Archive for the ‘intercambio de conocimientos’ Category

It´ll be like before you were gone

Thursday, August 19th, 2010

Yo trato de olvidarlo todo, Popepa: el árbol de níspero, la vez que te asusté con la araña y te golpeaste la pierna en el borde de la cama, la bicicleta que nos fuiste heredando una a una, la computadora que te compraron con el dinero de mi paseo de los quince años, que hoy es diecinueve, que tengo un sobrino, que nunca más voy a verte.

No se puede, Popepa. Todos los años, el dieciocho en la noche, me emborracho. Me quedo levantada tarde, me canso. Me acuesto bien tarde. Y siempre, Popepa, sueño que nos vemos. Te encuentro en la calle, o hablamos por teléfono, o me meto a tu casa saltando la barandita del patio y te veo, sentado.

No se me olvida nada, Popepa: trato de hacerme la tonta, y no se me olvida. Anoche, en el sueño, traté de que no fueras vos el que me llamaba. Pensé, mejor que sea Jaimito y en efecto, te cambió el tono de la voz y ahí estaba Jaimito, a quien no veo desde el año noventa y ocho, recordándome no se te olvide que mañana cumple años Popepa. Y así estamos, ¿ves? A mí me pican los dedos por llamarte, pero no lo hago. Y me gusta pensar que vos no me llamás porque te aguantás las ganas.

La curvatura del espacio-tiempo.

Friday, August 13th, 2010

Una función de onda es una forma de representar el estado físico de  un sistema de partículas. Por lo general es una función compleja de cuadro integrable. Sí, Lore, como cuando me pasabas la mano por la espalda. El momento de un sistema de partículas, el estado físico del intervalo comprendido entre dos medidas, la mano, la espalda, los vellos microscópicos que se levantaban imperceptibles pero con alta probabilidad de presencia, la onda física que se propagaba  en el espacio.

La hipótesis de De Broglie sugiere que a cualquier partícula puede asignársele un paquete de ondas materiales o superposición de ondas de frecuencia y longitud de onda asociada con el momento lineal y la energía y entonces el espacio y el tiempo se quedaban fijos y el ojo izquierdo procesaba antes que el derecho, el orden de las cosas en desorden y la piel irguiéndose casi imperceptiblemente bajo las yemas de tus dedos, la amplitud de probabilidad de presencia de la materia y después nada, eso que queda en el espacio cuando levantás la mano.

Una ecuación de movimiento es una ecuación diferencial que caracteriza cómo es la evolución temporal de un espacio físico. Relaciona la derivada temporal de una o varias variables que caracterizan el estado físico del sistema con otras magnitudes físicas que pueden provocarle un cambio, levantarse despacio, girar el cuerpo en 180 grados. Vos nunca entendiste, Lore, la magnitud de campos. Nunca entendiste lo lejos que estábamos de una línea geodésica. Nunca entendiste el vector que atravesaba los silencios de meses, el miedo al teléfono, el avión en el que no llegabas, la mierda que fue descubrir hacia dónde se desplazaban las partículas, en dónde estaban tus pedazos, el tiempo relativo: mirar por la ventana y solo cielo, saber que afuera todo se movía a la velocidad del sonido, mientras adentro yo ansiaba el milagro de la teletransportación, un par de copas más para adormecer los nervios en las puntas de  los dedos y hasta ahí: siempre las mismas once horas y el choque de nuestro tiempo estimado de llegada.

Armónicos esféricos

Friday, July 16th, 2010

Managua me recibió lloviendo con odio jarocho sobre mi espalda. Nunca había visto llover en Nicaragua. A veces vengo y todo se ve árido, cubierto por una fina capa de desencanto, como tiene que verse todo lugar en el que la ira del sol arremete contra el lomo de la gente, de las casas, de los perros. Otras veces vengo y como por encanto hay un verdor de jocote tierno. Pero ese tránsito entre el polvo y la hierba, propiciado por el agua, nunca lo había visto. Siempre me pregunté cómo sería ver llover en Nicaragua. Y hoy lo sufrí en carne propia.

