Disertaciones mojigatas
Thursday, November 27th, 2008Pongámoslo en perspectiva, muchacho del sombrero de fieltro: desde hace 12 años, cuando lo vi por primera vez, sentí unas cosquillas en las piernas, un aleteo en la barriga, un desconsuelo de señora en contemplación… Sentí unas ganas adolescentes de tirármele encima, de robarle el sombrero, de robarle un beso, de salir corriendo después y que usted me persiguiera, de esperarlo en un recoveco de la calle, a la vuelta de una esquina y salir de repente a su encuentro, entre tímida e intrépida y decirle, muchacho del sombrero, que la vida es tan corta y sus dedos tan largos, que me estaba como quemando por dentro, que su sola presencia entraba por los siete hoyos de mi cabeza y que si se reía de mí, no me quedaría otra que sentarme a llorar.
Yo no tengo la culpa de todo esto, muchacho-sombrero. Tendría la culpa si me hubiera sentado a fijarme en que su barba termina en donde empiezan mis ganas de morderla. Nunca racionalicé sus brazos pecosos ni sus piernas largas. Fue todo una cuestión de mirada, de que luego un día nos hiciéramos amigos, y yo no pudiera, nunca, decirle que usted me entraba por los ojos, por la nariz… Si hoy me pasara que usted, de repente, me dijera vamos yo tiraría esta maleta que traigo en la mano, este abrigo pesado, este perro, esta casa, este barrio, y me quedaría así, sin nada, en medio de la calle, esperando.
No sigo porque se me seca la boca cuando pienso en usted. En la gracia con la que lleva esos zapatos, en la cadena que cuelga de su cinto, en la ternura con la que mira a su novia, en las malas intenciones de su mano cuando pasa a mi lado y me sacude el pelo como si yo fuera su hermana menor. Usted sabe de qué hablo, muchacho-fieltro: su bigote, mi mano, una tarde en el campo, contarle que me da alergia el zacate, semillitas de calabaza, tener 15 años y ser dueño del mundo, creerse las mentiras para abandonar las piernas a unos dedos largos.
Si usted me dijera vamos, yo iría. Siempre he sido el gen recesivo, muchacho-cadena. Entonces, le pido que nunca, nunca, me diga que sí quiere venir a cenar conmigo. Que nunca me llame para que vayamos al cine. Que se acuerde de apagar el teléfono antes de acostarse. Que no me sonría tanto cuando estamos a solas. Que trate de ser un poquito más patán y un poquito menos guapo.

