Archive for the ‘saudade’ Category

It´ll be like before you were gone

Thursday, August 19th, 2010

Yo trato de olvidarlo todo, Popepa: el árbol de níspero, la vez que te asusté con la araña y te golpeaste la pierna en el borde de la cama, la bicicleta que nos fuiste heredando una a una, la computadora que te compraron con el dinero de mi paseo de los quince años, que hoy es diecinueve, que tengo un sobrino, que nunca más voy a verte.

No se puede, Popepa. Todos los años, el dieciocho en la noche, me emborracho. Me quedo levantada tarde, me canso. Me acuesto bien tarde. Y siempre, Popepa, sueño que nos vemos. Te encuentro en la calle, o hablamos por teléfono, o me meto a tu casa saltando la barandita del patio y te veo, sentado.

No se me olvida nada, Popepa: trato de hacerme la tonta, y no se me olvida. Anoche, en el sueño, traté de que no fueras vos el que me llamaba. Pensé, mejor que sea Jaimito y en efecto, te cambió el tono de la voz y ahí estaba Jaimito, a quien no veo desde el año noventa y ocho, recordándome no se te olvide que mañana cumple años Popepa. Y así estamos, ¿ves? A mí me pican los dedos por llamarte, pero no lo hago. Y me gusta pensar que vos no me llamás porque te aguantás las ganas.

Common facts

Monday, November 23rd, 2009

Me repito que todo va a estar bien. Pero tengo frío. Y hace como mil años que el teléfono no suena.

Post mortem

Thursday, August 27th, 2009

Se me mezclaron las historias de la noche, en sueños pesados, sudorosos, lentos: vos, las amigas que ya no  son, el amante que se va mientras fantaseo que lo hace porque le duelo; la tristeza inútil de no haberte dicho nunca que tu chaqueta roja era casi tan linda como tus ojos de vidrio. Atravesadas, ahogando un grito, me quedan las palabras.

you are not there

Wednesday, August 19th, 2009

Imagine que estamos uno frente al otro, pero nos separa un cristal. La certeza de no poder tocar su mano aunque quiera me genera un sentimiento de ataraxia incontrolable, mezquino, triste. Sé que no puedo hacer nada al respecto, y entonces veo cómo usted se aleja sin poder llamarlo, sin decirle que lo extraño, que me duele, que quisiera, de una vez por todas, terminar con esta historia tragicómica que, por lo menos a mí, me desbarata por dentro. Imagine ese cristal que nos separa, porque es muy importante: se compone de partículas varias, de indiferencia, de puñaladas añejas, de cicatrices supurantes, de silencios culpables, de dudas y miedo. Yo, desde este lado, observo. No puedo hacer nada más. Usted, desde el otro, tal vez piensa que no me importa. Pero no es cierto.

