La pasión

Mi memoria mundialista comienza un 29 de junio de 1986. En un Estadio Azteca a reventar aprendí el dolor del fútbol, sus triquiñuelas, la pasión poco entendida por quienes no son adeptos. Aprendí, de la mano de mi papá, a cagarme en la suerte, a perder la fe, a recobrarla en medio de la calle. Yo tenía seis años, estaba leyendo por primera vez los Cuentos de mi Tía Panchita, estaba enamorada hasta la locura de un compañero rubiecito al que años más tarde apodaríamos Piccinini (por Ricardo) y conocía desde el borde la cancha de la generaleña, en la que mi hermano entrenaba los fines de semana bajo la dirección de Puro, pionero de las ligas menores en Pérez Zeledón.

Ese día entendí que uno puede ir ganando 2-0 y no tener nada asegurado. Que existen los marcadores hediondos y engañosos. Que la alegría por ese golazo sencillo y lapidario de Valdano al 55´ era tan pasajera como cualquier otra alegría, solo que más efímera, y por ello más dolorosa de perder. Y que cuando los pies pican por la desesperación del empate inminente (en este caso, cortesía de Völler, al 80´) uno por lo general se levanta y se va. Mi papá, en su desesperación pasional, decidió que era hora de irnos de casa de mi abuela: perdernos el primer tiempo extra de camino y que fuera lo que dios quisiera. Bajando la cuesta, 3 minutos después, el inolvidable gol de Burruchaga hacía temblar los pilares de Barrio Sagrada Familia y nosotros entrábamos sin pedir permiso a la sala de la primera casa abierta que encontramos para celebrar en diferido el gol que le dio la victoria a América Latina.

Cuatro años después, ante una hazaña sin precedentes ni posibilidad de repetición, mi mamá reconocía frente al televisor que la irresponsable decisión rojiazul de no dar clases en día de partido (tan celebrada por los caballeros) había sido de lo más acertada. En el 90 yo tenía 10 años, estaba leyendo Anna Karénina y lloré cantando lo daremos todo a voz en cuello y en coro con unos 3 millones de personas que, estoy segura, seguimos sin recuperarnos de la historia. En un primer partido que me paró los pelos de la emoción, vi a mi ídolo de aquel año, Juan Cayasso, estamparle un gol inminente a Escocia en el 49´ y darnos la primera victoria de lo que sería la saga del nunca jamás. Después de eso, que la mil veces campeona del mundo, la todopoderosa verdeamarela nos ganara por un solo gol fue el equivalente a haberles ganado por 3. El definitivo y contundente 2-1 ante una Suecia que nos llevó ventaja por unos incómodos cuarenta y tantos minutos fue el momento en el que me terminé de enamorar del fútbol. Pasamos, con Gabelo lesionado, a unos octavos de final en los que la copa (que a los diez años es fácilmente imaginable aterrizando en el Juan Santamaría, como fácilmente imaginables son los políticos decentes) se nos fue de las manos.

La copa del 94 me la perdí entera. Se hizo en la yunai, un país en el que el fútbol era considerado un deporte de pussies, y que durante milenios ha ostentado una de las mejores selecciones femeninas del mundo. Por estar leyendo El Anticristo me perdí a Romário contra el mundo, dándole el cuarto título a la que desde 1990 es la selección de mis sueños.

Francia 98 me encontró en Brasil, anhelando un improbable pentacampeonato para el que se hubieran requerido mejores tiempos y buenos aires. Ese año, antitos del mundial, mis amigos me indicaron en un Maracaná fulleado, que guardara silencio. El Piojo López fusiló un amistoso a 6 minutos del final. Los 120 hinchas de la albiceleste salieron del estadio escoltados por la militar, antes del último pitazo. Yo seguí las instrucciones al pie de la letra, con terror a la furia de los más de 100 mil brasileños que ese día recibían la notificación del destino: una de las peores selecciones de Francia nos arrebataría la quinta copa en un partido para olvidar. Todavía me pregunto cómo será celebrar un campeonato mundial corriendo medio chinga y medio ebria por Ipanema.

Ya para  Corea-Japón la vida me había acomodado un par de goles,  en eso que algunos llaman hacerse adulto. No estaba viendo tele, y me ocupaba de Chomsky y Foucault. Por suerte El Fútbol a Sol y Sombra de Galeano evitó que cayera en la tentación tonta e izquierdista de afirmar que el fútbol es el nuevo opio de los pueblos. Impase con partidos de madrugada, poco aptos para el estudiantado responsable. El único partido que vi, en el que Ronaldo le estampó dos a Alemania, me hizo pocas cosquillas, y fue así como una vez más la verdeamarela me regaló un campeonato mundial cuando no se lo estaba pidiendo.