Horas antes, en casa, sonó el despertador. Me habría costado mucho menos levantarme si no hubiera estado soñando que Iker Casillas era mi novio. No quería levantarme de por sí, y con ese aliciente la situación fue siete veces más penosa. El portero del madrí se paseaba por mi casa con una barba de tres días, el pelo descuidado, una camiseta blanca pegada al pecho y las piernas desnudas. Cuando sonó el despertador, me estaba diciendo algo que no escuché. Tengo certeza absoluta de que me pedía matrimonio, pero no pude quedarme a disfrutarlo porque entre el aeropuerto y yo, desde hace un año, se interpone una platina de mierda que me obliga a salir media hora antes de casa.

Mañana me regreso. Miro con creciente preocupación cómo cada vez que me voy, cada lugar que visito me parece un sitio más amigable para vivir. Es obvio que cuando una va de pasada todo se ve más lindo y que una sabe que el sol alumbra para todo el mundo, y que el problema no es irse o quedarse, es tener que cargar con una misma a cuestas vaya adonde vaya.

La pasión

Friday, July 2nd, 2010

Mi memoria mundialista comienza un 29 de junio de 1986. En un Estadio Azteca a reventar aprendí el dolor del fútbol, sus triquiñuelas, la pasión poco entendida por quienes no son adeptos. Aprendí, de la mano de mi papá, a cagarme en la suerte, a perder la fe, a recobrarla en medio de la calle. Yo tenía seis años, estaba leyendo por primera vez los Cuentos de mi Tía Panchita, estaba enamorada hasta la locura de un compañero rubiecito al que años más tarde apodaríamos Piccinini (por Ricardo) y conocía desde el borde la cancha de la generaleña, en la que mi hermano entrenaba los fines de semana bajo la dirección de Puro, pionero de las ligas menores en Pérez Zeledón.

Ese día entendí que uno puede ir ganando 2-0 y no tener nada asegurado. Que existen los marcadores hediondos y engañosos. Que la alegría por ese golazo sencillo y lapidario de Valdano al 55´ era tan pasajera como cualquier otra alegría, solo que más efímera, y por ello más dolorosa de perder. Y que cuando los pies pican por la desesperación del empate inminente (en este caso, cortesía de Völler, al 80´) uno por lo general se levanta y se va. Mi papá, en su desesperación pasional, decidió que era hora de irnos de casa de mi abuela: perdernos el primer tiempo extra de camino y que fuera lo que dios quisiera. Bajando la cuesta, 3 minutos después, el inolvidable gol de Burruchaga hacía temblar los pilares de Barrio Sagrada Familia y nosotros entrábamos sin pedir permiso a la sala de la primera casa abierta que encontramos para celebrar en diferido el gol que le dio la victoria a América Latina.

Cuatro años después, ante una hazaña sin precedentes ni posibilidad de repetición, mi mamá reconocía frente al televisor que la irresponsable decisión rojiazul de no dar clases en día de partido (tan celebrada por los caballeros) había sido de lo más acertada. En el 90 yo tenía 10 años, estaba leyendo Anna Karénina y lloré cantando lo daremos todo a voz en cuello y en coro con unos 3 millones de personas que, estoy segura, seguimos sin recuperarnos de la historia. En un primer partido que me paró los pelos de la emoción, vi a mi ídolo de aquel año, Juan Cayasso, estamparle un gol inminente a Escocia en el 49´ y darnos la primera victoria de lo que sería la saga del nunca jamás. Después de eso, que la mil veces campeona del mundo, la todopoderosa verdeamarela nos ganara por un solo gol fue el equivalente a haberles ganado por 3. El definitivo y contundente 2-1 ante una Suecia que nos llevó ventaja por unos incómodos cuarenta y tantos minutos fue el momento en el que me terminé de enamorar del fútbol. Pasamos, con Gabelo lesionado, a unos octavos de final en los que la copa (que a los diez años es fácilmente imaginable aterrizando en el Juan Santamaría, como fácilmente imaginables son los políticos decentes) se nos fue de las manos.