Sueño*

Monday, May 12th, 2008

No son nada sencillos los intrincados rumbos que toma la memoria en una tarde de lluvia. La memoria se desliza entre los dedos como si fuera pura arena, puro polvo, y se asienta a los pies del sofá como una telaraña adherida a las piernas, como si el sueño del que acabas de salir no se acabara en el sueño, y te pesara en los brazos, y te hiciera caminar con torpeza. En una tarde de lluvia, después de soñar que tu belleza triunfa sobre la muerte, que tienes los ojos de Francoise Hardy, y los labios de la doncella más hermosa de alguna corte olvidada, y el paso fino y leve, y las manos de dedos largos y tacto cálido, te podrías preguntar por qué la fantasía te lleva a una tarde de enero en la que corres calle abajo a la hora de la siesta y todas las puertas están cerradas. Te preguntas por qué ese hombre te sigue con un arma en la mano riendo perversamente y jurando advertencias en las que puedes implorar piedad a los cuatro vientos pero ni un alma, ni un perro, ni un pájaro, van a asomar la cabeza entre las cortinas, o las rejas, o las ramas, para escuchar cómo pides ayuda porque ese hombre con el que vives y duermes y comes de repente ha decidido que va a matarte porque injustamente le has dicho que ya no lo quieres. Te preguntas cómo el amor puede ser tan grotesco y tan noble a los veinte años, y regresas de la tarde de enero y te encuentras con tu casa, y tu perro, y tus recuerdos nuevos, y un jardín con hortalizas frescas, y ganas de comer una ensalada, y puede que cerca de las cinco se te antoje caminar por el barrio y bajar al centro y tomar involuntariamente un autobús y encontrarte de pronto caminando calle abajo hasta una pequeña casa con una sola ventana y un parquecito al lado y pensar “aquí fui tristemente feliz”. Y también puede que inesperadamente te ataque un pánico pequeño e innombrable, y que huyas mirando hacia todas partes con miedo de que él aparezca de nuevo y te apunte con un arma y esta vez no lo traicione el temblor de su pulso y alguien tenga que venir desde tu pueblo a decir entre sollozos “sí, ella es mi hija”, o “sí, ella es mi hermana”, y mientras piensas en todo esto y caminas con ferocidad hacia la calle a esperar un autobús que te lleve a casa, súbitamente te golpea el rostro aquella otra tarde en la que le explicabas a tu hermano que te ibas de casa, y le dabas una carta para tus padres, y preparabas tu maleta para irte y no volver nunca, porque el muchacho aquel que decía quererte tanto vendría desde la ciudad hasta tu pueblo a ayudarte a recoger tus cosas y así podrías evitar las miradas inquisidoras de tu madre y ser grande de una vez por todas, y en ese momento pasa el autobús y en el camino piensas en tu amigo feo e incondicional que siempre pajareó alrededor de ustedes, que un día, cuando decidiste irte para siempre, te acompañó a casa a recoger tus cosas para que nada de lo que el otro dijera, ya fuera quédate o te amo… el amigo que esa noche se fue tras dejarte feliz y reconciliada con el muchacho adicto que a veces te golpeaba, y a veces se iba de putas, y a veces no regresaba en semanas, pero que te quería tanto y te daba tanta pena y tanto miedo… Y entonces te sorprende la ciudad, que ha cambiado tanto, y miras esa calle en la que ya no queda nada de lo que conociste al llegar, ni un café, ni una librería, y te aturde pensar que de todas las veces que te has ido esta es la que más te ha dolido regresar y entonces el recuerdo de tus pies descalzos y un vestido de flores que él te regaló, y el cabello largo y una sonrisa franca que dejaste perdida al doblar quién sabe cuál esquina hace quién sabe cuántos años, y cómo ese amor tuyo que era transparente y delicado y verdadero se convirtió en un pozo cristalino cuyo fondo está cubierto de fango y hojas podridas y algún que otro sapo o alimaña y entonces te das cuenta de que no es posible apartarse de la mente algunas telarañas y de que hay cosas que alguna vez, alguna tarde, como hoy, que llueve y tu perro juega con la alfombra, por algún truco incomprensible de la memoria, todo se tiñe de algún color cliché –sea gris, sea azul- y entonces agradeces cualquier llamada, cualquier ladrido, cualquier canción que te saque del letargo y puedas volver a decirte que todo está bien, que siempre, por más mal que estuviera todo, todo estuvo bien.

*o del miedo de leer a Virginia Woolf

"Yo sé muy bien lo que tienes, hay en tu vida un pasado…" *

Tuesday, April 8th, 2008

No me puedo salir de el paréntesis que abrimos ayer: pasada la vista terrible del volcán Turrialba que escupe y escupe nubes de azufre intenté ponerle punto final a este dolor bizarro, esta tristeza tan grande.
No te quiero. No te quise nunca. Me sudaban las manos mientras subía la escalera contando gradas 1, 2, 3, 4… 32 escalones hasta llegar al pasillo oscuro que lleva a ese salón pintado de verde piscina con el peor mal gusto y la pintura más barata. El paréntesis se abrió al lado de una impresión chafa con un cupido y una advertencia “prohibidas las escenas amorosas” que me hizo dudar entre quedarme de pie en la puerta o seguir caminando y abrazarte las manos descarnadas.
No ha habido manera de poder cerrar el paréntesis: no sé si es por vos. Ya sabes, la verdad es que no tenemos mucho en común además de aquellas historias increíbles en las que atravesabas a pie montañas interminables y heladas para llegar al otro lado de cordillera a hacerte millonario -horas que yo me pasaba boquiabierta, escuchando tu catarata de palabras nunca antes presenciada mientras tomábamos café en la cocina y yo sentía que por primera vez en la vida me ponías atención-
“Prohibidas las escenas amorosas” y yo conteniendo el chorro de lágrimas que se me vino como un bofetón. El golpe de sangre en la cara y un calor incomprensible en una sala tan fría. Yo temblando al tomarte la mano flaca, dándome cuenta de que a fin de cuentas has sido putamente importante en mi vida. De que tal vez, muy allá, en el fondo más recóndito, te quiero montones, y que me mata verte ahí tirado con la respiración entrecortada.
Hoy he venido masticando todos los resentimientos que te tengo mientras el furgón atraviesa las montañas que vos una vez recorriste a pie en sentido opuesto. El recuerdo de la mocosilla menudita que huía porque eras el gigante malo del cuento me persigue sin tregua. Me duele horriblemente la cabeza y me siento mala, buena, compasiva, terrible, vengativa, idiota, egoísta y rara. El volcán Turrialba escupe amenazas de azufre, y la mano que me sujetaste con fuerza ayer por la tarde arde como hierro fundido. Me dolés en los huesos, abuelo.

