima de uñas encima del escritorio. La lima debe estar encima del escritorio para garantizar un cumplimiento eficiente de deberes. Karen gana, pongamos, 300 mil pesos al mes. Pero eso no es nada comparado con el montón de plata que don jefe le roba a sus clientes mediante la mala praxis en la proveeduría de sus servicios. En otras palabras: el jefe se ahorra un montón de plata al mes.
Karen es insistente, nunca, por ningún motivo, puede permitir que haya contacto alguno entre el cliente y el proveedor. El señor no está, ella es la encargada de servicio al cliente, cualquier queja debe ser tramitada por la ¿oficina? de servicio al cliente, y así hasta que el cliente se harta y hace una de dos cosas: 1) se caga en Karen, que soporta estoica y recepcionistamente los gritos de frustración con la indiferencia de una puerta, o 2) cuelga impotente y la deja a ella deshaciéndose en excusas tontas que no van a solucionar el problema.En resumen: el jefe siempre tiene la razón.
Yo odio a todas las Karen que me han tocado en la vida. Soy incapaz de creer que me están mintiendo cuando dicen que me van a devolver la llamada en cinco minutitos. Y además, tengo paciencia de santa. Puedo pasar meses sosteniendo conversaciones telefónicas inútiles con Karen, porque en el fondo sé que tengo derecho de reclamar por algo que pagué y no sirvió. Ella nunca logra entender que ambas somos igual de estoicas, que esperaré diez años a que me devuelvan la plata o me resuelvan (odio cómo utilizan las Karen el plural del verbo resolver: le estamos resolviendo, estamos tratando de resolverle, pronto le resolveremos… lo dicen todo como si realmente se creyeran que ellas están siendo partícipes de la solución de algo).
En esos casos tengo que recurrir a alguna persona que, de forma correcta y maleducada le diga a Karen necesito hablar con alguien que no sea usted. Esas palabras mágicas parecen ser las únicas que funcionan, y me declaro inoperante a la hora de hacerlas salir de mi boca…