Archive for the ‘onirikón’ Category

El otro lado del espejo

Monday, February 22nd, 2010

Anoche volví a soñarme con vos, Popepa. La última vez no había sido tan real, yo más bien me asomaba de lejos, no te veía, no nos tocábamos… En el sueño de anoche me diste un beso. Salimos juntos de un estacionamiento en la costa, yo cargando al pequeño en brazos, tu mujer manejando el carro rojo que te compraste hace unos meses y yo nunca vi. Meses y meses de terapia, Popepa. Y nada puede hacer que tu casa no quede tan lejos, que no huela a nancite en la tarde, que no juguemos con un gato que todavía se me cruza ante los ojos de vez en cuando.

Yo prefiero los otros sueños en los que llego a oscuras y me salto el portoncito bajo de tu casa para asomarme por la ventana del patio, esos sueños en los que, contra todos mis pronósticos, parecés feliz. Prefiero esos que me dejan como una sensación de fatiga dulce, que van evolucionando con la edad del pequeño, en los que vos y yo no nos hacemos viejos, y ella nunca está. Ayer te vi, Popepa. La mancha oscura que se te fue haciendo en la sien izquierda, las bolsas debajo de los ojos, la piel cansada, el daño. No me gusta verte: cuando se me sube el corazón a la boca y sudo frío por las ganas de abrazarte, recuerdo de repente cuánto te detesto. Lo cansada que me dejaste. El alivio que sentí la última vez que hablamos, esa vez que te dije que nunca más y para siempre.

Terminarte a vos, Popepa, ha sido la decisión más dolorosa que he tomado. Ni siquiera aquella tarde a mediados de enero, allá en la casa de mamá, cuando te conté que me iba con mi novio, que te moriste un poquito conmigo, que maté un poquito a la vieja y otro tanto al viejo. Esa vez que dolió tanto… Nunca nada dolió lo que me ha dolido saber que es tu cumpleaños y ni siquiera tengo un número para llamarte, sabiendo que ni aún teniendo un número te llamaría, que no querés hablarme, que para vos soy un muerto enterrado vivo, si es que se puede, allá, en el fondo de tu armario.

No me gusta verte porque todo el dolor acumulado de repente se me espanta. Sonrío y te pregunto que cómo va todo, trato de cargar al pequeño al que nadie carga hace tiempo porque ya es muy grande. Como si no pasara nada. Porque a fin de cuentas así sería como me encontraría con vos de nuevo si alguna vez nos cruzáramos. Te daría un abrazo jugando de que no ha pasado nada. Aunque haya pasado tanto, Popepa. Aunque para verte tenga que soñármelo.

Sobre la continuidad.

Sunday, July 26th, 2009

Constantemente, Popepa, sueño que llego a su casa. Su casa -imposible- está situada en un vacío del espacio, a la altura de un barrio parecido a Gracia, que se despliega por encima  de la calle ancha, un poquito más arriba del Museo Nacional, ya casi llegando a la Librería de Abogados. Su casa, en una esquina, es grande, amarilla, de madera, como las de antes. El ancho de las rejas del portón podría dejar pasar a cualquier ladrón, pero aquí no roban: es su casa de mis sueños. Algo que me parece extraño es que siempre, cuando lo visito, ya cayó la noche. Entonces no puedo distinguir entre las hojas de los árboles para afirmar si a usted le gustan los cerezos, los limoneros o los nísperos. Siempre me ha dado la sensación de que son nísperos, porque en estos sueños me cubre una atmósfera como de terciopelo.

Hay una luz en el corredor, del lado derecho. Es cálida y se refleja sobre los muros del fondo. Siempre parece que es una noche de diciembre, Popepa: hay ruido como de papel celofán, un velocípedo nuevo que se parece al que compartíamos de niños, y unos pasos, Popepa, que tal vez son de su hijo. Sé, por algo que sospecho cuando pienso en esto, que yo nunca he llegado invitada a su casa. Sé que sueño una reja ancha para pasar sin hacer ruido, y que siempre es de noche porque así usted estará adentro cuando yo llegue. Escucho su risa, y la de él: me acerco sigilosa a las puertas de vidrio que dan al patio desde la sala de televisión: ustedes están ahí, el velocípedo afuera, olvidado. Yo me tapo la boca con las manos, me espero un momento y me voy.

