noche tibia
Wednesday, March 20th, 2013Mi pasado fue
tan poco prometedor
como tu futuro.
Mi pasado fue
tan poco prometedor
como tu futuro.
Todas queríamos ser la misma persona
Para gustarnos entre nosotras.
El tiempo era una carrera en la que
competíamos por ser la más parecida a las demás
y un día, cansadas, mirando hacia atrás
descubrimos
lo diferentes que éramos por dentro
y lo iguales que nos veíamos.
En el fondo,
luchábamos por preservar
entre todas
un solo rostro, uno solo
que no se nos fuera de las manos.
Sin saberlo nos preparábamos para hacernos grandes.
Sin saberlo nos preparábamos para hacernos únicas.
Sueño todas las noches que nos vamos. Estamos todos, hacemos maletas, vos del otro lado del cuarto, en medio todos los olores viejos, sin verse nadie la cara, como en la noche cuando nos besábamos a oscuras y el cielo tenía un hueco en el centro.
Lo siento. Se me duerme la lengua y me rasco por fuera, el cuello, la papada, ni siquiera es como que duele: solo incomoda. Los ojos muy abiertos, recoger las cortinas. Me fui dos veces, la segunda para siempre y aquí, en medio de la noche serena, me parece que todo se agrieta y que vos tenés lo que te merecés y yo no extraño el olor a humedad de las paredes.
Cuando por fin la calma destierra todos los miedos, el cuerpo adopta una postura que cansa: la postura holgada de quien no está siempre alerta. Años de hombros tensos, de manos crispadas, de dientes apretados.El cuerpo duele con la ausencia de preocupaciones, con la falta de otros dolores -de corazón, pongamos-. No tener de qué preocuparse es preocupante. Se sospecha de ausencias inminentes, el cuerpo se niega a la postura reposada, se mira con desconfianza la tranquilidad del otro, las voces lentamente van poblando de nuevo la casa. Los vencidos comparten tiempos y espacios muertos. Se van pero quedan, dejan al menos un rastro. Está el olor inmundo de los amaneceres tristes, la mancha en el cristal de la esperanza, el charco de lo que nunca se dijo, las palabras que quedaron guardadas. Entonces, para vencer el silencio del sosiego, los vencidos inventan nuevos fantasmas que les hablen al oído. Ganar, perder: todo igual, todo inútil.
Lo más difícil de empacar es el corazón. A ratos se resiste, se sale de la caja, busca una hendija debajo del piso de madera y se esconde. Ya se sabe: el corazón está habituado. Hay que convencerlo como a un niño, hablarle de las bondades de los aires nuevos, recordarle que esa casa, ese cuarto, esa sala… Decirle que no es necesario hacerlo todo mal todas las veces, que las ventanas amplias son difíciles de limpiar pero dejan entrar más luz. Que el pasado acaba de ser y será para siempre. Que ser feliz es hoy y no otro día. El corazón cede: nadie lo conoce mejor que su propio dueño. Y una vez que ha superado la prueba, sin morir en el intento, es más fácil poner todo en una caja, gatos, perros, libros, platos. Galopar hacia los anhelos que estuvieron suspendidos por eternidades. Abrirse con llaves nuevas para que entren, de golpe, otros corazones desbocados.
Nosotros es aquella historia que solo puede contarse en primera persona: las gotas cayendo sobre las cuerdas, veintitantos años a cuestas, el corazón en una bolsa de papel. No hay mucho más, solo una calle larga, que se acaba después de varios años de espera. Lo que sigue es previsible: saludarse como gente que nunca se tocó por dentro.
Algunas veces la historia la cuenta alguien más y yo solo observo de lejos: lo que no fue no será. Whisky, alegrarse porque el dolor no fue mortal, esperar lo peor y hacerse a la idea. Durante algunos años, la idea se me hizo eterna. Cómo dos extraños nunca dejan de serlo, y solo necesitan tiempo para volver al mismo lugar en el que comenzaron.
Nosotros es una categoría etérea, en la que cabemos usted, yo, toda la gente que estaba en el mismo salón esa misma noche. En nosotros cabe lo desconocido e irónicamente no hay cabida para su mano tomando la mía nunca más, porque tiempo es lo único que se necesita para que dos extraños nunca dejen de serlo. Sentarse a sentir formas raras, una mano entre las manos por ejemplo, es saberse perdiendo e insistir en el juego, como solo hacen los obstinados, los idiotas y los enfermos.
De lejos, los pájaros que te vuelan alrededor de los brazos me llaman con un silbidito apenas perceptible. Hace mucho que no escribo, que no te escribo: te imagino muy en la otra vida, aquella que teníamos juntas. Te fuiste con los pájaros volando y todo fue silencio por un rato. Me cansé de imaginarme cómo sería tu vida, esa otra vida que llevás. Nunca fui a verte porque me aterraba -me aterra- descubrir que efectivamente era mejor irse, aprovechar uno de esos viajes de trabajo para conocer a un chico, salir a beber martinis secos en otra parte, abrazarse con las manos heladas y dejar atrás todo lo que no nos gustaba, lo que sigue sin gustarnos.
Ya nunca escribo. Se me enredan las manos encima de las teclas, me duelen las yemas de los dedos después de un día entero de amasar galletas. La vida que yo quería era esta: una ciudad no muy pequeña, perros, gatos, un patio, cocinar cantando y poder usar vestido todo el año. El tren en que te fuiste lo perdí hace mucho tiempo, hoy hace frío y no puedo ni hacerme una idea de cómo tenés el pelo. De si me seguís queriendo. De si alguna vez volveremos a vernos.
Te extraño como extrañamos el mar: con ese miedo frenético al calor, el sudor y la arena mezclados sobre la piel de la frente.
Nunca salí sobrando.
Yo sé que usted sabe que yo sé que le hago falta.
“Nosotros” siempre nos quedó muy grande.