Archive for the ‘a dor’ Category

It´ll be like before you were gone

Thursday, August 19th, 2010

Yo trato de olvidarlo todo, Popepa: el árbol de níspero, la vez que te asusté con la araña y te golpeaste la pierna en el borde de la cama, la bicicleta que nos fuiste heredando una a una, la computadora que te compraron con el dinero de mi paseo de los quince años, que hoy es diecinueve, que tengo un sobrino, que nunca más voy a verte.

No se puede, Popepa. Todos los años, el dieciocho en la noche, me emborracho. Me quedo levantada tarde, me canso. Me acuesto bien tarde. Y siempre, Popepa, sueño que nos vemos. Te encuentro en la calle, o hablamos por teléfono, o me meto a tu casa saltando la barandita del patio y te veo, sentado.

No se me olvida nada, Popepa: trato de hacerme la tonta, y no se me olvida. Anoche, en el sueño, traté de que no fueras vos el que me llamaba. Pensé, mejor que sea Jaimito y en efecto, te cambió el tono de la voz y ahí estaba Jaimito, a quien no veo desde el año noventa y ocho, recordándome no se te olvide que mañana cumple años Popepa. Y así estamos, ¿ves? A mí me pican los dedos por llamarte, pero no lo hago. Y me gusta pensar que vos no me llamás porque te aguantás las ganas.

El sueño de la casa propia.

Friday, June 25th, 2010

Hoy la vi por primera vez: la otra, la que no está metida en estas cinco calles que rodean el hotel desde el que se ve hacia un lugar que no es ni mejor ni peor. Todavía tiene montoncitos de ceniza apuñados en las orillas de la calle. Yo una vez soñé que me atrapaba la erupción de un volcán. Y ahora que lo pienso, bien pudo haber sido aquí.

Tiene algunas cosas que no se ven allá en donde vivo: centros comerciales repletos de niños bien, a quienes sus guardaespaldas esperan en los parqueos, conversando y fumando entre ellos, recostados a las monteros y los audis. Esperan y esperan, mientras los futuros próceres de este país cenan, beben y se imaginan en otra parte que queda bien lejos, a varias horas en avión.

La mayoría de la gente levanta la cabeza para mirarme a los ojos. Las señoras visten ropas coloridas y cargan chiquitos dentro de mantas tejidas: sí, cerquita, cerquita del pecho. La mayoría lleva sandalias divinas que admiro en silencio. En silencio también me pregunto cómo es que en un país en el que el 80% de la gente es indígena hay algunos que se atreven a decir que el problema de Guatemala son los indios…

Mañana me voy a Atitlán, a buscar una paz que no se me ha perdido. Desde la última vez, cuando probé el chile cobanero encima de unas cebollitas asadas, supe que seguiría viniendo aquí. Hasta que el volcán, o las minas, o la mala administración pública, o los huracanes, o los huecos gigantescos en la calle acaben con todo.

El otro lado del espejo

Monday, February 22nd, 2010

Anoche volví a soñarme con vos, Popepa. La última vez no había sido tan real, yo más bien me asomaba de lejos, no te veía, no nos tocábamos… En el sueño de anoche me diste un beso. Salimos juntos de un estacionamiento en la costa, yo cargando al pequeño en brazos, tu mujer manejando el carro rojo que te compraste hace unos meses y yo nunca vi. Meses y meses de terapia, Popepa. Y nada puede hacer que tu casa no quede tan lejos, que no huela a nancite en la tarde, que no juguemos con un gato que todavía se me cruza ante los ojos de vez en cuando.

Yo prefiero los otros sueños en los que llego a oscuras y me salto el portoncito bajo de tu casa para asomarme por la ventana del patio, esos sueños en los que, contra todos mis pronósticos, parecés feliz. Prefiero esos que me dejan como una sensación de fatiga dulce, que van evolucionando con la edad del pequeño, en los que vos y yo no nos hacemos viejos, y ella nunca está. Ayer te vi, Popepa. La mancha oscura que se te fue haciendo en la sien izquierda, las bolsas debajo de los ojos, la piel cansada, el daño. No me gusta verte: cuando se me sube el corazón a la boca y sudo frío por las ganas de abrazarte, recuerdo de repente cuánto te detesto. Lo cansada que me dejaste. El alivio que sentí la última vez que hablamos, esa vez que te dije que nunca más y para siempre.