Para que lo sepa, Popepa, usted es un buen recuerdo: yo sueño solo con los recuerdos buenos, con las casas que fueron, con un parque que se aparece por detrás de la niebla, una plaza que llega desde otros tiempos y se superpone sobre mi vida, que al parecer no es tan buena. Su casa no queda en donde queda, queda más cerca de la mía. Queda a la vuelta de la esquina, y en mis sueños yo espío lo que no puedo ver despierta, y escucho las sonrisas y los pasos, y eso me devuelve un poco de lo que no tengo. Para que lo sepa.

El cuento del zapato roto

Tuesday, February 3rd, 2009

El diccionario de símbolos dice que soñar con tus zapatos rotos presagia pérdida de libertad o autoridad y que sacárselos significa ruptura, separación y tristeza… Pero anoche en mi sueño yo era feliz, aunque llevaba las sandalias tan rotas  que las tuve que tirar y continué mi camino descalza entre los charcos. No me dolían los pies para nada: yo  iba tranquila caminando a tu lado, perdonándote la vez que me dejaste sola para siempre hace un millón de años. Perdonándote que eras un malparido bueno, que me habías mentido todo el tiempo y me ayudaste a hacer la maleta cuando te dije que me iba. Estábamos caminando del brazo, como amigos que nunca fuimos y en ningún momento se me ocurrió pensar que lo de las sandalias era malo o feo: al contrario, me sentía libre como nunca, y por eso decidí que ya que yo había sido mala con vos alguna vez, tenía que decírtelo todo y ser sincera con los dos, ¿te acordás del negro, vos? aquel que  me traía a la casa en un carro gris cuando salíamos tarde de la oficina?yo con ese te daba vuelta… Y vos tan callado y viendo hacia el poniente, como hacías cuando querías poner un perfil guapo, ¡siempre lo sospeché, ¿viste?! ¿lo metiste a la casa en alguna de mis giras? ¿lo hicieron en nuestra cama? Y ahí mismo, viéndote los ojos que al sol se te ponían de color caramelo, decidía mentirte una última vez y decir que no, que solo habíamos estado juntos en la casa de él… la sensación era como de quitarse unos zapatos pesados, cubiertos de barro, porque la verdad es verdad aunque a medias…

El pequeño demonio de ojos encendidos II

Monday, July 21st, 2008

Ella me dice que mejor me aleje de vos. El cuartito de piedra apesta a sahumerio y la silla me empieza a quedar incómoda como un chaleco grande y arrugado. Las cartas están regadas sobre la mesa de madera, y aunque no entiendo nada, quiero decirle que se equivoca, que evidentemente vos sos bueno, y que me querés, y que jamás me dejarías por aquella pelafustana. Pero una ataraxia extraña me paraliza la lengua y me traba las palabras en la boca. Por la ventana veo una nube de cuervos que no se acaba, que vuela haciendo espirales mientras su graznido ensordecedor me atonta hasta el miedo. La mujer tiene una suerte de poder que no comprendo, que hace aún más ridícula la situación en la que me encuentro. Como si leyera mi pensamiento, me dice que vos sí sos capaz de dejarme por aquella. Que ya lo estás haciendo. Yo tengo un nudo en la garganta. Me maldigo en silencio por haber venido, por haber querido escarbar en ese pozo de silencio que son tus ojos. Evidentemente, comienzo a pensar que el solo hecho de estar aquí desconfiando de vos hace que me merezca lo que esta mujer seria y parsimoniosa, con pose de bruja profesional, me dice. El sahumerio apesta cada vez más y mis dos billetes de 10 se posan tranquilamente sobre la mesa. Me levanto para irme, pero ella dice con voz retumbante que aún no ha terminado. Así que me siento de nuevo a esperar la estocada final en la que llego a casa y estás con aquella, acostado en nuestra cama, mientras la mujer parsimoniosa me regresa a una tarde de hace 5 años en la que me pareció estúpido meterme en tus asuntos y nada más dije “Nada, no hagas nada. Ya se me pasará, vos, tranquilo”.

