Archive for September, 2008

Males postmodernos. Parte I

Wednesday, September 24th, 2008

Hay gente que le teme a los lugares abiertos, a las cucarachas, a las alturas… Gente que le tiene miedo a las altas velocidades, al agua, a los sapos… Gente que se aterroriza ante la vista de una culebra, de un ratón, de un ejecutivo de cuentas del HSBC. Yo, en particular, le tengo horror a las demostradoras. Las demostradoras vienen siendo algo así como el polaco 2.0 en versión claramente desmejorada y con los ojos muy delineados.

Yo, que carezco de agresividad ante el mundo, me aterrorizo ante la perspectiva de una demostradora en el pasillo de la pasta de dientes. ¿Tiene realmente que ser tan difícil hacer una simple compra en el supermercado? ¿Es que no puede una acercarse al estante del café y escoger la marca de siempre sin que una banda de demostradoras pintarrejeadas y sonrientes se le abalancen encima con productos de oferta, saborcitos nuevos y cajas de bombón relleno de granito? La función de la demostradora es, para mí, molestar a la gente que compra. No encuentro otra manera de explicar el hecho de que una chica parlanchina y de sonrisa falsa está apostada en pie de guerra al lado de un letrero que dice “lleve 4 y pague 3″, diciéndote justamente ¡mire, señora, lleve cuatro y pague tres!!!. Aunque si me detengo a analizarlo con más detenimiento, en realidad el asunto es bastante más perverso de lo que cualquiera pueda pensar: el letrerito es un incitador pasivo que nada más está allí, indicándote que por el precio de tres, te podes llevar cuatro. En cambio la demostradora es ser animado y malvado, que en lo que volteas a mirar para otra parte es capaz de llenarte el carrito de compra con cajitas de gelatina Royal de naranja, sin que te des cuenta hasta que llegas a la caja.

Vos vas haciendo la ronda por el súper tranquilamente, comprando las cosas de la lista y alguna que otra golosina que se te atraviesa en el camino, y de repente, a la vuelta del estante, está la demostradora, firme al lado del producto chafa que nunca se vende: pollo adobado listo para freir, mezcla para panqueque con sabor a linaza, flancitos de vainilla que no necesitan refrigeración, gelatina de naranja, pan de fruta o galletas Canastita. Y en el peor de los casos, te la encontrarás detrás de una sartén eléctrica repartiendo trocitos de salchichón frito del que trae tabasco y no le gusta a nadie. El polaco, primera versión de demostradora puerta a puerta, tenía a su favor un asunto de cancha marcada: llevaba pantalones Pierre Balmain ácido wash, cómodas con espejo de cuerpo entero, aplanchadores plegables, paquetes de chocolate Los Tres Mosqueteros y tarros de frutas en almíbar traficados de la frontera con Panamá. Y eso era todo lo que podías ver. Punto. En cambio la demostradora presenta el más malo de 15 productos iguales, e intenta manipular al comprador utilizando todos los ardides posibles y los impensables. “Una probadita, señora”, “este pollito ya viene listo para cocer, es solo ponerlo en la sartén”, “pruebe la nueva pasta de dientes clousap con sabor a chicle”, ante la mirada atónita de personas como yo, que aparte de tener muy clara nuestra intención de compras, veríamos mejorada nuestra calidad de vida en un mundo sin pollo pre-adobado, puré de papas de cajita, toallas sanitarias con sábila y 540 tipos de champú.

El asunto más terrible es, como mencionaba al principio,  el de la falta de agresividad. Yo me considero una persona completamente carente de habilidades sociales para comunicarse con gente que se le atraviesa en el camino para venderle cosas. Mi primera reacción es salir corriendo, que lo hago cuando puedo. La segunda es esperar a que la demostradora esté acosando a algún otro comprador para acercarme sigilosa y rápidamente a su estante, tomar mi paquete de té y huir hacia el siguiente pasillo. Sin embargo, algunas veces no corro con tanta suerte: la demostradora me pilla en el último minuto, se abalanza sobre mí con su paquete de rasuradoras chafa de a seis por mil o sus tampones mini con paquete de cartón que no contamina el ambiente, señora. En esos casos, quedo indefensa y a merced. Primero, porque me horrorizan los ojos de espanto de la demostradora cuando le digo que gracias, que yo no uso tampón ni toalla. Segundo porque de repente han pasado 10 minutos y yo ya entablé una conversación amable con la chica intentando explicarle que un divacup se puede usar durante meses y meses y tampoco contamina el ambiente. Tercero porque tengo que mirarla directamente a la cara y no puedo vigilar que no me esté llenando el carrito con champú de manzanilla para la caída mientras yo trato de ser amable con ella.

