noche tibia
Wednesday, March 20th, 2013Mi pasado fue
tan poco prometedor
como tu futuro.
Mi pasado fue
tan poco prometedor
como tu futuro.
Nos miramos a los ojos y no hay mucho más qué decirse:
el tiempo, que pasa lento cuando llueve, se nos hace corto.
Se me hace tan corto el tiempo que somatizo los deseos.
Quiero. Quiero ya. Querer.
Querer no es poder. Querer es querer.
Quererse.
Querernos.
Me levanto sabiendo que, aunque nunca antes he estado aquí, ya sé lo que se siente.
Que el rumbo natural de las cosas lleva a la gente al lugar que le corresponde.
Que hay dolores que se sienten en el corazón y dolores que se sienten en todo el cuerpo y otras partes.
Que algunas lágrimas son más importantes que otras.
Que alguna gente, o la idea que tengamos de ella, se merece más nuestro llanto.
Que algunas penas no se van con los años.
Y que algunas alegrías no fueron hechas para caber dentro del cuerpo.
El año que recién acabó, escribí un texto para un experimento que está aquí:
Uno piensa, como dice Houllebecq, que hay una época de la vida en la que la gente sale y se divierte. Después esa época se acaba y aparece la imagen clara, inevitable, de la muerte. Tal vez por eso el escándalo social que representa la muerte de una persona joven, de piel tersa, jovial, que apenas empieza a vivir es mucho mayor que aquella que precede a la muerte de un viejo: los viejos hasta tienen derecho a suicidarse sin causar mayor revuelo. En ellos la muerte es natural.
Nos resignamos a la muerte sin entenderla, porque es claramente incomprensible. ¿Quién ha regresado de ella para contarnos qué hay del otro lado? Inútilmente inventamos mitos e historias estúpidas, improbables, en las que un héroe solar vence a la muerte y retorna al mundo de los vivos. Sin embargo este héroe, venerable por haber vencido lo invencible, tampoco nos cuenta qué hay del otro lado: solamente se ocupa de lo que viene, de ese momento de gloria en el que su victoria lo volverá inmortal para siempre.
Nos resignamos a la muerte ocultándonos de ella. Hacemos planes evadiéndola, o no los hacemos en función de ella. Ni siquiera sé qué va a pasar mañana dice aquel que evita el compromiso, de cualquier tipo, con otro de su especie. Pero en el fondo sabe que hay algo inevitable, que puede pasar en cualquier momento: nada nos salvará de morir.
El único camino inevitable de cada ser vivo es el camino hacia la muerte. Por ello la burguesía se ocupa de ocultarla: las carnes blandas, los cabellos canos, los senos flácidos. Todo se arregla con intervenciones, con pastillas. Todo se arregla con ejercicio, con vitaminas. Huimos estúpidamente de lo inevitable, tratando de engañarla como si a ella le importara que alguien sea joven o viejo.
Luego viene ella, sin misericordia alguna. Y la escondemos en una caja de madera. La cubrimos de flores e incienso. La recibimos como una mala noticia que algún día iba a tocar a la puerta pero lo hizo muy pronto. La ocultamos a tres metros bajo tierra, para no verla.
Perdidos, como gusanos ciegos que se remueven entre las semillas de una naranja podrida, pretendemos escondernos del único ojo que nunca dejará de vernos.
Yo trato de olvidarlo todo, Popepa: el árbol de níspero, la vez que te asusté con la araña y te golpeaste la pierna en el borde de la cama, la bicicleta que nos fuiste heredando una a una, la computadora que te compraron con el dinero de mi paseo de los quince años, que hoy es diecinueve, que tengo un sobrino, que nunca más voy a verte.
No se puede, Popepa. Todos los años, el dieciocho en la noche, me emborracho. Me quedo levantada tarde, me canso. Me acuesto bien tarde. Y siempre, Popepa, sueño que nos vemos. Te encuentro en la calle, o hablamos por teléfono, o me meto a tu casa saltando la barandita del patio y te veo, sentado.
No se me olvida nada, Popepa: trato de hacerme la tonta, y no se me olvida. Anoche, en el sueño, traté de que no fueras vos el que me llamaba. Pensé, mejor que sea Jaimito y en efecto, te cambió el tono de la voz y ahí estaba Jaimito, a quien no veo desde el año noventa y ocho, recordándome no se te olvide que mañana cumple años Popepa. Y así estamos, ¿ves? A mí me pican los dedos por llamarte, pero no lo hago. Y me gusta pensar que vos no me llamás porque te aguantás las ganas.