Post ñoño.

Monday, May 26th, 2008

Cada vez que mayo hace su violenta aparición, empapada y triste, tiendo a acordarme hasta la muerte de vos. Siempre el mismo cielo gris sobre nuestras cabezas, largas caminatas en las que deseaba el imposible de tu mano sujetando la mía. El paraíso de tus dedos apartándome el pelo de la cara mientras el viento jugaba con mi blusa celeste. Vos, yo, la copa del cielo sobre nuestras cabezas y una lluvia majadera y lenta calándonos los huesos.
Ya no hay blusa celeste, ni campana de salida, ni caminatas por la orilla de la carretera, ni lluvia persiguiéndonos, ni manos, ni el cielo, ni nada.
Ahora mayo se cuela por las ventanas y las goteras, y me acerca tu aliento tibio a la hora de la siesta y sueño que al doblar una esquina cualquiera vos aparecés de la nada y nos emocionamos y te acercás corriendo y me das un beso. Y cuando me despierto hay como una sensación de temporal pegada en mi piel y siento la inmensa culpa de no haberte dicho nunca que me moría por vos.

Ensayo sobre la Histeria III

Wednesday, February 13th, 2008

Camino desolada por el campus de alguna universidad. Los gritos de los chicos ahogan el golpeteo de mis tacones contra las baldosas. Para la gente que veo a mi paso, hoy es un día cualquiera. Para mí, el cuarto día desde que él decidió que no quería verme más.
Una tristeza que nace como debajo del vello me cubre completamente. Él. Nosotros. No. Nada.
Es un día cualquiera de verano y los chicos toman el sol sentados en las banquetas de la plaza. Por aquí caminábamos con él, me dice la voz. Ahogo un suspiro e intento no llorar. La plaza es un mar verde.
Los chicos gritan, se llaman a voces y exhiben con total desenfado la juventud de sus cuerpos, de sus rostros y sus pieles. Yo me siento pesada, como un mueble de esos que están cubiertos de polvo en el ático de alguna casa.
De repente lo veo: sé que paso por aquí porque quiero verlo. Él se acerca y me da un beso volado en la mejilla, saluda con una fórmula de cortesía trillada y sigue de lejos. No puedo entender que pase de largo después de todo. Que se haya olvidado por completo y que nada parezca importarle mientras yo me muero de sed en el desierto. Camino tras él llorando, hasta que logro alcanzarlo. No puedo preguntar nada. No puedo decir ni una palabra.
Me mira con lástima y en silencio. Se acerca. Me abraza. Me pide perdón mirando hacia otra parte, y después… si la plaza fuera un mar verde, dejaría que el agua me cubra por completo, para sentir el placer lento del ahogo, para no mover las manos mientras las profundidades se tragan mi cuerpo. Para no escuchar cómo me dice que está enamorado de alguien más.

