Mudanza

Lo más difícil de empacar es el corazón. A ratos se resiste, se sale de la caja, busca una hendija debajo del piso de madera y se esconde. Ya se sabe: el corazón está habituado. Hay que convencerlo como a un niño, hablarle de las bondades de los aires nuevos, recordarle que esa casa, ese cuarto, esa sala… Decirle que no es necesario hacerlo todo mal todas las veces, que las ventanas amplias son difíciles de limpiar pero dejan entrar más luz. Que el pasado acaba de ser y será para siempre. Que ser feliz es hoy y no otro día. El corazón cede: nadie lo conoce mejor que su propio dueño. Y una vez que ha superado la prueba, sin morir en el intento, es más fácil poner todo en una caja, gatos, perros, libros, platos. Galopar hacia los anhelos que estuvieron suspendidos por eternidades. Abrirse con llaves nuevas para que entren, de golpe, otros corazones desbocados. 

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