A veces acabo llevándome alguna de las porquerías que ofrecen tratando de mostrar algún tipo de interés que no se vea fingido, y es así como después al acomodador le aparece un jabón de baño contra la celulitis en medio de los cereales de granola. Me termino de sentir indefensa porque, ya derivada del miedo, me entra una trabazón de lengua muy incómoda, y se me van de la mente todas las palabras clave que podría utilizar en ese caso: no gracias, yo el que uso es este otro; no estoy interesada; gracias o lo que sea. Siento que cuando intente utilizar alguno estos códigos clave, la demostradora va a aplicar la estrategia correspondiente para hacerme caminar hasta la caja con una botella de champú para cabellos teñidos: ¿y por qué usa ese otro, señora? ¡Este está más bueno! Tiene que probarlo y luego me cuenta; señora, yo le garantizo que después de los primeros resultados, usted se va a interesar mucho en este producto; y que cuando diga “gracias” me van a poner el kilo de mortadelas con jalapeño en la mano asumiendo que acepto la oferta. En general, todo termina en que la demostradora gana, yo pierdo, y entre las dos dejamos el súper lleno de jabones en la barra de quesos, merendina entre los desinfectantes y gelatinas de naranja ocultas detrás de las aceitunas. Y esto debe influir en que la gente como yo sea generadora de una fobia tremenda entre los acomodadores de súpermercado: mierda, ahí viene la vieja loca que se pasa horas espiando por los pasillos y deja las chocolatinas olvidadas en el estante del papel higiénico…

After action review

Saturday, September 13th, 2008

*Esta semana la lucha más intensa ha sido la interior, y la cereza del pastel fue el choque cultural con los machistas-leninistas de la zona. Avistar en la esquina de un restaurante a un excompañero de oficina gringa-inversionista extranjera-explotadora de las clases acomodadas (acomodadas en la silla de la oficina, que quede claro) ha sido como una gota de agua en el desierto. No recuerdo su nombre  ni el año en que trabajamos juntos, ni quienes eran sus amigos en el call center, pero está ahí, improbablemente: me recuerda y me sonríe, de manera improbable, y es como la bocanada de aire que me ayuda a sumergirme en la noche de la Revolución, que cada vez se me parece más a dios: aunque todo el mundo habla de ella, no se la ve por ninguna parte…

* No más llegando he recordado que el concepto de “comida rápida” se estrella brutalmente contra una pared de sonrisas, amabilidad, a “ahoritas“, que irremediablemente me hacen sentir como en casa (mientras me almuerzo dos pedazos de una pizza nada buena en el asiento de un bus, con Antonio Banderas desperado de fondo).

* Yo podría vivir aquí: hay río, camino de tierra, abuelitas gordas y buenas que se sonríen con una al pasar, niños simpáticos y hablantinos… Carne asada todas las noches, buen café recién tostado, cerveza y pulperías en las que me siento nostálgica de  los estancos del CNP. Lo peor que le puede pasar a una en este lugar es que le toque ser perro callejero: estará condenada a la exposición de las costillas bajo la piel seca, la basura paupérrima de la gente pobre, la sarna y la miseria, el calor, y los carros inmisericordes que atraviesan a velocidades inhumanas una carretera que divide en dos a un pequeño pueblo alejadísimo de la bondad del señor.

* Anoche, ya con solo una tarde por delante, me arriesgué a salir a reconocer una ciudad que es como una palangana, cuyos barrios elegantes están románticamente colocados como con cola en las partes altas, con mejor vista de “lo que no nos toca sufrir desde aquí” . Recorro calles que me traen recuerdos bastante malos en general, y después de un tour que inicia con música de la que ya en casa nadie canta porque pasó de moda y termina en la puerta cerrada con candado del hotel al que necesito entrar a dormir, decido que sí, que la dimensión desconocida comienza donde se acaba Nicaragua.


Slow down

Monday, September 8th, 2008

*Tengo un terror atravesado en la frente. La imagen de un niño al que logro sacar de un búnker, esquelético y desmadejado, con la ropa sangrante, violado sistemáticamente por un puñado de hombres grandes, desgraciados y perversos. Intento recoger todas las conversaciones, lecturas, comerciales, todas las imágenes absorbidas durante el día, para intentar comprender de cuál pudo haber salido un sueño malévolo que me ha tenido con náusea y dolor de cuello toda la mañana.

* El aeropuerto de Tegucigalpa acaba de ser reabierto, pero eso no garantiza que esté de vuelta a tiempo para tomar un avión a Turquía justo el día de la independencia. Nunca he estado en Turquía, y no creo que esta vez sea diferente: los hoteles Sheraton de todo el mundo tienen los mismos lobbies y las mismas habitaciones impersonales decoradas con muebles incoloros y cuadros genéricos de paisajes que no existen en ningún lugar del mundo. Mientras mido las probabilidades de quedar atrapada en la dimensión desconocida que me parece Honduras, el hecho irremediable de que Willie Colón viene por última vez a Costa Rica y me lo voy a perder, me genera toda clase de tristezas y odios desmedidos por la vida misma.

* Cuando me bajé del taxi en la entrada de la escuela, mi retorno a segundo grado fue interrumpido por la presencia cansada, gordita y con calvicie incipiente de mi primer beso. En estos días el pasado se me devuelve de la forma más huracanada, además y para siempre. Me ataca un poco el primer beso escondido en el gimnasio después del entrenamiento. Yo llamada al equipo solamente porque medía 1.70 a los 14 años, y el aprovechado ese robándome un beso que se convirtió en dos meses de alegría disimulada porque en el colegio no nos hablábamos y ninguno de sus amigotes podía saber que él andaba conmigo. Después sufrir como solo se sufre un primer beso, que luego, naturalmente, desaparece en una nebulosa bajo la etiqueta todo lo que no  debí haber hecho. Y otra vez esa como cosquilleante sensación de felicidad por lo que pudo haber sido y no fue.

* El soundtrack de la semana me aleja sospechosamente de la orilla en la que me extendés la mano. Yo te veo a lo lejos, como en sueños, y cada vez más la certeza de que ahora tampoco y de que nunca más o todavía talvez. En secreto sé que se reventó el hilo que jalas con insistencia, y que no me arrastrarás hasta la arena. No hoy, al menos.