La copa del 94 me la perdí entera. Se hizo en la yunai, un país en el que el fútbol era considerado un deporte de pussies, y que durante milenios ha ostentado una de las mejores selecciones femeninas del mundo. Por estar leyendo El Anticristo me perdí a Romário contra el mundo, dándole el cuarto título a la que desde 1990 es la selección de mis sueños.

Francia 98 me encontró en Brasil, anhelando un improbable pentacampeonato para el que se hubieran requerido mejores tiempos y buenos aires. Ese año, antitos del mundial, mis amigos me indicaron en un Maracaná fulleado, que guardara silencio. El Piojo López fusiló un amistoso a 6 minutos del final. Los 120 hinchas de la albiceleste salieron del estadio escoltados por la militar, antes del último pitazo. Yo seguí las instrucciones al pie de la letra, con terror a la furia de los más de 100 mil brasileños que ese día recibían la notificación del destino: una de las peores selecciones de Francia nos arrebataría la quinta copa en un partido para olvidar. Todavía me pregunto cómo será celebrar un campeonato mundial corriendo medio chinga y medio ebria por Ipanema.

Ya para  Corea-Japón la vida me había acomodado un par de goles,  en eso que algunos llaman hacerse adulto. No estaba viendo tele, y me ocupaba de Chomsky y Foucault. Por suerte El Fútbol a Sol y Sombra de Galeano evitó que cayera en la tentación tonta e izquierdista de afirmar que el fútbol es el nuevo opio de los pueblos. Impase con partidos de madrugada, poco aptos para el estudiantado responsable. El único partido que vi, en el que Ronaldo le estampó dos a Alemania, me hizo pocas cosquillas, y fue así como una vez más la verdeamarela me regaló un campeonato mundial cuando no se lo estaba pidiendo.

En el 2006, atiborrada de Rosa Montero y Bryce Echenique, tuve que ver la inauguración en silencio, con el tele en mute, en el sportsbook en el que trabajaba. Ahora pienso que por dicha. Ahora, cuando Costa Rica está más lejos que nunca de la copa del mundo, y tenemos que conformarnos con celebrar las victorias y derrotas ajenas como si fueran nuestras. En 2006, cuando Trézéguet le ganó a su propio equipo en lanzamientos desde el punto de penal. Una copa aburrida, con historias de guaro, putas y pichazos. Extrañando a Romário. Extrañando a Edmundo, el animal. Extrañando la época en la que no tenía un trabajo de mierda.

Desde ahí hasta ahora (y un poco antes también) hubo cambios en mi forma de ver el mundo: comencé a seguir con obstinación estúpida la Bundesliga, y a torcer con conducta irreflexiva y casi saprissista por el FC Bayern München. Por justicia poética fui con el Santos de Guápiles cuando entrando a primera le dieron una tanda a la S. He vestido con malicia y terquedad la camiseta de los guerreros del sur durante los  últimos 5 años. Me emborraché sistemáticamente en Barcelona, en una pulpería gallega, cuando en 2004 el Depor estuvo a punto, a esto, de pasar a la final de la champions. Pasé esporádicamente por las canchas, en un retorno medio jalado del pelo, entre 2007 y 2009. Y llevo las cuentas en excel: así como los holandeses que sacaron a Brasil del camino hoy. Anaranjados, faltos de imaginación, con un ábaco en la mano y sin merecerlo. Esa tristeza que Burruchaga me evitó un 29 de junio en 1986 hoy regresó más punzante, en una copa del mundo improbable, cuyos favoritos, encabezados por Italia, se cagaron en mi quinela.