Mi memoria mundialista comienza un 29 de junio de 1986. En un Estadio Azteca a reventar aprendí el dolor del fútbol, sus triquiñuelas, la pasión poco entendida por quienes no son adeptos. Aprendí, de la mano de mi papá, a cagarme en la suerte, a perder la fe, a recobrarla en medio de la calle. Yo tenía seis años, estaba leyendo por primera vez los Cuentos de mi Tía Panchita, estaba enamorada hasta la locura de un compañero rubiecito al que años más tarde apodaríamos Piccinini (por Ricardo) y conocía desde el borde la cancha de la generaleña, en la que mi hermano entrenaba los fines de semana bajo la dirección de Puro, pionero de las ligas menores en Pérez Zeledón.
Ese día entendí que uno puede ir ganando 2-0 y no tener nada asegurado. Que existen los marcadores hediondos y engañosos. Que la alegría por ese golazo sencillo y lapidario de Valdano al 55´ era tan pasajera como cualquier otra alegría, solo que más efímera, y por ello más dolorosa de perder. Y que cuando los pies pican por la desesperación del empate inminente (en este caso, cortesía de Völler, al 80´) uno por lo general se levanta y se va. Mi papá, en su desesperación pasional, decidió que era hora de irnos de casa de mi abuela: perdernos el primer tiempo extra de camino y que fuera lo que dios quisiera. Bajando la cuesta, 3 minutos después, el inolvidable gol de Burruchaga hacía temblar los pilares de Barrio Sagrada Familia y nosotros entrábamos sin pedir permiso a la sala de la primera casa abierta que encontramos para celebrar en diferido el gol que le dio la victoria a América Latina.
Cuatro años después, ante una hazaña sin precedentes ni posibilidad de repetición, mi mamá reconocía frente al televisor que la irresponsable decisión rojiazul de no dar clases en día de partido (tan celebrada por los caballeros) había sido de lo más acertada. En el 90 yo tenía 10 años, estaba leyendo Anna Karénina y lloré cantando lo daremos todo a voz en cuello y en coro con unos 3 millones de personas que, estoy segura, seguimos sin recuperarnos de la historia. En un primer partido que me paró los pelos de la emoción, vi a mi ídolo de aquel año, Juan Cayasso, estamparle un gol inminente a Escocia en el 49´ y darnos la primera victoria de lo que sería la saga del nunca jamás. Después de eso, que la mil veces campeona del mundo, la todopoderosa verdeamarela nos ganara por un solo gol fue el equivalente a haberles ganado por 3. El definitivo y contundente 2-1 ante una Suecia que nos llevó ventaja por unos incómodos cuarenta y tantos minutos fue el momento en el que me terminé de enamorar del fútbol. Pasamos, con Gabelo lesionado, a unos octavos de final en los que la copa (que a los diez años es fácilmente imaginable aterrizando en el Juan Santamaría, como fácilmente imaginables son los políticos decentes) se nos fue de las manos.
La copa del 94 me la perdí entera. Se hizo en la yunai, un país en el que el fútbol era considerado un deporte de pussies, y que durante milenios ha ostentado una de las mejores selecciones femeninas del mundo. Por estar leyendo El Anticristo me perdí a Romário contra el mundo, dándole el cuarto título a la que desde 1990 es la selección de mis sueños.
Francia 98 me encontró en Brasil, anhelando un improbable pentacampeonato para el que se hubieran requerido mejores tiempos y buenos aires. Ese año, antitos del mundial, mis amigos me indicaron en un Maracaná fulleado, que guardara silencio. El Piojo López fusiló un amistoso a 6 minutos del final. Los 120 hinchas de la albiceleste salieron del estadio escoltados por la militar, antes del último pitazo. Yo seguí las instrucciones al pie de la letra, con terror a la furia de los más de 100 mil brasileños que ese día recibían la notificación del destino: una de las peores selecciones de Francia nos arrebataría la quinta copa en un partido para olvidar. Todavía me pregunto cómo será celebrar un campeonato mundial corriendo medio chinga y medio ebria por Ipanema.