Terminarte a vos, Popepa, ha sido la decisión más dolorosa que he tomado. Ni siquiera aquella tarde a mediados de enero, allá en la casa de mamá, cuando te conté que me iba con mi novio, que te moriste un poquito conmigo, que maté un poquito a la vieja y otro tanto al viejo. Esa vez que dolió tanto… Nunca nada dolió lo que me ha dolido saber que es tu cumpleaños y ni siquiera tengo un número para llamarte, sabiendo que ni aún teniendo un número te llamaría, que no querés hablarme, que para vos soy un muerto enterrado vivo, si es que se puede, allá, en el fondo de tu armario.

No me gusta verte porque todo el dolor acumulado de repente se me espanta. Sonrío y te pregunto que cómo va todo, trato de cargar al pequeño al que nadie carga hace tiempo porque ya es muy grande. Como si no pasara nada. Porque a fin de cuentas así sería como me encontraría con vos de nuevo si alguna vez nos cruzáramos. Te daría un abrazo jugando de que no ha pasado nada. Aunque haya pasado tanto, Popepa. Aunque para verte tenga que soñármelo.

Common facts

Monday, November 23rd, 2009

Me repito que todo va a estar bien. Pero tengo frío. Y hace como mil años que el teléfono no suena.

Post mortem

Thursday, August 27th, 2009

Se me mezclaron las historias de la noche, en sueños pesados, sudorosos, lentos: vos, las amigas que ya no  son, el amante que se va mientras fantaseo que lo hace porque le duelo; la tristeza inútil de no haberte dicho nunca que tu chaqueta roja era casi tan linda como tus ojos de vidrio. Atravesadas, ahogando un grito, me quedan las palabras.

you are not there

Wednesday, August 19th, 2009

Imagine que estamos uno frente al otro, pero nos separa un cristal. La certeza de no poder tocar su mano aunque quiera me genera un sentimiento de ataraxia incontrolable, mezquino, triste. Sé que no puedo hacer nada al respecto, y entonces veo cómo usted se aleja sin poder llamarlo, sin decirle que lo extraño, que me duele, que quisiera, de una vez por todas, terminar con esta historia tragicómica que, por lo menos a mí, me desbarata por dentro. Imagine ese cristal que nos separa, porque es muy importante: se compone de partículas varias, de indiferencia, de puñaladas añejas, de cicatrices supurantes, de silencios culpables, de dudas y miedo. Yo, desde este lado, observo. No puedo hacer nada más. Usted, desde el otro, tal vez piensa que no me importa. Pero no es cierto.

Sobre la continuidad.

Sunday, July 26th, 2009

Constantemente, Popepa, sueño que llego a su casa. Su casa -imposible- está situada en un vacío del espacio, a la altura de un barrio parecido a Gracia, que se despliega por encima  de la calle ancha, un poquito más arriba del Museo Nacional, ya casi llegando a la Librería de Abogados. Su casa, en una esquina, es grande, amarilla, de madera, como las de antes. El ancho de las rejas del portón podría dejar pasar a cualquier ladrón, pero aquí no roban: es su casa de mis sueños. Algo que me parece extraño es que siempre, cuando lo visito, ya cayó la noche. Entonces no puedo distinguir entre las hojas de los árboles para afirmar si a usted le gustan los cerezos, los limoneros o los nísperos. Siempre me ha dado la sensación de que son nísperos, porque en estos sueños me cubre una atmósfera como de terciopelo.

Hay una luz en el corredor, del lado derecho. Es cálida y se refleja sobre los muros del fondo. Siempre parece que es una noche de diciembre, Popepa: hay ruido como de papel celofán, un velocípedo nuevo que se parece al que compartíamos de niños, y unos pasos, Popepa, que tal vez son de su hijo. Sé, por algo que sospecho cuando pienso en esto, que yo nunca he llegado invitada a su casa. Sé que sueño una reja ancha para pasar sin hacer ruido, y que siempre es de noche porque así usted estará adentro cuando yo llegue. Escucho su risa, y la de él: me acerco sigilosa a las puertas de vidrio que dan al patio desde la sala de televisión: ustedes están ahí, el velocípedo afuera, olvidado. Yo me tapo la boca con las manos, me espero un momento y me voy.