En el 98 estuve una tarde sentada en la casa del ministro de deportes brasileño tomando un té y contándole cómo mi papá era tan fiebre del Santos y tan fiebre de Gardel que sus amores esquizofrénicos con ambos emisarios de dios en la tierra (cuando uno adora a Pelé, no hay d10s que valga) lo hacían vestirme con medias blanco-negro de rayas y acostarme en el sofá al lado de un disco de Carlitos para tomarme fotos. Ahí siguen las fotos. Hoy que me acuerdo de estas cosas, pienso que, cuando se trata de Brasil, siempre estoy en el momento equivocado. Porque cuando la pido, me la niegan. Vuelvo al 86, pero ya con treinta. Mañana se miden Argentina y Alemania, dos equipos que me importan un pepino en este momento: el próximo campeón del mundo y la albiceleste. Y no me va a saber rico que pierda Argentina. No me voy a morir de risa: cuando tenía seis años, un equipo en el que jugaba Maradona, de la mano de mi papá, me enseñó a querer el fútbol. Nada me gustaría más que ver a Palermo hacer otro golito, su último en mundiales.

Y en la cabeza, la cantaleta del equipo de los minimoscos de la generaleña unos ganamos, otros perdimos, pero todos nos divertimos.

Conversaciones con un sicoanalista. Parte IV

Thursday, June 3rd, 2010

Furia: Lo que pasa, doctor, es sencillo: desde que cumplí treinta como que me enfermo más. Como que los muchachos me ven menos las piernas…

Doctor: Pura crisis, señorita. Espérese a los treinta y uno. Consígase un par de amantes. Usted puede.

Furia: ¿En dónde voy a conseguir un par de amantes doctor? No sea ridículo. Además, no todas las inseguridades se curan cogiendo. Usted, evidentemente, no ha salido de la etapa banal.

Doctor: Señorita… Señorita: ¿de cuándo acá? ¿De cuándo acá, digamos, se volvió usted frígida?

Furia: No lo sé, doctor. Pero el momento exacto en el que usted se volvió estúpido sí lo ubico… estábamos aquí sentados y su corbata era fea como una foto de Bob Esponja. Me dijo que se la había regalado su ma…

Doctor: ¡Suficiente!

Furia: Doctor, termine con su mamá. Esas relaciones tan complicadas no le dejan nada, y afectan su trabajo…

Doctor: No se me desvíe del tema. Aquí vinimos a hablar de usted, su crisis de los treinta, cómo se le han quitado gradualmente las ganas de coger, lo fea que se siente, lo horrible que es su vida desde que no tiene veintinueve…

Furia: No me desvío del tema, doctor…

Doctor: No parece, señorita. Usted huye y rehuye. Es evidente. No quiere escuchar sobre el tema: ese es el síntoma inequívoco de la crisis, negar lo evidente, hacerse como que no es con usted, mirar hacia otra parte, ignorar que sus treinta tienen trompa y son rosados.

Furia: Igualito que su mamá, doctor…

Doctor: Salga de aquí, señorita.

Furia: Salgo, doctor: pero su mamá se queda.

Cinco para las seis

Tuesday, May 25th, 2010

Estar así, Lorenzo, del otro lado del teléfono, sin esperar a que vos llamés, es una feliz ironía que se acaba cuando pum-pas! te apareces llamando a gritos, después de más de tres años, como si fuera posible que quisiera yo salir corriendo, que no se me ha olvidado el camino al aeropuerto, que las medias largas me quedaban tan lindas que me trajiste otras la última vez y yo… Dicen que a veces soy muy subordinada -para escribir- y me digo, qué importa,  si total una no es más que lo que piensa, y cómo lo piensa y al final de cuentas en efecto, soy: anoche, cuando soñé de vuelta que vos eras el que estaba al otro lado de la cama, con ese calor fresquito que nunca me hizo sudar ni querer quitarme las cobijas a patadas. Vos que siempre quisiste dormir solo conmigo, qué haces si te digo que ahora tengo dos perras, que cada vez somos más perras en mi cama, que apenas cabemos las tres, que vos ya no cabés… aún así el aeropuerto sigue en donde lo dejamos, y vos del otro lado de la línea esta mañana, y yo de este lado de la línea aquella noche, nada más importa, si alguna vez importó.

Los males posmodernos 3. Las redes sociales

Friday, April 23rd, 2010

En dos platos, la irrupción de lo prosaico es cosa de unos cuántos tecleos sentimentales, a veces ebrios, un poco chafa, medio marica… la irrupción de lo prosaico es cosa de pensar que, por alguna razón inexplicable, hay gente para la que uno fue igual de importante, que te recuerda cuando se pasa de tragos, que se pregunta por lo menos 3 veces al año qué estarás haciendo… y que se sueña con vos.