Ya para Corea-Japón la vida me había acomodado un par de goles, en eso que algunos llaman hacerse adulto. No estaba viendo tele, y me ocupaba de Chomsky y Foucault. Por suerte El Fútbol a Sol y Sombra de Galeano evitó que cayera en la tentación tonta e izquierdista de afirmar que el fútbol es el nuevo opio de los pueblos. Impase con partidos de madrugada, poco aptos para el estudiantado responsable. El único partido que vi, en el que Ronaldo le estampó dos a Alemania, me hizo pocas cosquillas, y fue así como una vez más la verdeamarela me regaló un campeonato mundial cuando no se lo estaba pidiendo.
En el 2006, atiborrada de Rosa Montero y Bryce Echenique, tuve que ver la inauguración en silencio, con el tele en mute, en el sportsbook en el que trabajaba. Ahora pienso que por dicha. Ahora, cuando Costa Rica está más lejos que nunca de la copa del mundo, y tenemos que conformarnos con celebrar las victorias y derrotas ajenas como si fueran nuestras. En 2006, cuando Trézéguet le ganó a su propio equipo en lanzamientos desde el punto de penal. Una copa aburrida, con historias de guaro, putas y pichazos. Extrañando a Romário. Extrañando a Edmundo, el animal. Extrañando la época en la que no tenía un trabajo de mierda.
Desde ahí hasta ahora (y un poco antes también) hubo cambios en mi forma de ver el mundo: comencé a seguir con obstinación estúpida la Bundesliga, y a torcer con conducta irreflexiva y casi saprissista por el FC Bayern München. Por justicia poética fui con el Santos de Guápiles cuando entrando a primera le dieron una tanda a la S. He vestido con malicia y terquedad la camiseta de los guerreros del sur durante los últimos 5 años. Me emborraché sistemáticamente en Barcelona, en una pulpería gallega, cuando en 2004 el Depor estuvo a punto, a esto, de pasar a la final de la champions. Pasé esporádicamente por las canchas, en un retorno medio jalado del pelo, entre 2007 y 2009. Y llevo las cuentas en excel: así como los holandeses que sacaron a Brasil del camino hoy. Anaranjados, faltos de imaginación, con un ábaco en la mano y sin merecerlo. Esa tristeza que Burruchaga me evitó un 29 de junio en 1986 hoy regresó más punzante, en una copa del mundo improbable, cuyos favoritos, encabezados por Italia, se cagaron en mi quinela.
En el 98 estuve una tarde sentada en la casa del ministro de deportes brasileño tomando un té y contándole cómo mi papá era tan fiebre del Santos y tan fiebre de Gardel que sus amores esquizofrénicos con ambos emisarios de dios en la tierra (cuando uno adora a Pelé, no hay d10s que valga) lo hacían vestirme con medias blanco-negro de rayas y acostarme en el sofá al lado de un disco de Carlitos para tomarme fotos. Ahí siguen las fotos. Hoy que me acuerdo de estas cosas, pienso que, cuando se trata de Brasil, siempre estoy en el momento equivocado. Porque cuando la pido, me la niegan. Vuelvo al 86, pero ya con treinta. Mañana se miden Argentina y Alemania, dos equipos que me importan un pepino en este momento: el próximo campeón del mundo y la albiceleste. Y no me va a saber rico que pierda Argentina. No me voy a morir de risa: cuando tenía seis años, un equipo en el que jugaba Maradona, de la mano de mi papá, me enseñó a querer el fútbol. Nada me gustaría más que ver a Palermo hacer otro golito, su último en mundiales.
Y en la cabeza, la cantaleta del equipo de los minimoscos de la generaleña unos ganamos, otros perdimos, pero todos nos divertimos.
Hoy la vi por primera vez: la otra, la que no está metida en estas cinco calles que rodean el hotel desde el que se ve hacia un lugar que no es ni mejor ni peor. Todavía tiene montoncitos de ceniza apuñados en las orillas de la calle. Yo una vez soñé que me atrapaba la erupción de un volcán. Y ahora que lo pienso, bien pudo haber sido aquí.
Tiene algunas cosas que no se ven allá en donde vivo: centros comerciales repletos de niños bien, a quienes sus guardaespaldas esperan en los parqueos, conversando y fumando entre ellos, recostados a las monteros y los audis. Esperan y esperan, mientras los futuros próceres de este país cenan, beben y se imaginan en otra parte que queda bien lejos, a varias horas en avión.