En el 2006, atiborrada de Rosa Montero y Bryce Echenique, tuve que ver la inauguración en silencio, con el tele en mute, en el sportsbook en el que trabajaba. Ahora pienso que por dicha. Ahora, cuando Costa Rica está más lejos que nunca de la copa del mundo, y tenemos que conformarnos con celebrar las victorias y derrotas ajenas como si fueran nuestras. En 2006, cuando Trézéguet le ganó a su propio equipo en lanzamientos desde el punto de penal. Una copa aburrida, con historias de guaro, putas y pichazos. Extrañando a Romário. Extrañando a Edmundo, el animal. Extrañando la época en la que no tenía un trabajo de mierda.

Desde ahí hasta ahora (y un poco antes también) hubo cambios en mi forma de ver el mundo: comencé a seguir con obstinación estúpida la Bundesliga, y a torcer con conducta irreflexiva y casi saprissista por el FC Bayern München. Por justicia poética fui con el Santos de Guápiles cuando entrando a primera le dieron una tanda a la S. He vestido con malicia y terquedad la camiseta de los guerreros del sur durante los  últimos 5 años. Me emborraché sistemáticamente en Barcelona, en una pulpería gallega, cuando en 2004 el Depor estuvo a punto, a esto, de pasar a la final de la champions. Pasé esporádicamente por las canchas, en un retorno medio jalado del pelo, entre 2007 y 2009. Y llevo las cuentas en excel: así como los holandeses que sacaron a Brasil del camino hoy. Anaranjados, faltos de imaginación, con un ábaco en la mano y sin merecerlo. Esa tristeza que Burruchaga me evitó un 29 de junio en 1986 hoy regresó más punzante, en una copa del mundo improbable, cuyos favoritos, encabezados por Italia, se cagaron en mi quinela.

En el 98 estuve una tarde sentada en la casa del ministro de deportes brasileño tomando un té y contándole cómo mi papá era tan fiebre del Santos y tan fiebre de Gardel que sus amores esquizofrénicos con ambos emisarios de dios en la tierra (cuando uno adora a Pelé, no hay d10s que valga) lo hacían vestirme con medias blanco-negro de rayas y acostarme en el sofá al lado de un disco de Carlitos para tomarme fotos. Ahí siguen las fotos. Hoy que me acuerdo de estas cosas, pienso que, cuando se trata de Brasil, siempre estoy en el momento equivocado. Porque cuando la pido, me la niegan. Vuelvo al 86, pero ya con treinta. Mañana se miden Argentina y Alemania, dos equipos que me importan un pepino en este momento: el próximo campeón del mundo y la albiceleste. Y no me va a saber rico que pierda Argentina. No me voy a morir de risa: cuando tenía seis años, un equipo en el que jugaba Maradona, de la mano de mi papá, me enseñó a querer el fútbol. Nada me gustaría más que ver a Palermo hacer otro golito, su último en mundiales.

Y en la cabeza, la cantaleta del equipo de los minimoscos de la generaleña unos ganamos, otros perdimos, pero todos nos divertimos.

7 Responses to “La pasión”

  1. cristian Says:

    ¿Cuál Willy Pérez? ¡la furia! ¡qué grande!
    ¡Estos posts tuyos me calientan!

  2. Nat Says:

    El viernes pasado entré a Wongs y estaba muy orondo sentado Juan Cayaso. Casi me orino de la emoción, y eso que cuando él metió el primer gol de CR en un mundial yo nada más tenía 6 años y de la emoción quebramos un espejo que estaba en la sala de mi casa.
    Yo corazón fútbol. Provoca tantas emociones como distracciones.

  3. tetrabrik Says:

    abrazo de gol

  4. Fran Says:

    Bárbara! En el 94 me enamoré del futbol; con Stoichov y su amor por el ángulo derecho, Romario y sus malacrianzas, Maradona y el doping, el cagón de di Baggio, “We are the champions” y Bebeto, el más grande que ha tenido el Depor!

  5. Adrián Says:

    “Extrañando a Romário. Extrañando a Edmundo, el animal”. En ese mundial y al principio de éste, por un Darwin que está en su Westminster, cómo me hicieron falta.

  6. Furia » Blog Archive » 23 Says:

    [...] mi señor padre, quien hasta el día de hoy se enferma cuando la Liga pierde. Yo había descubierto la pasión en el 86, de la mano de ese señor envenenado, apasionado y chichoso que no va al estadio para [...]

  7. sgpanoramacondo.com Says:

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