Para que lo sepa, Popepa, usted es un buen recuerdo: yo sueño solo con los recuerdos buenos, con las casas que fueron, con un parque que se aparece por detrás de la niebla, una plaza que llega desde otros tiempos y se superpone sobre mi vida, que al parecer no es tan buena. Su casa no queda en donde queda, queda más cerca de la mía. Queda a la vuelta de la esquina, y en mis sueños yo espío lo que no puedo ver despierta, y escucho las sonrisas y los pasos, y eso me devuelve un poco de lo que no tengo. Para que lo sepa.

Nota estúpida #1

Thursday, April 30th, 2009

De todos, el peor día fue el sábado por la mañana: no había podido dormir desde el miércoles, y ese sábado atroz en que la venció el sueño por la madrugada, a su vecina se le ocurrió encender el karaoke y cantar canciones de José Alfredo, de esas que duelen solas y duelen más cuando las asesina a gritos una vecina madrugadora y karaokera.
Todos los días habían sido tristes, había logrado dormir a ratos en la madrugada, pero el miedo de despertarse y recordar que no se lo había soñado… Todos los días le costó comer: una, dos, tres cucharadas de sopa y la boca del estómago cerrada; sentarse frente al menú y pensar en algo rico que se le antojara… Ahora le dolía todo y tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para no ponerse a llorar delante de toda esa gente que sí estaba acompañada a la hora de almuerzo. Y el mozo que se acerca a ofrecer una bebida y ella preguntando si puede ordenar ahora mismo “¿va a comer sola, señora?” preguntó el estúpido y ella dijo “sí, hoy es mi cumpleaños”.
No había vuelto a sentir esa angustia absoluta que provocan los lugares inmensamente solos, como cuando el desierto de Atacama se le engrudó en los pies y no quería soltarla, y se sentó bajo un sol ardiente a llorar por horas y horas hasta que cayó la noche. “Hoy es mi cumpleaños”, pensó apurando la primera copa de vino. Luego apuró la segunda, a vista del mozo estúpido que no se atrevió a decirle que la paella para dos era muy grande cuando ella le dijo “entonces traigame una paella para dos…” José Alfredo zumbando en su cabeza junto al vino, y la paella muy grande que al final se llevó a casa para compartir con un perro de la calle. “Si alguien me viera” pensaba mientras servía en dos platos dudando un poco si al perro le haría daño comer mariscos…
Después… después a seguir llorando, y el perro feliz, con la panza llena lamiéndole las piernas.
No había vuelto a sentir esa angustia absoluta que provoca la inmensidad del mar cuando no se ve más que agua y cielo. Así se despertó a la noche, con un perro pulguiento y feliz durmiendo a sus pies, la espalda adolorida, la cabeza pesada y una mosca revolviendo entre las sobras del almuerzo.
Entonces solo tenía 25 -bueno, 26, ya era el día de su cumpleaños-
.

Intercultural crash

Monday, December 8th, 2008

* Al bajar del avión,  me  doy cuenta de que las preocupaciones, una vez más, eran innecesarias: todo está fríamente calculado, como si un antivirus hubiera pasado antes que yo por la ciudad, limpiando todo y recogiendo indicios de tercermundismo debajo de las alfombras, por aquello de la sorpresa y el choque de culturas. Hasta me siento mal cuando se me olvida pagar el bus.