La mayoría de la gente levanta la cabeza para mirarme a los ojos. Las señoras visten ropas coloridas y cargan chiquitos dentro de mantas tejidas: sí, cerquita, cerquita del pecho. La mayoría lleva sandalias divinas que admiro en silencio. En silencio también me pregunto cómo es que en un país en el que el 80% de la gente es indígena hay algunos que se atreven a decir que el problema de Guatemala son los indios…
Mañana me voy a Atitlán, a buscar una paz que no se me ha perdido. Desde la última vez, cuando probé el chile cobanero encima de unas cebollitas asadas, supe que seguiría viniendo aquí. Hasta que el volcán, o las minas, o la mala administración pública, o los huracanes, o los huecos gigantescos en la calle acaben con todo.
Hoy, en el taxi al aeropuerto, escuché un disco entero de Arjona. Me lo recetó el taxista, a quien por bocona le conté hacia dónde iba: qué bonito, joven, le voy a poner a Ricardo, para que se vaya ambientando. No me quiso poner el partido de Chile, y se hizo el que no escuchaba cuando le dije que dejara así, que el partido o nada. Un disco de Arjona es largo como un domingo sin plata. Como sería un partido Suiza-Francia en esta copa del mundo. Eso sí, nunca había escuchado uno entero, siempre me han tocado los singles en la radio del bus, en la boca de las muchachas de las tiendas, en la sala de espera de la ginecóloga. A propósito, ¿quién putas permite que la música de ese bestia se escuche en la sala de espera de una ginecóloga? Un disco entero de Arjona es eso: una tortura interminable, un charco de lugares comunes en el que una se embarriala las patas. Una real mierda, que puede ser aviso del destino para un mal día. Por dicha ganó Chile, y España ganó como si hubiera perdido.
Por la ventana de un hotel random en el que lo más random es la ensalada del almuerzo, observo todo lo que me estoy perdiendo. Hace unas horas se escucharon tiros: un intento de secuestro, según dijeron en recepción. A lo lejos todo es verde. De momento solo me preocupan los partidos que no voy a ver, y las ganas de estar en otra parte que me entran cada vez que pongo los pies en un aeropuerto. Y desde ayer por la tarde presiento la falta de unos labios cerca del cuello.
Estar así, Lorenzo, del otro lado del teléfono, sin esperar a que vos llamés, es una feliz ironía que se acaba cuando pum-pas! te apareces llamando a gritos, después de más de tres años, como si fuera posible que quisiera yo salir corriendo, que no se me ha olvidado el camino al aeropuerto, que las medias largas me quedaban tan lindas que me trajiste otras la última vez y yo… Dicen que a veces soy muy subordinada -para escribir- y me digo, qué importa, si total una no es más que lo que piensa, y cómo lo piensa y al final de cuentas en efecto, soy: anoche, cuando soñé de vuelta que vos eras el que estaba al otro lado de la cama, con ese calor fresquito que nunca me hizo sudar ni querer quitarme las cobijas a patadas. Vos que siempre quisiste dormir solo conmigo, qué haces si te digo que ahora tengo dos perras, que cada vez somos más perras en mi cama, que apenas cabemos las tres, que vos ya no cabés… aún así el aeropuerto sigue en donde lo dejamos, y vos del otro lado de la línea esta mañana, y yo de este lado de la línea aquella noche, nada más importa, si alguna vez importó.
En dos platos, la irrupción de lo prosaico es cosa de unos cuántos tecleos sentimentales, a veces ebrios, un poco chafa, medio marica… la irrupción de lo prosaico es cosa de pensar que, por alguna razón inexplicable, hay gente para la que uno fue igual de importante, que te recuerda cuando se pasa de tragos, que se pregunta por lo menos 3 veces al año qué estarás haciendo… y que se sueña con vos.