(des)Consolata

Tuesday, October 23rd, 2007

Sé que me tiene que cortar el cuello: ella me mira con cara de tristeza, una tristeza profunda, como ver llover en un platanar. Me inclino hacia atrás, y dejo al descubierto la piel blanca y delgada. Sé que va a dolerme un poco, pero también sé que no puede ser de otra manera: no sé qué fue lo que hice, pero tengo la sensación de que me lo merezco. No hago nada para defenderme, ningún movimiento brusco, ni un pestañeo.
Siento el filo de puñal rasgar despacio. Es más bien un calor casi agradable, un poco ácido tal vez. El calor no es del puñal en sí, sino de la sangre que empieza a correr cuello abajo. Ella me suelta la cabeza y se aleja un poco para mirar. La veo de lejos y no sé quién es. No puedo recordarla. Siento cómo toda la sangre me abandona despacio, cómo sale de mí para llenar la habitación y ahogarme en una marea roja y espesa.
Cuando termino de morir, me levanto de la cama y abandono el cuerpo inerte que yace tendido en posición vertical. Me invade un desconsuelo terrible: debo despedirme de toda la gente que quiero antes que mi yo se vuelva invisible y nunca más puedan verme o escuchar mi voz. Estoy muerta, pienso. Debería poder volar. Pero no puedo. Lo busco a él entre muchas casas, muchas calles, muchos parques: por fin lo encuentro. Pasamos nuestros últimos minutos columpiándonos lentamente en un columpio de madera. Él sostiene mis manos que poco a poco van abandonando las suyas, hasta que ya no queda nada. Luego de eso, no puedo recordar más.

Horror, -is

Tuesday, August 21st, 2007

Un, dos, tres tragos de cerveza.
La cama sigue vacía. Una gran cama vacía.
Una cucaracha camina por el piso y llega a la esquina.
El agua entra por el techo e inunda el piso.
Y yo tengo mil días de no poder acostarme a dormir sin este mal presentimiento metido en la cabeza.
Sueño que me duele el hombro, que en la escalera está una chica muerta esperándome: que puedo verle las primeras marcas de putrefacción en las mejillas verdes, y, obviamente, huele a pantano, a agua estancada, a sótano, a viejo, a húmedo y guardado.
La chica de ojos amarillos y piel verde me espera sentada en la escalera, y cuando doblo la esquina con el hombro adolorido, me ordena que te entregue. Que te entregue… Y yo no te tengo. Pienso en cómo no te tengo, cómo está vacía la camota en medio de la habitación, cómo esperé durante miles de millones de minutos a que aparecieras en la puerta para llenar el vacío de mi cama vacía.
Le digo a la chica que no tengo ni la más mínima idea… que no sé en dónde estás. Y ella se ríe a carcajadas, se levanta levitando del piso, toma en su mano una gran faca herrumbrada y me abre el pecho de un zarpazo fuerte. Y salís volando de la herida, como respirando aire fresco después de estar durante días en una prisión de cera… La chica ríe con fuerza y me corta la cabeza.
He despertado cubierta de un sudor frío esta mañana. En la esquina de la habitación está la cucaracha muerta. A mi lado en la cama solo hay una almohada. Paró de llover hace un par de horas, y hay un pequeño pozo de agua de la gotera al lado de la pared. Todo sigue igual que anoche, excepto que esta mañana me duele horriblemente el pecho, como si me hubieran golpeado con algo duro y pesado. Es un dolor frío, como de miedo.
Seguro que hoy pasaré el día entero mirando de reojo a los rincones.

siempre estás diciendo…

Thursday, August 16th, 2007

Te odio, flaco. O más bien odio la idea de vos que me he dado por años.
Anoche, cuando llamaste, sabía que era mejor no contestar el teléfono. Pero contesté.
Imaginate este cuadro, flaco: estamos en una plazoleta cuadrada y fría, que está atrapada entre los muros grises de unos edificios altos. El agua de la fuente de la plazoleta está cubierta de hielo. Estamos congelándonos el culo sentados en una banca de hierro. Me das el puñal para que me mate, mientras me contás que te vas a Beirut. Yo te pido que me ayudés, que no te vayas, que no me dejés: pero vos siempre vas a ser el mismo hijodechulo. Miras el piso mohoso y triste que está a tus pies. Mantenés el puñal en tu mano inmóvil. Repetís que te vas con ese tono tan tuyo de “mejor matáte, porque no sé qué harás sin mí…” Una vez más, flaco, me lo estás haciendo. Pero esta vez es invierno y estamos en otra parte. El frío me martilla la cabeza, y vos te levantás. Levantado sos un extraño que me mira a los ojos ofreciéndome un puñal. Caminás hasta la fuente y dejás el puñal sobre el hielo. Y después desaparecés de mi vista. Una vez más.
Cómo mierdas querés que no te odie, flaco?
Decíme si realmente pensás que te podés ir a Beirut, a Bangkok, a Milán… que te podés ir cada vez que te dé la gana y que cuando se te antoje volver te voy a estar esperando???
Y anoche, sabiendo que eras vos, te contesté el teléfono. Que te venís de Buenos Aires porque te hago falta. Que la dejaste a Laura, o como se llame, y que te venís de vuelta. Y entonces yo te he ofrecido el puñal a vos, flaco: porque me fui hace tiempo a un lugar al que no me podés seguir. Y porque no tengo ni putas ganas de verte.

