Archive for October, 2010

Disertaciones mojigatas. II

Friday, October 15th, 2010

Tengo que confesárselo, muchacho del sombrero de fieltro: cada vez me pasa más seguido lo del sueño. A menudo sueño que caminamos abrazados bajo el sol de una tarde tibia, por el campo. La brisa me revuelve el pelo sobre la cara y usted me lo aparta suavemente y aprovecha para acariciarme un poco, como quien no quiere la cosa, mirándome a los ojos con sus ojos anaranjados, y sonríe. Sonríe y a mí se me hace un nudo en el estómago, muchacho del sombrero: de inmediato comienzo a pensar, debajo de la tarde pintada de ocres, que a usted en alguna parte lo está esperando su novia, que no entiendo cómo llegamos acá caminando juntos, que no estoy segura de poder sobrevivir a la ausencia del peso de su mano sobre mi hombro cuando despierte.

Despierto, muchacho, y siento cosquillas ahí, en ese trozo de piel en el que estuvo su mano. Despierto y mi cuarto se me antoja oscurísimo, y quiero llamarlo nada más para preguntarle si de casualidad usted estaba soñando lo mismo. Luego me doy cuenta de lo ridículo de la situación y sigo con mi día: me levanto, muchacho, y pongo la cafetera antes de entrar a la ducha. Desayuno en silencio, pensando en cómo sería si usted estuviera enfrente, con una taza en la mano, con las piernas desnudas, con la barba de tres días, con esa sonrisa que en los sueños es lo único que  me importa. Me visto justo antes de salir de casa, y nunca, nunca, me cambio más de dos veces. Siempre he querido decirle que si usted viniera a recogerme a mi casa yo no lo haría esperar como las otras muchachas…

Anoche, muchacho, pude sentir, por primera vez, sus labios. Yo no podía aguantarme más las ganas, tuve que decirle todo, sujetar sus manos, besarlo en la boca. Usted me miraba sonriente, como cuando en el parque, hace tantos años, semillas de calabaza, un girasol muerto en el piso, el zacate casi seco detrás de las rodillas, su mano sobre mi pierna, creerse las mentiras, los dedos largos. El beso que siempre quise darle, muchacho del sombrero, un beso lento, tibio, pausado. Devolverme a los 16, latas vacías, las mentiras, los dedos largos, las piernas abandonadas sobre el pasto. La próxima vez que nos veamos, no voy a saludarlo. No se asuste: tendría que pasar un buen tiempo antes de que pueda mirarlo a los ojos nuevamente sin sonrojarme, y no querría que su novia note ni por un instante que a mí con usted, en sueños, me pasa algo.

Tuesday, October 12th, 2010

A mí me gusta más cuando llueve: no soporto los días tibios, ni el sol que pone feliz a la gente. La gente, por naturaleza, es amarga como un trago de diesel. Reírse porque hace sol. Reírse porque no llueve. Mirar por la ventana de un octavo piso la hermosa tarde que uno se está perdiendo. Imaginarse en el Caribe, en un día de octubre de 2005. Recordar al amor de la vida, sentado frente al mar con el pelo revuelto. El viaje de regreso después del pleito, todo lo que quedó flotando en el aire sin decirse, los aviones de huída, las malas palabras, odiar el sol, que siempre llega a todas partes.

El sol no merma: el sol es igual para todo el mundo, sale todos los días. No soporto que hoy parezca 15 de diciembre, que huela a ciprés en la calle, que la gente sonría y piense que ya es navidad. Odio las malas noticias que llegan antes de tiempo: las vitrinas, el aroma de las cosas asoleadas, que es más rico, los ojos que rezuman fe en la vida, la gente que dona mil y se barre las culpas del alma, la gente que no se explica por qué ya no existe la clase media, la clase media que se aferra con desesperación a lo poco que le queda, los que se creen que una hora de misa a la semana es suficiente, las que se creen que solo hay un momento adecuado para abrir la boca, los días soleados que expulsan a la gente de sus casas.

Uno cierra los ojos y todos los recuerdos buenos llegan bajo un sol cegador. Las bolinchas en los bolsillos, semillas de girasol, el zacate picando en las piernas, una mano, otra, el globo que se escapó entre el aleteo de los alisios, el primer beso, las amapolas, sacarle brillo a los vidrios, tardes en el río, tomates recién cortados, siempre sol. Siempre sol. Como si nada fuera malo. A mí, definitivamente, me gusta mucho más cuando llueve.