Este dolor no es sicosomático: cuando digo duele siento una punzada en el pecho, justo al lado del esternón, desgarrándome la carne como un cuchillo de hoja ancha. Cuando digo duele el hombro cae rendido bajo su propio peso, las manos sudan, el escozor sube cerrando la tráquea, los ojos enchilan.
Digo que duele como cuando a los seis años: zacate, una espina en la planta del pie, mirar a lo lejos y ver a todos los primos alejarse corriendo, saber que si me levanto la espina se clava, que si me quedo cae la noche. Que no sirve de nada gritar… Porque hay dolores de dolores: están los que pasan y se olvidan. Los que se olvidan pero quedan. Los que se perdonan. Los que se sueñan con la boca seca.
Duele en transitivo. El dolor no se acaba desde hace exactamente veinticinco domingos, unos peores que otros, unos más largos, otros más solos. Duele. El dolor repica en la boca del estómago. A veces es más o menos denso. A veces una piensa que está a punto de apagarse, de ceder al paso de los días. Por la ventana no se ve más que la tormenta eléctrica. En la cabeza hacen un profundo hueco las voces: en dónde, cuándo, con quién, si importa. Si no importa. Si recuerda. Veinticinco domingos.
Digo duele y el tiempo no cura nada.