* Esa tristeza, Eduardo Mateo

Declaración de amor impertinente.

Tuesday, February 5th, 2008

Me gusta ver cómo te anudás las cintas de esos zapatos nuevos alrededor de los tobillos. También que vengas y vayas con esa naturalidad que te dan el exceso de aeropuertos y el desapego por las presencias físicas. Compartir una primera/última bolsa de doritos como en los viejos tiempos; jugar “stop” contentísimas, como si fuera la más brillante idea que se nos ha ocurrido.
Me gusta ir de tiendas con vos; hacer cosas ridículas como pagar cantidades inmorales de dinero por un corte de pelo, o entrar a una tienda de juguetes y salir con un regalo que sin mi asesoramiento habría sido exagerado o gigantesco o de verdad o de cola.
Me gusta la increíble espontaneidad con la que inventas calificativos para personas y conductas, cómo te reís de todo y me tientas a perder el rato viendo videos, tomando cerveza en el escritorio, inventando delantales de flores que se vean sexy, conspirando futuras reuniones para dominar el mundo, hablando de recetas de cocina y de métodos anticonceptivos alternando temas sin más preámbulo que un trago más de whisky.
Me gusta abrazarte, intercambiarte música y despedirme de vos como si fuéramos a vernos mañana, aunque las dos sepamos que ya te vas… Hasta me gusta extrañarte.

Canción para llorar mientras se hace de noche

Friday, January 25th, 2008

“Cuando en las noches largas
una esperanza miente,
cuando la angustia es fuerte
sufres, te mueres.

Cuando a la puerta triste
llama la tarde fría,
quiere tu noche tibia
sufres, te mueres.

Hoy te vi mirando rosas
hoy te vi
tú nunca dices qué hay en ti
y hoy te vi

Cuando caminas lento
bajo la lluvia fría
cuando las nubes pisas
sufres, te mueres.

Cuando se acaba el sueño
que te humedece el día
cuando tu cuarto miras
sufres, te mueres.

Hoy te vi mirando rosas
hoy te vi
tú nunca dices qué hay en ti
y hoy te vi”

Eduardo Mateo, “Hoy te vi”

(des)Consolata

Tuesday, October 23rd, 2007

Sé que me tiene que cortar el cuello: ella me mira con cara de tristeza, una tristeza profunda, como ver llover en un platanar. Me inclino hacia atrás, y dejo al descubierto la piel blanca y delgada. Sé que va a dolerme un poco, pero también sé que no puede ser de otra manera: no sé qué fue lo que hice, pero tengo la sensación de que me lo merezco. No hago nada para defenderme, ningún movimiento brusco, ni un pestañeo.
Siento el filo de puñal rasgar despacio. Es más bien un calor casi agradable, un poco ácido tal vez. El calor no es del puñal en sí, sino de la sangre que empieza a correr cuello abajo. Ella me suelta la cabeza y se aleja un poco para mirar. La veo de lejos y no sé quién es. No puedo recordarla. Siento cómo toda la sangre me abandona despacio, cómo sale de mí para llenar la habitación y ahogarme en una marea roja y espesa.
Cuando termino de morir, me levanto de la cama y abandono el cuerpo inerte que yace tendido en posición vertical. Me invade un desconsuelo terrible: debo despedirme de toda la gente que quiero antes que mi yo se vuelva invisible y nunca más puedan verme o escuchar mi voz. Estoy muerta, pienso. Debería poder volar. Pero no puedo. Lo busco a él entre muchas casas, muchas calles, muchos parques: por fin lo encuentro. Pasamos nuestros últimos minutos columpiándonos lentamente en un columpio de madera. Él sostiene mis manos que poco a poco van abandonando las suyas, hasta que ya no queda nada. Luego de eso, no puedo recordar más.

Mariposa

Friday, October 12th, 2007

Ya no me quejo: sé que siempre te vas a estar yendo.
Me voy a dedicar a extrañarte, y a planear la agenda nocturna de todos los días que vamos a pasar juntas la próxima vez.
Vas a estar igual de guapa, igual de geeky, igual de inteligente y pesada.
Vamos a seguir con nuestra rutina de ser profundamente superficiales comprando zapatos de mall mientras hablamos de literatura contemporánea y recitamos las tablas de multiplicar.
Vamos a sentarnos de manos dadas en algún bar de mala muerte con minifaldas, cervezas y Jack Kerouak.
Te me vas a escurrir entre los dedos, as usual: pero cuando volvás, te voy a estar esperando.