"cruzando el tiempo y la oscuridad"

Thursday, August 2nd, 2007

Está lloviendo. Nos refugiamos debajo de los muebles de la sala: vos en tu cobija café y yo en mi cobija de maya-maya. Tenés dos pistolas de plástico verde escondidas en los bolsillos del pantalón. El estruendo del agua que golpea el techo de zinc no nos deja escuchar las canciones de cri-cri en la radio.
Llevo puesto el pijama de mangas rosadas. Las medias de lana blancas con celeste que me hizo mamá. Vos estás con el pantalón de la escuela y llevás el abrigo de cohetes. Estas debajo del sofá acariciando al perro que le tiene miedo a las tormentas. De fondo se escucha a mamá terminando de recoger el desorden del almuerzo en la cocina.
Me levanto un poco y me acomodo en el espacio que queda entre la carpeta de la mesa y los asientos de las sillas: ahí hace menos frío. Esta mañana te saqué las tres canicas verdes, que son como piedras de agua. Te las saqué del bolso de las canicas y me fui corriendo a la habitación, a esconderlas en el escritorio antes que te dieras cuenta.
Apenas regresaste a la casa, me has reclamado las canicas a gritos mientras yo me mató de la risa subida en la rama más alta del árbol de jocotes. Entonces has corrido a cargar las pistolas de agua y yo me he refugiado en el hueco que dejan seis troncos mal acomodados en el aserradero. Me llamas a gritos, y cuando asomo la cabeza, me descargas las pistolas en la cara. Me pongo a llorar y sale mamá a regañarte.
Corro a esocnderme en la habitación mientras le cuentas a mamá de las canicas. Ella viene a la habitación y me obliga a devolvértelas.
Después del almuerzo hemos jugado a los vaqueros, pero te has aburrido rápido porque no sé disparar y nunca acierto. Me he quedado dormida en el espacio que hay entre la carpeta de la mesa y los asientos de las sillas. Vos seguís recostado bajo el sofá acariciando al perro.
Se me mezclan los sueños: estamos en un barco, huyendo de la tempestad. Vos sos el capitán y llevás un sombrero de calaca con una flor de papel que no se moja. Llevás una espada de rey Arturo y los botines de fútbol que te dieron para el cumple. Yo estoy colgando de una percha de ropa con la cobija de maya-maya atada al cuello como una capa. No tengo espada. Las olas de ginger-ale golpean inmisericordes nuestro barco de lego. El perro corre de un lado a otro sin saber dónde esconderse… Justo cuando la víbora de la mar sale del agua con sus escamas pintadas con crayola, mamá me despierta porque me he dormido sin cepillarme los dientes.
Y me levanto corriendo porque quiero mear. Me duele la cabeza: estoy en mi piso nuevo que nunca viniste a conocer. Camino descalza porque no encuentro las sandalias. Me preparo un café muy fuerte, tomo una ducha y salgo de casa. Como todas las mañanas. Pero hoy te traigo a cuestas: hace como un siglo que me muero por saludarte en el chat. Por mandarte el video de espartaco y el sol bajo el mar que encontré en youtube. Me pesas en la cabeza, y te recuerdo como quien recuerda a un muerto. Y tengo la incomodísima sensación de estar haciendo algo malo.