* Arrastro una maleta por el empedrado durante minutos interminables: la calle es un mar de sedes centrales de cooperación internacional, yo navego a pie, pobre y en vías de desarrollo, sin celular para hacerme localizable y con unas ganas casi incontenibles de tirar el exceso de carga por la borda: de repente estoy ahí, converso durante 1 hora con gente que me hizo venir hasta aquí para un almuerzo corto y la puerta que se me cierra en la cara: en la calle, largas cuadras camino hacia otra oficina me esperan empapadas de una lluvia horrenda, que punza como puñal helado. Lloro dos minutos azotada por el viento inmisericorde, y después decido que este país tiene el mismo problema que el mío: la gente…

* En una mesa de almuerzo compuesta por Mongoles, Indios y yo, la escena es la siguiente: en medio de los huevos pasados por agua, un hombre bastante más joven de lo que se ve informa tristemente a una mujer grande como los cimientos del mundo “ayer mataron a un activista en Bangladesh: lo quemaron vivo dentro de su casa, su hijo estaba con él”. La mujer grande y de cabello lacio resulta ser una gran amiga del asesinado; llora a mares sobre el café con leche del primer mundo y se golpea las piernas con rabia para que  otra cosa le duela más que la muerte. A mi lado, la chica de Mongolia pregunta tímidamente “and Costa Rica, how is it? More or less OK?”. Entonces me doy cuenta de que hay sensaciones que es imposible describir con palabras.

* Planeo una boda en Dalfsen, en medio de montañas de queso, cajas de frambuesa,  abrazos y la risa de Emmanuel. Quiero irme a casa pronto, porque estar en otra parte solo me hace extrañar el país en el que era feliz pero ya no existe; y quiero quedarme aquí porque en el fondo lo que pasa es que aquello duele y sería mejor no sentirlo: pienso en mi hermana que me espera en Pest, en la cerveza, la risa, Mikolás, lo bueno que es volar aunque no tenga alas, el frío que despierta y una clase media que aún se da el lujo de vivir con patio en medio de una ciudad gigantesca.

Slow down

Monday, September 8th, 2008

*Tengo un terror atravesado en la frente. La imagen de un niño al que logro sacar de un búnker, esquelético y desmadejado, con la ropa sangrante, violado sistemáticamente por un puñado de hombres grandes, desgraciados y perversos. Intento recoger todas las conversaciones, lecturas, comerciales, todas las imágenes absorbidas durante el día, para intentar comprender de cuál pudo haber salido un sueño malévolo que me ha tenido con náusea y dolor de cuello toda la mañana.

* El aeropuerto de Tegucigalpa acaba de ser reabierto, pero eso no garantiza que esté de vuelta a tiempo para tomar un avión a Turquía justo el día de la independencia. Nunca he estado en Turquía, y no creo que esta vez sea diferente: los hoteles Sheraton de todo el mundo tienen los mismos lobbies y las mismas habitaciones impersonales decoradas con muebles incoloros y cuadros genéricos de paisajes que no existen en ningún lugar del mundo. Mientras mido las probabilidades de quedar atrapada en la dimensión desconocida que me parece Honduras, el hecho irremediable de que Willie Colón viene por última vez a Costa Rica y me lo voy a perder, me genera toda clase de tristezas y odios desmedidos por la vida misma.

* Cuando me bajé del taxi en la entrada de la escuela, mi retorno a segundo grado fue interrumpido por la presencia cansada, gordita y con calvicie incipiente de mi primer beso. En estos días el pasado se me devuelve de la forma más huracanada, además y para siempre. Me ataca un poco el primer beso escondido en el gimnasio después del entrenamiento. Yo llamada al equipo solamente porque medía 1.70 a los 14 años, y el aprovechado ese robándome un beso que se convirtió en dos meses de alegría disimulada porque en el colegio no nos hablábamos y ninguno de sus amigotes podía saber que él andaba conmigo. Después sufrir como solo se sufre un primer beso, que luego, naturalmente, desaparece en una nebulosa bajo la etiqueta todo lo que no  debí haber hecho. Y otra vez esa como cosquilleante sensación de felicidad por lo que pudo haber sido y no fue.

* El soundtrack de la semana me aleja sospechosamente de la orilla en la que me extendés la mano. Yo te veo a lo lejos, como en sueños, y cada vez más la certeza de que ahora tampoco y de que nunca más o todavía talvez. En secreto sé que se reventó el hilo que jalas con insistencia, y que no me arrastrarás hasta la arena. No hoy, al menos.