Está el excompañero de la escuela, aquel al que una amó con locura de los 8 a los 12 años y quien desapareció entre las brumas de una perdida gradual de la memoria. Yo no me culpo, pero muero de la envidia: hay gente que tiene un pasado impresionante sobre el cual escribir. O un pasado cualquiera, que por pasado me parece impresionante (a mí que tengo 5 recuerdos vívidos de mi niñez que ya exprimí de la forma más vil en toda clase de cuentos hiperbólicos y revisitas metafóricas). El compañero de la escuela, al que una dejó de ver a los 13 años. El compañero que vivía justo del otro lado de la calle, en un barrio medio escondido. Que se casó con otra. Que nunca supo. Que no te ha visto nunca de grandes. Que debe tener aproximadamente 22 años de no acordarse de vos.
Topárselo en facebook. Cagarse del susto. Verlo más guapo, justo como una pensaba que iba a estar después de tantos años. Estalkearlo lo más posible antes de caer en la estúpida tentanción de enviarle la solicitud de amigos. Morirse de la pena mientras le envía la solicitud de amigos. Desconectarse el resto de la noche en ofrenda masoquista al pasado. Conectarse a la mañana siguiente con la ansiedad golpeteando todos los rincones del rostro: eso, ponerse roja como una chupachups, abrir la computadora, escoger entre el correo y el facebook, hacerlo todo despacio… En efecto, el agua limpia que lava los cristales esos de los recuerdos viejos y empolvados. Y sí, sí se acuerda, sí aceptó la invitación, y hasta te escribió en el muro… el corazón se sale por la boca, golpea las sienes. Las manos sudan. Y ahí está él, adicto a farmville pidiéndote clavos para construirle un nuevo corral a su ganado. Justo como en la escuela, que a veces se te acercaba por detrás y cuando ya te ibas a poner a llorar por la congoja de ese amor punzante y raro, de los que solo se sienten a los 9 años, el hijodesumadre te pedía prestada la tarea de matemáticas.
Así, porque todo lo malo perdura, la desazón de los primeros aleteos amorosos te sume en una breve depresión post vida. Patadas por el culo al imbécil que dijo que todo tiempo pasado fue mejor.
Anoche volví a soñarme con vos, Popepa. La última vez no había sido tan real, yo más bien me asomaba de lejos, no te veía, no nos tocábamos… En el sueño de anoche me diste un beso. Salimos juntos de un estacionamiento en la costa, yo cargando al pequeño en brazos, tu mujer manejando el carro rojo que te compraste hace unos meses y yo nunca vi. Meses y meses de terapia, Popepa. Y nada puede hacer que tu casa no quede tan lejos, que no huela a nancite en la tarde, que no juguemos con un gato que todavía se me cruza ante los ojos de vez en cuando.
Yo prefiero los otros sueños en los que llego a oscuras y me salto el portoncito bajo de tu casa para asomarme por la ventana del patio, esos sueños en los que, contra todos mis pronósticos, parecés feliz. Prefiero esos que me dejan como una sensación de fatiga dulce, que van evolucionando con la edad del pequeño, en los que vos y yo no nos hacemos viejos, y ella nunca está. Ayer te vi, Popepa. La mancha oscura que se te fue haciendo en la sien izquierda, las bolsas debajo de los ojos, la piel cansada, el daño. No me gusta verte: cuando se me sube el corazón a la boca y sudo frío por las ganas de abrazarte, recuerdo de repente cuánto te detesto. Lo cansada que me dejaste. El alivio que sentí la última vez que hablamos, esa vez que te dije que nunca más y para siempre.
Terminarte a vos, Popepa, ha sido la decisión más dolorosa que he tomado. Ni siquiera aquella tarde a mediados de enero, allá en la casa de mamá, cuando te conté que me iba con mi novio, que te moriste un poquito conmigo, que maté un poquito a la vieja y otro tanto al viejo. Esa vez que dolió tanto… Nunca nada dolió lo que me ha dolido saber que es tu cumpleaños y ni siquiera tengo un número para llamarte, sabiendo que ni aún teniendo un número te llamaría, que no querés hablarme, que para vos soy un muerto enterrado vivo, si es que se puede, allá, en el fondo de tu armario.
No me gusta verte porque todo el dolor acumulado de repente se me espanta. Sonrío y te pregunto que cómo va todo, trato de cargar al pequeño al que nadie carga hace tiempo porque ya es muy grande. Como si no pasara nada. Porque a fin de cuentas así sería como me encontraría con vos de nuevo si alguna vez nos cruzáramos. Te daría un abrazo jugando de que no ha pasado nada. Aunque haya pasado tanto, Popepa. Aunque para verte tenga que soñármelo.