Yo a la histeria la conozco de primera mano. La conozco hasta en primera persona, si se quiere. Decir amigas ya sería estar exagerando, pero al menos hemos estado en la misma habitación, a la misma hora, frente a frente, sacándonos la lengua, mirándonos de arriba a abajo, cuchicheando sobre la otra al oído de una amiga, pavonéandole al mismo chico, mintiéndole al hombre que amamos.
Nos llevamos más bien que mal casi siempre, a veces hasta pasa por casa temprano, en sábado, y me deja una caja de chocolates rellenos de frambuesa, y no se cuida de cerrar la puerta cuando se va. Una vez llegó a buscarme un chico que no debía dejar entrar a mi casa. Era guapo y tímido (de los peores) y yo había decidido ni siquiera contestarle las llamadas, hacer caso omiso de sus correos, darle la espalda en las fiestas… Ese día ella justo había venido a traerme una caja de helados de cereza -le encanta la idea de verme gorda y triste, lloriqueando frente al espejo porque no me cierra mi falda favorita. Vino, dejó el helado, me dio un pellizco en el brazo y se fue muerta de risa. Y en el preciso instante en el que yo le hacía señas para que le dijera al muchacho que yo no estaba en casa, miró hacia otra parte, haciéndose la tonta, y le dijo que obvio, que claro, que pasara, que yo estaba adentro. Yo estaba adentro, con mi caja de helados. Y lo que pasó después era previsible: primero me comí al chico, luego me comí el helado, y ella terminó saliendo con él a las dos semanas, mientras yo en casa trataba de hacerme entrar en la falta favorita y lloraba un poco borracha pensando que a esas amigas es mejor tenerlas un poquito de lejos siempre que se pueda.
Hace un par de años, por ejemplo, me presentó al hombre más inteligente del mundo, a sabiendas de que yo estaba con otro. Hacía días que me venía sospechando su siguiente movida, porque como ella es volátil siempre me envidia un poco la capacidad para las relaciones largas y estables. Me presentó a este tipo que inmediatamente se convirtió en la persona más inteligente que conozco. Nos invitó una cerveza y se fue con un fotógrafo que había conocido esa tarde en un bar y que según me dijo, le iba a hacer unos desnudos artísticos. Yo me quedé con el inteligente, abriendo mucho los ojos cada vez que él abría la boca para decir algo. Me emocioné tanto que olvidé hablarle de mi novio. Me invitó a salir de nuevo y le dije que sí sin pensarlo, y al día siguiente estaba inventando una mentira sí, otra no, para poder verlo de vez en cuando tratando de no contarle a uno que estaba emparejada y al otro que tenía un amante. Estuve así, por culpa de la histeria, como diez meses enteros, hasta que un día mi amante se quiso convertir en novio y tuve que decirle la verdad. Ella se moría de risa del otro lado de la línea, mientras yo le contaba en secreto, no le digás a nadie que me moría por estar acá y allá al mismo tiempo, y que me parecía muy injusto haberme tenido que conformar con una cosa cuando habría querido otra, y que una vez que uno ha estado allá, la certeza de no poder estar en paz acá se convierte en latencia, y… Calláte, que me volvés loca dijo la hijadeputa. Estar, evidentemente, no es tu problema más grave.
Desde entonces no la llamo, ni le contesto los mensajes, y cuando alguien me pregunta, cuento una historia de estas para hacer énfasis en por qué hablo de ella con conocimiento de causa. No hay como saber a qué atenerse.
* De la serie “anotaciones para extensión posterior“.