Está el excompañero de la escuela, aquel al que una amó con locura de los 8 a los 12 años  y quien desapareció entre las brumas de una perdida gradual de la memoria. Yo no me culpo, pero muero de la envidia: hay gente  que tiene un pasado impresionante sobre el cual escribir. O un pasado cualquiera, que por pasado me parece impresionante (a mí que tengo 5 recuerdos vívidos de mi niñez que ya exprimí de la forma más vil en toda clase de cuentos hiperbólicos y revisitas metafóricas). El compañero de la escuela, al que una dejó de ver a los 13 años. El compañero que vivía justo del otro lado de la calle, en un barrio medio escondido. Que se casó con otra. Que nunca supo. Que no te ha visto nunca de grandes. Que debe tener aproximadamente 22 años de no acordarse de vos.

Topárselo en facebook. Cagarse del susto. Verlo más guapo, justo como una pensaba que iba a estar después de tantos años. Estalkearlo lo más posible antes de caer en la estúpida tentanción de enviarle la solicitud de amigos. Morirse de la pena mientras le envía la solicitud de amigos. Desconectarse el resto de la noche en ofrenda masoquista al pasado. Conectarse a la mañana siguiente con la ansiedad golpeteando todos los rincones del rostro: eso, ponerse roja como una chupachups, abrir la computadora, escoger entre el correo y el facebook, hacerlo todo despacio… En efecto, el agua limpia que lava los cristales esos de los recuerdos viejos y empolvados. Y sí, sí se acuerda, sí aceptó la invitación, y hasta te escribió en el muro… el corazón se sale por la boca, golpea las sienes. Las manos sudan. Y ahí está él, adicto a farmville pidiéndote clavos para construirle un nuevo corral a su ganado. Justo como en la escuela, que a veces se te acercaba por detrás y cuando ya te ibas a poner a llorar por la congoja de ese amor punzante y raro, de los que solo se sienten a los 9 años, el hijodesumadre te pedía prestada la tarea de matemáticas.

Así, porque todo lo malo perdura, la desazón de los primeros aleteos amorosos te sume en una breve depresión post vida. Patadas por el culo al imbécil que dijo que todo tiempo pasado fue mejor.

Conversaciones con el sicoanalista. Parte III

Friday, March 5th, 2010

Doctor: Dígame, señorita ¿qué la trae por aquí? Supongo que la crisis de los  treinta…

Furia: Néh, doctor. La verdad me hacía falta verlo. Usted sabe, la dependencia, y esas cosas.

Doctor: Sí, claro: la dependencia, la crisis de los treinta… Esas cosas.

Furia: En realidad, venía a contarle un sueño que tuve anoche. Soñé que estaba embarazada, doctor. Muy embarazada. Tenía una panza gigante, que me pesaba al caminar…

Doctor: prueba irrefutable de la crisis de los teintra.

Furia: ¿Cómo sigue de la andropausia, doctor?

Doctor: Le advierto, señorita, que no voy a tolerar…

Furia: Bueno, en fin. Estaba embarazada. Y andaba de compras en una tienda de departamentos. Me encontré con un chico, usted sabe, una de esas historias universitarias. Cuando me preguntó que como estaba, le respondí alteradísima Pues embarazada. ¿No me ves?

Doctor: Crisis de los treinta, señorita. Eso se le va a pasar cuando tenga un hijo. Un hijo vendría a representar la  ruptura de todos los mitos, la reafirmación de su yo femenino…

Furia: Por favor, doctor… parece un ginecólogo. ¿De cuándo acá todos los males se curan con el embarazo? Qué ignorancia freudiana la suya…

Doctor: ¿Quién es el especialista? ¿Usted o yo?

Furia: No sabe/ No responde.

Doctor: Se lo digo en serio, señorita: siente cabeza. A todas luces, sus anhelos la persiguen en sueños. Busque a un hombre tranquilo, tenga un hijo. O dos. Deje de negar su naturaleza. Usted, en el fondo, sabe lo que quiere.

