Funciones y derivadas

De vez en cuando voy a utilizar este espacio para ensayar escritura poneca. Siempre me ha llamado la atención eso de hacer referencia al color del encaje de la tanga, o las ganas de que me pasen la lengua por la oreja, o los zapatos de tacón y la minifalda. Pero más que eso, me genera curiosidad morbosa la reacción que la escritura poneca genera en ciertos lectores. Tal vez a los treinta una comience a mirar al otro de manera más reflexiva, o tal vez una se cansa de lo prosaico y se enamora de lo poético (o al revés. Ayer, por ejemplo, cuando el idiota de la mesa de al lado se auto calificaba como escritor y hablaba de la problemática de no tener editoriales que apoyen al escritor nacional, yo pensaba que lo más conveniente era levantarme para ir al baño, sacarme los calzones y regresar a la mesa con un puñito de encaje entre los dedos,  y dárselo a él discretamente, para que entendiera que me quería ir de ese lugar aburrido y emergente ya pero ya).

Una puede ponequear o coquetear con el ponequeo. Lo que me angustia de todo esto es que cuando lo pongo en perspectiva me parece que alguna gente podría no entender la broma, como en casi todos los contextos virtuales (por ejemplo una vez que escribí la historia de la chica que le termina al novio imaginando que cae por un precipicio, y varia gente me mandó correos de pésame, consolación, apoyo moral, empatía y demás babosadas que una no se espera cuando hace una declaración impertinente, mordaz y falaz de lo que puede haber sido y no fue). La verdad que me molesta mucho la incapacidad declarada de alguna gente para la metaficción y el flirteo con la verdad a medias.

Pongamos que digo tengo calor, qué ganas de sentir un cubito de hielo deslizarse por mi espalda hasta los muslos y algún imbécil piense que la estoy pidiendo. Yo esto no lo entiendo en dos vías: 1) la necesidad de pedirla a través de un blog (¿cuando no había web 2.0 una la pedía así, a lo loco, en la calle, a vista y paciencia, por mensaje de texto?) y 2) la necesidad de no entender que ese calor y ese hielo son pizquitas de histeria calientapichas y la necedad de ofrecerse a enfriarle o calentarle la vida a una como pidiéndola de vuelta (quién fuera cubito de hielo o alguna zonchada por el estilo).

En algún momento pensé que todo este asunto se derivaba a gritos de un choque cultural (área de cobertura, color de zapatos, país de origen, pelos y señas)… Pero tal vez todos los hombres son unos chanchos, y todas las mujeres somos unas locas, y todas, de cierto modo, la pasamos pidiendo pero no dejamos que nos la den cuando nos la ofrecen. ¿Qué otra explicación tiene me gusta estar sola en la casa, para pasearme desnuda por la cocina con una taza de té? Supongo que no escribir poneca implicaría negarse a una misma, y desaprender -anormal en todo- algo que nos enseñaron desde chiquiticas: usté para vender enseña, pero solo la puntita.

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