En sepia
Thursday, June 28th, 2007En sepia estoy recostada debajo del nancite de la escuela. Es de tarde, hacia las 3, tengo 9 años y la boca seca. El pasto pica en las piernas y quiero tener 20, haberme ido de casa, pintarme los labios, y saber mucho, mucho de cualquier cosa. Todavía no sé qué quiero ser, pero me arden las plantas de los pies. El árbol tiene ese tinte que tienen los nancites en flor: todo rojo, amarillo, naranja, corteza reseca pintada de sepia por el sol de las 3 que cae como un chorro de miel sobre las cosas y les quita una dimensión. A mi lado está mi amigo, mi mejor amigo al que no veo desde hace 15 años, desde que salimos de la escuela y yo cambié mi uniforme por uno de pantalón y él se fue a vivir a otro país. Está sepiamente recostado a mi lado y las yemas de sus dedos me hacen cosquillas en las yemas de los dedos. Quiero tener 20 años y estamparle un beso en la boca –el primer beso que nunca di- y llevarlo despacio a un lugar en el que se me calme el ánimo y pase algo que no sé cómo pasa pero en el fondo sí sé y tiene que ser bueno. Comemos un chupetín de zarzaparrilla lentamente, porque lentamente querríamos que se pasaran los 15 minutos del recreo. En sepia y silencio estoy pensando el cuento de los girasoles que voy a poner en concurso: girasoles, 2, uno quiere ser gente y se arranca las raíces de la tierra para caminar… pero cae al suelo y se muere delante de otro girasol que no quiere ser gente y que llora triste porque no puede hacer nada para salvar a su amigo muerto. Temprano la maestra ha escrito una nota para mamá: le pide que venga a verla porque hay un problema con la redacción del último examen de Español El día más feliz en la que he contado la historia de un anciano para quien el día más feliz es el día en que se muere: a los 9 años es prohibido darle ese tratamiento desbocado y atrevido a la muerte, tomando en cuenta que todavía le tengo miedo al diablo y a los infiernos… Es tarde sepia y él está recostado a mi lado: las montañas se ven doradas bajo el peso del sol de la tarde. Ya me ha dicho que no pasa nada con la redacción, que hasta pueda ser que para alguien sea feliz morirse… Las pocas nubes en el fondo celeste no tienen ninguna forma identificable de oso, conejo o little pony. Apenas son las 3 y ya quiero sacarme los zapatos y las medias y correr por el patio sintiendo la hierba fresca entre los dedos. Pero hay clase hasta las 5 y a esa hora ya el sol se está ocultando y no tiene sentido refrescarse los pies en la hierba fresca porque a las 5 ya no hace calor… La merienda de hoy estuvo fea: sopa minestrone de paquete, con los vegetales deshidratados aún sin hidratar. No comí sopa y tengo hambre, me huele a las tortillas de mamá, con queso y un vaso de refresco de frutas. Como es verano seguro que toca de melón, que no me gusta porque huele muy rico pero no sabe a nada. Suena la campana sepia din-don-din y me levanto del suelo sacudiéndome la falda. Todavía no sé que las piernas son bonitas y me avergüenzo de mis tobillos gruesos como troncos. Todavía no sé que las minifaldas se usan para mostrar las piernas. Adelanto un pie para sacudir las hojas de pasto que están pegadas en mi zapato, me inclino hacia delante y le doy la mano a él. El del primer beso que nunca di. Le ayudo a levantarse y regresamos al aula despacio, ya nadie habla. Me siento en el pupitre a escuchar que los españoles trajeron la civilización a América, y escribo cosas que no recuerdo en el cuaderno de tapas azules que me forró mamá, mientras afuera cae la tarde y el sepia se vuelve claroscuro.