Furia: Se lo digo en serio, doctor: pensiónese. A todas luces, sus anhelos lo persiguen en consulta. Deje de  proyectarse en los pacientes. Tómese una valium. O dos. Deje de ne…

Doctor: Váyase a  la mierda, señorita.

Furia: Me voy, doctor. Pero eso no le va a curar la andropausia.

A un lagarto triste*

Wednesday, March 3rd, 2010

Usted no me gusta.
Eso no significa que me gustan las mujeres.
No tendría nada de malo que me gusten –de todas formas-
Pero la verdad es que me gustan más los hombres.
La cosa es que no me gustan todos los hombres,
Me gustan solo algunos.
Y usted no está en la lista.
De los que me gustan.

El problema, si lo hay, no me lo achaque a mí:
El feo, estúpido y aburrido es usted.
Que yo fuera lesbiana
Serían otros cien pesos.

* Poema terrorista en dos estrofas, rescatado del baúl de los recuerdos y publicado por primera vez en Afinidades Electivas

Funciones y derivadas

Tuesday, February 16th, 2010

De vez en cuando voy a utilizar este espacio para ensayar escritura poneca. Siempre me ha llamado la atención eso de hacer referencia al color del encaje de la tanga, o las ganas de que me pasen la lengua por la oreja, o los zapatos de tacón y la minifalda. Pero más que eso, me genera curiosidad morbosa la reacción que la escritura poneca genera en ciertos lectores. Tal vez a los treinta una comience a mirar al otro de manera más reflexiva, o tal vez una se cansa de lo prosaico y se enamora de lo poético (o al revés. Ayer, por ejemplo, cuando el idiota de la mesa de al lado se auto calificaba como escritor y hablaba de la problemática de no tener editoriales que apoyen al escritor nacional, yo pensaba que lo más conveniente era levantarme para ir al baño, sacarme los calzones y regresar a la mesa con un puñito de encaje entre los dedos,  y dárselo a él discretamente, para que entendiera que me quería ir de ese lugar aburrido y emergente ya pero ya).

Una puede ponequear o coquetear con el ponequeo. Lo que me angustia de todo esto es que cuando lo pongo en perspectiva me parece que alguna gente podría no entender la broma, como en casi todos los contextos virtuales (por ejemplo una vez que escribí la historia de la chica que le termina al novio imaginando que cae por un precipicio, y varia gente me mandó correos de pésame, consolación, apoyo moral, empatía y demás babosadas que una no se espera cuando hace una declaración impertinente, mordaz y falaz de lo que puede haber sido y no fue). La verdad que me molesta mucho la incapacidad declarada de alguna gente para la metaficción y el flirteo con la verdad a medias.

Pongamos que digo tengo calor, qué ganas de sentir un cubito de hielo deslizarse por mi espalda hasta los muslos y algún imbécil piense que la estoy pidiendo. Yo esto no lo entiendo en dos vías: 1) la necesidad de pedirla a través de un blog (¿cuando no había web 2.0 una la pedía así, a lo loco, en la calle, a vista y paciencia, por mensaje de texto?) y 2) la necesidad de no entender que ese calor y ese hielo son pizquitas de histeria calientapichas y la necedad de ofrecerse a enfriarle o calentarle la vida a una como pidiéndola de vuelta (quién fuera cubito de hielo o alguna zonchada por el estilo).

En algún momento pensé que todo este asunto se derivaba a gritos de un choque cultural (área de cobertura, color de zapatos, país de origen, pelos y señas)… Pero tal vez todos los hombres son unos chanchos, y todas las mujeres somos unas locas, y todas, de cierto modo, la pasamos pidiendo pero no dejamos que nos la den cuando nos la ofrecen. ¿Qué otra explicación tiene me gusta estar sola en la casa, para pasearme desnuda por la cocina con una taza de té? Supongo que no escribir poneca implicaría negarse a una misma, y desaprender -anormal en todo- algo que nos enseñaron desde chiquiticas: usté para vender enseña, pero solo la puntita.